Desde que me he acostumbrado a contarte nuestras aventuras por escrito, se ha convertido en una adicción deliciosa y liberadora. Me excita revivir cada detalle mientras lo plasmo para ti, sabiendo que tus ojos lo devorarán con la misma hambre que yo siento al recordarlo.
La visita a la ginecóloga salió perfecta. Nos explicó con todo lujo de detalles cómo Lola debe ir dejando la píldora poco a poco, cuáles son sus días más fértiles —esa ventana mágica donde su regla regular abre la puerta a la concepción—. Un poco de teoría científica y luego la práctica: la exploración fue impecable, sin ningún problema.
A mí también me revisó, y todo está en orden. El sexo es tan natural como comer o respirar, querida. Forma parte de nuestro ADN más profundo, el impulso que nos ha traído hasta aquí. Imagina cuántas generaciones han follado con pasión para que tú y yo existamos hoy. Pero el ser humano, con su inteligencia, ha elevado el placer sexual a arte: lo hemos cultivado, lo hemos deseado, lo hemos convertido en poder. Algunas civilizaciones lo celebraron sin vergüenza, aunque los poderosos siempre lo han temido. Y lo peor es que, todavía hoy, en tantos lugares el sexo sigue siendo solo cosa de hombres: las mujeres reducidas a objetos, privadas de educación, de libertad y hasta del placer más básico. En algunos países de África, les mutilan el clítoris para que nunca sientan un orgasmo, convirtiéndolas en meras conejas de cría. Cuando un cirujano reconstruye ese clítoris destrozado, le devuelve la vida y el deseo a una mujer que había sido condenada al vacío.
Las prostitutas siempre existiremos, María, nos necesiten o no. Y los que más gritan decencia en público son, paradójicamente, nuestros clientes más fieles y voraces.
Perdona la indignación, pero me hierve la sangre que nos traten como inferiores cuando somos infinitamente superiores. Ojalá tu amante despierte de una vez y te folle como mereces; sobre todo, que tú disfrutes hasta el delirio. Recuerda: nosotras mismas somos nuestras amantes más expertas y leales.
Ayer fue un día de sorpresas deliciosas. A media tarde, el cura apareció en la cama de Lola. Sí, ese mosén hipócrita que predica castidad los domingos se presentó con la sotana aún puesta, los ojos brillando de lujuria contenida. Lola, siempre juguetona, lo recibió en camisón transparente, sin nada debajo. Lo provocó desde el primer momento, rozándose contra él mientras le servía una copa. El cura intentó resistirse al principio, murmurando algo sobre el pecado, pero cuando ella se arrodilló y le bajó la cremallera, su polla ya estaba dura como una barra de hierro.
Lola se la metió en la boca con avidez, chupando con esa lengua experta que me vuelve loca a mí también. Él jadeaba, agarrándole el pelo, empujando las caderas. “Qué boca tan pecadora tienes, hija mía”, gruñía, perdiendo todo rastro de santidad. Luego la tumbó en la cama, le abrió las piernas y hundió la cara entre sus muslos. Lamía su coño con una devoción casi religiosa, succionando el clítoris hinchado, metiendo la lengua hasta el fondo mientras ella se retorcía y gemía como una poseída. “¡Come mi coño, padre, cómemelo entero!”, le gritaba Lola, apretándole la cabeza contra su sexo empapado. El cura obedecía, lamiendo más fuerte, más profundo, hasta que Lola explotó en un orgasmo brutal: su coño se contrajo en espasmos, chorros de placer mojando la cara del mosén mientras ella gritaba “¡Me corro, me corro en tu boca santa!”
.No aguantó más. Se puso de rodillas, le levantó las piernas y la penetró de un solo empellón, sin preservativo, sintiendo cómo su coño caliente lo envolvía. Follaron como animales: él embistiendo con furia, ella clavándole las uñas en la espalda. “¡Fóllame más fuerte, cura hijo de puta, métemela hasta el fondo!”, le suplicaba Lola en pleno éxtasis. “Voy a llenarte el coño de leche bendita, zorra”, respondía él, perdiendo los papeles. Cuando llegó el clímax, se corrió dentro con un rugido, inundándola de semen caliente y espeso mientras ella volvía a correrse, sus paredes vaginales ordeñando cada gota. Se quedaron así, jadeando, con su polla aún palpitando dentro hasta que se ablandó y salió chorreando.
