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Micro relato erótico: Una prostituta de lujo con un alemán de vicio

SOY CARMINA Y ANOCHE, en la suite roja del burdel cerca de La Rambla en la ciudad donde vivo, recibí a un cliente que nunca olvidaré.

De 38 años, alemán, alto, con manos grandes y una voz grave que me puso el coño mojado antes de tocarme. Pidió “todo incluido” y que lo tratara como si fuera la última noche de su vida. Cerré la puerta, encendí las luces tenues y me quedé solo con el body negro de encaje abierto en la entrepierna y los tacones altos.

Se desnudo completamente dejando expuesto su aparato sexual, erecto y sus testículos pesados. Me arrodille enfrente de sus atributos. Cogí con mis manos su polla gruesa, casi morada de lo dura que estaba, y la metí hasta la garganta sin preliminares. Él gruñó, agarrándome el pelo, follándome la boca con embestidas profundas. “Así, puta, trágatela toda”, me dijo en inglés  (That's it, you whore, swallow it al). Me encantó. Sentía las arcadas deliciosas, la baba resbalando por mi barbilla, mis tetas rebotando con cada golpe.

Me levantó como si no pesara nada, me puso contra la pared y me abrió las piernas. Su lengua atacó mi clítoris hinchado sin piedad: chupaba, lamía, metía dos dedos y los retorcía dentro de mí hasta que me temblaron las rodillas. “Estás chorreando, zorra”, murmuró contra mi coño. Yo solo podía gemir y empujar mis caderas contra su cara.

Me giró, me inclinó sobre el sofá y de un solo empujón me clavó hasta el fondo. Sentí su polla rozando cada centímetro de mi interior, golpeando fuerte, rápido, sin compasión. Agarró mis caderas y me folló como un animal. El sonido de sus huevos chocando contra mi culo era puro porno. Yo gritaba: “¡Más fuerte, joder! ¡Rómpeme el coño, cabrón! ¡Quiero sentirte hasta el útero!”.

Cuando noté que él estaba al límite, apreté mi coño alrededor de su polla y empecé a correrme con contracciones brutales. “¡Me corro, me corro, métemela toda, lléname de leche, hijo de puta!”. Él rugió y se hundió hasta las bolas, descargando chorros calientes y espesos dentro de mí mientras mi orgasmo me hacía temblar entera, las piernas flojas, la visión borrosa.

Después se quedó dentro un rato, los dos jadeando. Me dio un beso en la nuca y susurró: “La mejor puta de la ciudad”. Sonreí. Yo también lo pienso.



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