Anoche, mientras la ciudad estallaba en luces y gritos por el nuevo año, Lola y yo elegimos el calor de nuestro hogar. Nada de multitudes ni fuegos artificiales; solo nosotras, la televisión de fondo, una cena exquisita y la promesa de una noche dedicada exclusivamente al placer más crudo y profundo. Marisco fresco, sake que calentaba la garganta, zarzuela jugosa y turrones dulces para cargar energías. Yo exprimí naranjas hasta que mis manos olían a cítrico, preparándonos un zumo que beberíamos despacio, mirándonos con esa hambre que no se sacia con comida.
Subimos la calefacción hasta que el aire se volvió denso y cálido, como nuestra respiración. Nos despojamos de la ropa de calle: yo con un camisón blanco casi transparente que dejaba ver mis pezones duros y el triángulo oscuro entre mis piernas; Lola con un albornoz corto que apenas tapaba sus muslos carnosos y unas braguitas blancas ya húmedas en el centro. Cenamos con avidez, pero cada bocado era una excusa para rozarnos, para que nuestras rodillas se buscaran bajo la mesa, para que mis dedos recorrieran disimuladamente el interior de su muslo mientras ella me devolvía la caricia con la punta del pie.
La televisión anunció las campanadas. Nos acomodamos en el sofá, cogidas de la mano, y empezamos nuestro ritual privado: un beso por campanada. No llegamos ni a la mitad. A la quinta, nuestras bocas se fundieron en un beso largo, húmedo, desesperado. Las lenguas se enredaron con furia, los dientes chocaron, las manos ya buscaban piel bajo la tela. El albornoz de Lola cayó al suelo; mi camisón subió hasta la cintura. Besé su cuello, sus orejas, bajé hasta esos pechos grandes y pesados que pronto alimentarían a nuestro hijo. Los adoraba con la boca abierta, succionando los pezones oscuros hasta hacerla gemir, imaginando ya la leche caliente brotando para nosotras.
Bajé más. Aparté sus braguitas con los dientes y hundí la cara en su coño depilado, carnoso, chorreante. Lamí de abajo arriba, saboreando su sabor salado y dulce, succionando el clítoris hinchado mientras introducía dos dedos en su interior resbaladizo. Lola se retorcía, empujaba contra mi boca, gritaba: «¡Cómete mi coño, amor, bébetelo todo!». Se corrió con un chorro caliente que me empapó la barbilla, temblando entera.
Luego fue mi turno. Abrí las piernas y ella se lanzó sobre mí como una loba. Nuestros coños se encontraron, frotándose con furia, clítoris contra clítoris, jugos mezclándose en un charco obsceno que pringaba el sofá. Tribamos como locas, gritando guarradas: «¡Fóllame más fuerte, zorra, hazme correr como una puta!». Nos corrimos juntas, chorros de placer salpicando muslos y almohadones.
Después llegó la cama. Horas de 69, lenguas en coños y culos, dedos metidos hasta el fondo, mordiscos en pezones, squirt tras squirt hasta quedar exhaustas, pegajosas, oliendo a sexo puro. Dormimos abrazadas, con el sabor de la otra aún en la boca.
Pero la verdadera chispa que enciende nuestra pasión, el secreto que nos pone aún más calientes, sucedió el día anterior: el encuentro de Lola con el mossén, el cura rector de tres pueblecitos perdidos en la comarca.
Lola me lo contó todo esa misma noche, mientras yo lamía sus pechos y ella se tocaba recordándolo. Su voz se volvía ronca de excitación al narrarlo, y yo me mojaba más con cada detalle.
El cura —llamémoslo don Aniceto— es un hombre de cuarenta y tantos, alto, delgado, con manos grandes y venosas y una mirada que siempre parece pedir perdón… hasta que se queda a solas con una mujer. Lleva años reprimido, confesando pecados ajenos mientras su propia polla palpita bajo la sotana. Va al burdel de vez en cuando, disfrazado de civil, porque necesita descargar esa tensión que la castidad forzada le provoca. Le gusta sentir que peca de verdad, que mancha su voto con semen caliente dentro de una puta que no le juzga.
