No te imagináis, María, cómo me tiemblan los dedos mientras te escribo esto. Lola me lo ha contado esta mañana con todo lujo de detalles, despacio, entre caricias, mientras yo la tocaba y ella me tocaba a mí, reviviendo cada segundo como si lo estuviéramos follando las dos juntas. Me ha puesto tan cachonda que he tenido que correrme dos veces solo de escucharla. Ahora te lo paso a ti tal cual, más crudo, más sucio, más intenso, porque sé que te gusta sentirlo todo hasta el fondo.
El cura llegó a las cinco en punto, con la sotana planchada y esa cara de santo falso que tanto nos excita. Lola lo esperaba semidesnuda: solo un camisón de gasa negra tan fino que se le transparentaban los pezones duros como piedrecitas y el coño depilado, ya hinchado y húmedo solo de pensar en lo que iba a pasar. Le puso una copa de coñac en la mano y empezó el juego: se rozaba contra él cada vez que pasaba, dejando que sus tetas le rozaran el brazo, que su culo le presionara la entrepierna. El mosén tragaba saliva, intentaba hablar de la limosna parroquial, pero sus ojos se clavaban en los pezones que asomaban y en el triángulo oscuro entre sus piernas.
Lola no tardó en arrodillarse. Le miró con ojos de puta en celo y le susurró: “Padre, tengo muchos pecados que confesar… pero prefiero hacerlo con la boca llena”. Le levantó la sotana despacio, le bajó los calzoncillos y allí salió su sorpresa: una polla gruesa, venosa, más grande de lo que esperábamos en un hombre que predica la abstinencia. La cabeza ya brillaba de precum, morada y hinchada. Lola soltó un gemido de placer al verla y se la tragó hasta la garganta de una sola vez, sin preliminares. El cura dio un respingo, agarró su cabeza con las dos manos y gruñó: “¡Joder, qué boca tan caliente tienes, hija de puta!”.
Lola chupaba como una posesa: subía y bajaba por el tronco gordo, lamiendo cada vena, succionando el glande con fuerza, dejando que la saliva le chorreara por la barbilla. Bajaba hasta los huevos pesados, se los metía enteros en la boca, los lamía, los chupaba mientras con la mano masturbaba la polla empapada. El cura ya había perdido toda compostura: empujaba las caderas, le follaba la boca con rabia, le apretaba la cabeza contra su pubis. “¡Trágatela toda, zorra pecadora! ¡Chúpame la polla hasta que me corra en tu garganta bendita!”, jadeaba con la voz rota. Lola se ahogaba de gusto, los ojos llorosos, la garganta abierta, sintiendo cómo la polla le golpeaba el fondo una y otra vez.
De pronto, él la levantó como si no pesara nada, la tiró boca arriba en la cama y le abrió las piernas hasta casi partirla en dos. “Ahora voy a confesar yo tus pecados con la lengua”, dijo, y hundió la cara en su coño empapado. Lola gritó de placer al sentir esa boca caliente devorándola. El cura lamía como un hambriento: separaba los labios mayores con los dedos, succionaba el clítoris hinchado como si quisiera arrancarlo, lo rodeaba con la lengua rápida y fuerte, lo mordisqueaba suave. Metió tres dedos de golpe y los movió rápido, curvándolos contra esa esponja que nos vuelve locas. Lola se retorcía entera, las tetas botando, las caderas alzándose para follarle la cara.
“¡Cómemelo, padre, cómemelo entero! ¡Lame mi coño jugoso, chúpame el clítoris hasta que me corra en tu boca de mierda!”, gritaba sin control. Él obedecía, lamía más profundo, metía la lengua dentro junto con los dedos, bebía sus jugos como si fueran el cáliz más sagrado. Lola empezó a temblar violentamente, las piernas le fallaban, y de repente explotó en un orgasmo brutal: “¡Me corro, me corro en tu cara, cabrón! ¡Bébete toda mi corrida, trágatela, joder!”. Su coño se contrajo en espasmos salvajes, chorros calientes y abundantes salpicando la boca, la nariz, los ojos del cura. Él no paró ni un segundo, siguió lamiendo y chupando mientras ella se corría una y otra vez, gritando, arañándole la cabeza calva, temblando entera durante minutos interminables.
Cuando Lola ya no podía más, jadeando y sensible, el cura se incorporó con la cara chorreando, los labios hinchados de tanto chupar. Se colocó entre sus piernas, apoyó la polla gruesa en la entrada palpitante y la penetró de un solo empellón brutal hasta el fondo. Lola soltó un alarido de placer y dolor delicioso al sentirse abierta, llena hasta reventar. Empezaron a follar como poseídos: él embistiendo con toda su fuerza, ella clavándole las uñas en la espalda, arañando la sotana negra. Cambiaron de postura sin parar: ella encima, cabalgándolo como una amazona, haciendo botar sus tetas en su cara mientras él se las chupaba y mordía los pezones; él por detrás, azotándole el culo hasta dejarlo rojo, penetrándola a cuatro patas como un perro en celo; luego de lado, con una pierna en alto para entrar más profundo y rozarle el clítoris con cada embestida.
Las guarradas salían a borbotones: “¡Fóllame más fuerte, cura hijo de puta! ¡Rómpeme el coño con esa polla gorda, métemela hasta el útero!”, gritaba Lola. “¡Te voy a llenar de leche caliente, zorra! ¡Voy a dejarte el coño rebosando semen hasta que chorree por tus piernas!”, respondía él, completamente enloquecido, sudando sobre ella.
El clímax llegó como una tormenta. El cura la puso boca arriba otra vez, le abrió las piernas al máximo, le sujetó los tobillos y embistió con furia animal. “¡Me corro, me corro dentro, toma mi semen, toma toda mi leche bendita!”, rugió mientras su polla palpitaba y explotaba. Lola sintió el calor intenso, chorro tras chorro espeso y abundante inundándole el coño, llenándola hasta que empezó a desbordar por los lados y a correrle por el culo. Al mismo tiempo, ella se corrió con él en un orgasmo que le nubló la vista: “¡Sí, córrete dentro, lléname el coño de leche caliente! ¡Siento cómo palpitas, joder, me corro contigo, me corrooo!”. Sus paredes vaginales apretaban y ordeñaban la polla con fuerza, exprimiendo hasta la última gota mientras los dos temblaban, gritaban y se convulsionaban juntos.
Se quedaron así mucho rato, con la polla aún dentro, palpitando suavemente, el semen caliente resbalando fuera cada vez que ella se contraía. Cuando por fin salió con un sonido húmedo y obsceno, un río blanco espeso corrió entre los muslos de Lola, manchando las sábanas. El cura, exhausto, se dejó caer a su lado, respirando como si hubiera corrido una maratón. Luego se levantó, se arregló la sotana lo mejor que pudo y, antes de irse, le dio un beso casi tierno en los labios hinchados. “Que Dios te perdone, hija mía”, murmuró con una sonrisa culpable. Lola, todavía temblando, le respondió: “Dios ya me ha perdonado… y me ha corrido dentro”.
Eso es todo, María. Me he corrido otra vez solo de escribirlo. Imagino tu coño empapado mientras lees esto, tus dedos dentro, deseando que alguien te folle así de salvaje.
Feliz año nuevo, lleno de pollas duras, coños chorreando y orgasmos que nos hagan perder la cabeza.
Con todo mi amor sucio y mojado,
Tu amiga que te desea corrida y satisfecha.
Continuara...

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