Era el penúltimo día del año, uno de esos en los que el frío de diciembre se colaba por las rendijas de las ventanas, pero el calor de los cuerpos lo disipaba todo. Yo, como siempre, estaba en mi turno habitual en la casa, esa discreta mansión donde los hombres venían a buscar placer y nosotras, las chicas, sabíamos cómo dárselo... o al menos intentarlo. Ayer solo pasaron cinco hombres por mi coño. Cinco. Para algunas podría parecer mucho, pero para mí, en un día como ese, fue casi un descanso. Excepto dos de ellos, los otros tres fueron pura rutina: gimnasia mecánica y charla insulsa. Un festín machista donde solo ellos disfrutaban de verdad. Polvos inconsistentes, una mamadita rápida para calmar sus egos, y luego tener que escuchar sus historias grises sobre trabajos estresantes, esposas que no entendían, vidas que se les escapaban entre los dedos.
El primero llegó temprano, con prisa por volver a su oficina. Se quitó el traje caro, me miró como si yo fuera un objeto de lujo que había pagado por usar. Me tumbó en la cama sin preámbulos, me abrió las piernas y entró directo, sin besos, sin caricias. Su polla era promedio, dura por la novedad, pero sus embestidas eran egoístas, rápidas, como si estuviera marcando territorio. Yo fingí gemidos para animarlo, arqueé la espalda, apreté mis músculos alrededor de él para darle esa sensación de que lo controlaba todo. Se corrió en minutos, dentro del preservativo, con un gruñido ahogado. Luego, mientras se vestía, me contó su vida: el ascenso que no llegaba, la hipoteca que ahogaba. Yo asentía, sonriendo, mi coño aún palpitando por el esfuerzo inútil. Se fue satisfecho, y yo me quedé con esa sensación vacía, limpiándome con un pañuelo húmedo.
Los dos siguientes fueron parecidos. Uno quiso una mamada exclusiva: me arrodillé frente a él, tomé su verga en la boca, la chupé con lengua experta, jugando con la punta, succionando hasta el fondo. Él gemía, me agarraba el pelo, pero no me tocaba más allá. Se corrió en mi garganta, salado y abundante, y luego charla: su mujer no tragaba, pobrecito. El otro fue un polvo rápido, misionero básico, sin lubricante extra, solo lo justo para que no doliera. Entraba y salía con ritmo monótono, sudando sobre mí, hasta que eyaculó con un suspiro. Más historias grises: divorcios, hijos que no llamaban. Yo los dejaba hablar, porque a veces eso era parte del servicio. Mi cuerpo respondía por inercia, pero mi mente vagaba. Mi coño se humedecía lo suficiente para no quejarme, pero el placer era solo suyo.
Pero luego llegaron los dos que valían la pena. Jóvenes, alrededor de los cuarenta, con esa madurez que sabe lo que quiere y cómo darlo. No eran novatos ansiosos ni viejos egoístas. Sabían tratar a una mujer, hacerla disfrutar de verdad. Sobre todo el antepenúltimo. Dios, qué hombre. Entró en la habitación con una sonrisa confiada, ojos que me recorrieron el cuerpo desnudo como si ya estuviera imaginando cómo devorarme. No había prisa en él. Se acercó despacio, me besó en la boca con lengua profunda, sus manos grandes acariciando mis pechos, pellizcando los pezones hasta endurecerlos como piedras.
Me tumbó en la cama con delicadeza, pero con firmeza. Besó mi cuello, bajó por mis tetas, lamiendo los pezones con avidez, succionándolos hasta que gemí de verdad. Siguió bajando, besos húmedos por mi vientre, hasta llegar a mi coño depilado, ya hinchado de anticipación. "Qué rico hueles", murmuró, separándome las piernas con manos fuertes. Su lengua atacó directo mi clítoris, lamiendo en círculos lentos, luego rápidos, succionando como si quisiera extraer mi esencia. Metió dos dedos dentro, curvándolos para tocar ese punto que me vuelve loca, el G-spot que pocos encuentran. Yo me retorcía, agarraba las sábanas, mis caderas se elevaban solas hacia su boca.
No tardé en explotar. Un orgasmo brutal me sacudió, mis jugos brotaron en un chorro caliente que le salpicó la cara. Él no se apartó; al contrario, se volvió casi loco entre mis piernas, lamiendo más fuerte, bebiendo mi flujo como si fuera néctar. "Joder, cómo chorras, puta rica", gruñó, su voz ronca de excitación. Yo gritaba, "¡Sí, come mi coño, no pares!", perdida en el placer. Cuando me calmé, jadeante, él se incorporó, su polla dura como hierro, venosa, gruesa, apuntando al cielo.
No usamos preservativo. Estaba limpia, él también, y en ese momento lo deseaba crudo, piel con piel. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, llenándome por completo. "Qué apretado estás, cabrona", dijo, empezando a follarme con ritmo profundo. Media hora duró esa primera follada. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando en su cara; él detrás, azotándome el culo mientras me embestía como un animal. Nuestros cuerpos sudados se pegaban, el olor a sexo inundaba la habitación. Al final, nos corrimos juntos, ruidosos, él gritando "¡Me corro dentro, toma mi leche!", yo chillando "¡Lléname, fóllame más fuerte!" mientras sentía su semen caliente inundándome, chorro tras chorro.
