Anoche, mientras la ciudad estallaba en luces y gritos por el nuevo año, Lola y yo elegimos el calor de nuestro hogar. Nada de multitudes ni fuegos artificiales; solo nosotras, la televisión de fondo, una cena exquisita y la promesa de una noche dedicada exclusivamente al placer más crudo y profundo. Marisco fresco, sake que calentaba la garganta, zarzuela jugosa y turrones dulces para cargar energías. Yo exprimí naranjas hasta que mis manos olían a cítrico, preparándonos un zumo que beberíamos despacio, mirándonos con esa hambre que no se sacia con comida. Subimos la calefacción hasta que el aire se volvió denso y cálido, como nuestra respiración. Nos despojamos de la ropa de calle: yo con un camisón blanco casi transparente que dejaba ver mis pezones duros y el triángulo oscuro entre mis piernas; Lola con un albornoz corto que apenas tapaba sus muslos carnosos y unas braguitas blancas ya húmedas en el centro. Cenamos con avidez, pero cada bocado era una excusa para rozarnos, para que...
| HISTORIAS PARA ADULTOS