A Lola le encanta dominarlo precisamente por eso: porque es un hombre de Dios que se arrodilla ante su coño.
Ayer llegó al reservado nervioso, como siempre. Lola lo recibió en lencería negra, medias hasta el muslo y tacones altos. Lo hizo sentar en la cama y empezó despacio: se arrodilló entre sus piernas, le bajó la cremallera y sacó esa polla gruesa, venosa, ya medio dura solo de verla. Don Aniceto suspiró como si confesara un pecado mortal. Lola la lamió desde los huevos hasta la punta, despacio, mirándolo a los ojos.
—Lo que más le gusta —me contó Lola mientras yo chupaba su clítoris— es que lo miren a los ojos mientras se la chupan. Quiere ver cómo una mujer «pecadora» lo devora, cómo se traga su pecado.
Lola se la metió hasta la garganta, sin arcadas, hasta que sus labios tocaron los huevos. Don Aniceto gemía «¡Dios mío, Dios mío!» mientras le agarraba el pelo. Luego Lola se puso a cuatro patas en la cama y le ordenó:
—Fóllame como si quisieras condenarte para siempre.
Él obedeció. Se colocó detrás, levantó su falda y, sin quitarse del todo los pantalones, embistió de una sola estocada. Lola gritó de placer al sentirlo entrar hasta el fondo, llenándola con esa polla dura y caliente de cura reprimido. Don Aniceto la follaba con rabia contenida durante años: agarrándola de las caderas, azotándole el culo, murmurando entre dientes «¡Puta, puta deliciosa, me vas a llevar al infierno!».
A Lola le encanta esa mezcla de culpa y lujuria. Le gusta sentir cómo él pierde el control, cómo sus manos tiemblan al tocarla, cómo su voz se quiebra al decir guarradas que nunca diría en el púlpito.
Después de follarla así un buen rato, sudoroso y jadeante, Lola se giró, lo empujó sobre la cama y se montó encima. Cabalgó despacio al principio, moviendo las caderas en círculos, apretando su coño alrededor de la polla para volverlo loco.
—Le encanta que lo cabalguen mirando sus tetas —me susurró Lola mientras yo metía tres dedos en su coño aún sensible—. Dice que mis pechos son «obra del demonio» y no puede dejar de mirarlos.
Lola aceleró, subiendo y bajando con fuerza, sus tetas rebotando, los pezones duros. Don Aniceto las agarró, las amasó con desesperación, se las metió en la boca y succionó como si quisiera beberse su alma. Lola lo llevó al borde varias veces, parando justo cuando él estaba a punto de correrse, hasta que el cura suplicaba:
—¡Por favor, déjame correrme dentro, déjame mancharme entero!
Lola sonrió con malicia y aceleró hasta el fondo. Él explotó con un grito ahogado, llenándola de leche caliente, chorro tras chorro, mientras temblaba y repetía «¡Perdóname, Señor, perdóname!». Lola se corrió con él, apretando su polla para ordeñarla hasta la última gota, sintiendo cómo el semen del cura inundaba su útero fértil.
Después, mientras él jadeaba exhausto, con la polla aún palpitando entre sus piernas, Lola le propuso el plan: visitas privadas en la rectoría, a mitad de precio, sin riesgos para su reputación. Él, aún aturdido por el orgasmo más intenso de su vida, aceptó sin pensarlo dos veces.
Ahora, cada vez que Lola vaya a la rectoría, dejará que ese hombre santo la folle sin preservativo, que la llene de semen una y otra vez hasta que quede embarazada. Y nosotras, en casa, celebraremos cada carga con nuestra propia pasión lésbica, saboreando la idea de que nuestro hijo llevará la semilla prohibida de un cura que se condenó follando como un animal.
Esa noche de fin de año, mientras nos corríamos la una en la boca de la otra, Lola gemía entre mis muslos:—Pronto tendré su leche dentro otra vez… y tú me lamerás después, amor, me limpiarás su semen con tu lengua.
Yo me corrí solo de imaginarlo, chorreada, gritando que sí, que quería probar esa mezcla sagrada y profana en su coño.
Nuestro amor es libre, sucio, delicioso. Y el año nuevo no podría haber empezado mejor.
Continuara...

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