Agotado, se tumbó a mi lado, requiriendo mis caricias. Lo abracé, le besé el cuello, dejé que oliera mi sudor, mi aroma corporal mezclado con nuestro sexo. Mis manos bajaron a su polla semi-blanda, la acaricieé, la masturbé suavemente hasta que volvió a endurecerse. En cinco minutos, ya estaba listo de nuevo. "Eres insaciable", le dije riendo, y él me respondió penetrándome otra vez con una dureza sorprendente, pasión desatada.
Me folló salvaje esa segunda vez. Me puso a cuatro patas, me agarró las caderas y me clavó hasta el fondo, sus huevos golpeando mi clítoris con cada embestida. Yo gemía como una perra en celo, "¡Fóllame más duro, rómpeme el coño!", y él respondía con guarradas: "Te voy a llenar otra vez, zorra, hasta que reboses mi corrida". El tiempo volaba, pero faltaban minutos para la hora. Cerré las piernas alrededor de su cintura, comprimí mi suelo pélvico contra su pene, apretándolo como un puño. Él gruñó, aceleró, y no tardó ni un minuto en correrse de nuevo. "¡Toma, puta, toda mi leche!", rugió, eyaculando profundo dentro de mí. Se fue vaciado y feliz, con una sonrisa de oreja a oreja. Y yo... yo lo pasé de maravilla. Mi coño palpitaba satisfecho, lleno de su semen, mis muslos pegajosos.
El último no estuvo a la misma altura, pero su resistencia fue un punto a favor. Entró duro desde el principio, me folló con energía inagotable, cambiando ritmos para no correrse pronto. No me comió el coño como el anterior, pero su polla gruesa me rozaba bien, y yo me corrí un par de veces frotándome contra él. Al final, eyaculó con un gemido largo, y la hora se me hizo corta, casi divertida.
Y a casa. Esperé a Lola en el salón, mientras ella se aseaba con calma, siempre tan meticulosa en vestirse y arreglarse. Juana, la madame, nos pagó con su habitual discreción: billetes crujientes en sobres. Luego, a casita. Cenamos algo ligero, envueltas en mantas en el sofá, confidencias susurradas sobre los clientes del día. Lola estaba arrecha, deseosa de placer real. Cuatro hombres solo le habían despertado su generosa libido, dejándola con el coño hinchado y húmedo, pero sin el orgasmo que merecía.
La miré a los ojos, vi ese brillo de lujuria. Nos besamos despacio al principio, lenguas entrelazadas, manos explorando cuerpos conocidos pero siempre excitantes. La desnudé en el sofá, besé sus pechos grandes, succioné sus pezones oscuros hasta que se endurecieron. Bajé por su vientre suave, separé sus piernas y hundí mi cara en su coño depilado, ya empapado. Olía a deseo puro, a mujer caliente. Mi lengua lamió su clítoris hinchado, círculos rápidos, luego lentos, metiendo dedos dentro para follarla mientras chupaba.Ella gemía fuerte, "¡Sí, cariño, come mi coño como una buena puta!", arqueando la espalda. Yo no paraba, succionando su flujo, saboreando su dulzor salado. Le metí tres dedos, curvándolos, mientras mi boca no soltaba su botón. "Me vas a hacer chorrar, zorra", gritó, y yo respondí: "Chorra en mi boca, dame tu jugo, quiero beberte toda". Explotó en un orgasmo violento, su coño contrayéndose alrededor de mis dedos, un chorro caliente salpicándome la cara.
Pero no terminé ahí. La puse a ella encima de mí, en un sesenta y nueve perfecto. Su coño sobre mi boca, el mío bajo la suya. Nos devoramos mutuamente, lenguas furiosas, dedos metidos profundo. Yo lamía su ano también, metiendo la punta de la lengua mientras chupaba su coño. Ella hacía lo mismo, follándome con la boca, succionando mi clítoris como si quisiera arrancármelo. "¡Fóllame con la lengua, puta guarra!", le gritaba yo, y ella respondía: "Te voy a hacer correr tanto que mojes el sofá, mi amor".
Nos corrimos casi al unísono, gritando guarradas en el éxtasis: "¡Córrete en mi cara, zorra cachonda!", "¡Toma mi chorro, bébelo todo!". Nuestros cuerpos temblaban, jugos mezclados, semen del día anterior aún goteando de mí mezclado con su saliva. Nos abrazamos después, jadeantes, besos suaves ahora, caricias tiernas. El placer compartido, real, sin prisas ni egoísmos.
Esa noche, en la cama, dormimos entrelazadas, satisfechas. El penúltimo día del año había sido irregular, pero terminó en gloria. Y así es nuestra vida: a veces rutina, a veces fuego puro.

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