Y yo... yo tuve mi propia bendición.
Apareció un cliente que, a simple vista, pasa desapercibido en la calle: uno de esos hombres normales, sin pretensiones. Pero en la cama fue un amante extraordinario. Los astros se alinearon para nosotras ayer.Entró en mi habitación con una cortesía exquisita. Me miró a los ojos antes de bajar la vista, con una admiración limpia que me erizó la piel. “Eres una mujer bellísima”, murmuró, y luego, en lugar de ir directo a mis tetas, besó tiernamente mi frente. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Un hombre así de dulce es peligroso en mi oficio... porque te hace desear más allá del pago.
Lo senté en el borde de la cama y lo desnudé despacio, disfrutando cada botón. Su piel olía a limpio, a hombre recién duchado, con un aroma sutil que me encendió al instante. Cuando le bajé los calzoncillos, su polla —gruesa, venosa, dura como piedra aunque no demasiado larga— saltó libre. Me arrodillé y me la metí en la boca sin prisa, saboreándola, chupando el glande hinchado mientras él gemía y me acariciaba el pelo. Noté cómo su respiración se aceleraba, cómo empujaba suavemente mis cabeza hacia su entrepierna, así que paré justo a tiempo. Me tumbé en la cama, abrí las piernas y le susurré: “Ahora te toca a ti, cariño”.
Él obedeció con maestría. Bajó la cabeza entre mis muslos y empezó a lamerme el coño como si fuera el néctar más dulce. Su lengua danzaba sobre mi clítoris, lo succionaba, lo rodeaba, mientras metía dos dedos dentro y los curvaba justo donde más lo necesitaba. Era casi tan bueno como Lola. Me corrí una y otra vez, en oleadas interminables: mi cuerpo se arqueaba, mis gemidos llenaban la habitación, flotaba en una nube de placer puro durante más de quince minutos. “¡Sí, lame mi coño, chúpame el clítoris hasta que me corra otra vez!”, le suplicaba, perdida en el éxtasis.
Cuando ya no podía más de tanto placer, me penetró. Me puso las piernas sobre sus hombros, abriéndome del todo, y entró despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarme por completo. No me folló: follamos como amantes salvajes, retorciéndonos, cambiando de postura una y otra vez —yo encima cabalgándolo, él por detrás embistiéndome como un animal—. Cada penetración era profunda, deliciosa. “¡Fóllame más duro, métemela toda, quiero sentirte en el fondo!”, le gritaba yo, acercándome al clímax. “Tu coño es una maravilla, tan apretado, tan mojado... voy a correrme dentro”, respondía él con la voz ronca.
Y lo hizo: sentí el calor intenso de su semen inundándome, chorro tras chorro, mientras mi coño se contraía en un orgasmo brutal. Apreté sus nalgas con fuerza, no quería que saliera, quería que esa polla siguiera frotando mi clítoris sensible aunque ya estuviera flácida. Mis piernas temblaban sin control.
Se recuperó en minutos y volvimos a follar, esta vez con más salvajismo, sudorosos, jadeantes. Se corrió otra vez dentro de mí, agotados los dos, habiendo pasado con creces la hora contratada. Al despedirse, desnuda en la puerta, le di un beso largo y profundo. Se marchó con una sonrisa satisfecha.
Juana me regañó por el retraso —“¡Aligera, que el siguiente está esperando!”—, y el resto del día fue rutina.
Cuando Lola se despertó, me contó con todo lujo de detalles su encuentro con el cura. Mañana te lo amplío si quieres más jugo.
Ahora me visto para salir a devorar un buen esmorzar de forquilla y preparar la entrada al año nuevo con Lola, envueltas en el calor de nuestro amor más íntimo.
Que tengas un año repleto de placer, deseo y orgasmos inolvidables.
Con cariño ardiente,
Tu amiga.

Comentarios
Publicar un comentario