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Micro relato erótico: Pasión y deseo desenfrenado


ESCRIBO ESTE CAPITULO de mi historia envuelta solo en un albornoz que apenas cubre mi piel para combatir el frío. Afuera, el invierno se siente en cada rincón: hace mucho frío y humedad, aunque hoy no llueve; todo está empapado por la tormenta de ayer. Por cierto, Lola te manda un beso calidísimo y te agradece de corazón las horas de morbo que nos regalas con tus palabras.

Ella está durmiendo ahora como una marmota, exhausta y satisfecha. Anoche nos amamos y follamos sin parar hasta las cuatro de la madrugada, hasta que, rendidas, nos dormimos abrazadas, respirando el mismo aire, como si no quisiéramos que nuestro deseo se apagara nunca. Todo empezó con un masaje que la puso a tono. Una masajista profesional sabe despertar el placer sin necesidad de sexo directo; de eso nos encargamos nosotras después. Yo, arrugada como una pasa después del baño, me sumergí en agua mineralizada, caliente y deliciosa, que brota del manantial. La bajan de temperatura —sale a 65 grados—, pero está tan cargada de minerales que, al salir, la piel queda con un sabor salado irresistible. A Lola le encantó lamerme entera, recorriendo cada centímetro de mi cuerpo con su lengua ávida.

Hoy, si no llueve, iremos a Tossa de Mar. Caminaremos por el Camí de Ronda, ese sendero precioso junto al mar, comeremos delicias del mar en una de esas tabernas acogedoras y, de vuelta, a Barcelona.

Y así fue como me enamoré perdidamente de mi Lola.

Hace unos tres años de esta historia, tres años en los que la suerte alineó todos los planetas para que nuestras vidas cambiaran para siempre. Cada día desde entonces es una inyección de placer y esperanza en nuestro futuro juntas. Yo llevaba ya tiempo trabajando en el club, de forma mecánica: dando placer pagado a los clientes y acumulando ganancias. Aquel día ya había atendido a dos cuando Juana, la madame, entró en mi habitación mientras me lavaba bien el coño. Por entonces, algunos preservativos dejaban un sabor a látex que molestaba a los clientes más exigentes, sobre todo si querían saborearme después de follar.

—Sara —me llamó así; le gustó mi nombre real y no quiso cambiarlo. A Lola en el club la llaman Sonia, por esa discreción extrema que exigimos.—Sara, ponte guapa y sube al piso de arriba; un cliente quiere un servicio especial.—¿Un trío? —pensé de inmediato.—No, cariño, es algo raro, pervertido incluso. Quiere ver a dos mujeres follando de verdad. Ha pagado una hora; no nos tocará, solo mirará cómo disfrutamos y se masturbará viéndonos. Normalmente lo hacen Ara y Dolores, pero una está descansando después de una noche entera en un hotel y la otra tiene la regla.

Así que tú y Sonia lo haréis. Supongo que no te importará estar con una mujer y, de paso, enseñarle el coño al cliente de vez en cuando. Él no os tocará.

Recordé lo bien que me había sentido antes con aquella chica en el club y acepté sin dudar. Entró Sonia —mi Lola— y trazamos un guion rápido. Me abrazó fuerte: —No te preocupes, saldrá genial y creo que lo vamos a disfrutar de verdad.

Con lencería sexy que nos hacía sentirnos deseadas —para que el cliente se excitara solo con vernos—, salimos con albornoz hacia la habitación de los extras. Era una suite especial: una gran cama redonda en el centro para que él pudiera rodearnos y vernos desde todos los ángulos, y un sofá pegado a ella. Lo habían preparado con una toalla en el asiento para evitar manchas, y un paquete de toallitas húmedas a mano.

Entramos, nos quitamos los albornozes y nos sentamos en la cama, esperando. Él era un hombre de mediana edad, bajito, con barriga de sedentario; de esos que, si hubieran venido a follar directamente, ni Lola ni yo los recordaríamos al día siguiente.

Lo recibimos con calidez; Lola le dio un beso en la frente y le indicó el sofá: solo podía mirar, levantarse para ver mejor, pero sin tocarnos nunca.

Se sentó, se aflojó el cinturón y se preparó para el espectáculo. Me sonaba tanto esto... Subimos a la cama, nos arrodillamos frente a frente y empezamos a besarnos. Al principio por obligación, pero en segundos un escalofrío me recorrió la espalda. Una sensación nueva y adictiva inundó mi cuerpo; el beso se volvió profundo, hambriento. Me mordía el labio inferior, yo le respondía con la lengua; nuestros sabores se mezclaban, ahora tan familiares y adorados, y el deseo explotó. 

Me puse de pie; Lola empezó a recorrer mis muslos con su aliento caliente, provocándome el primer gemido. Me bajó el tanga, empapado ya de mis jugos, y se lo lanzó al cliente, que había empezado a masturbarse. Al olerlo, enloqueció: se envolvió el pene con mi tanga y se pajeó con más furia, su miembro pequeño pero erecto.

Nos desnudamos del todo: sin sujetador, sin nada cubriendo nuestros coños depilados y húmedos. Explorábamos nuestros olores, el calor de la piel. Desde mis experiencias pasadas con Toni, no había sentido nada igual; la deseaba con una urgencia que me quemaba.

Lo que vio el mirón a partir de ahí ya no fue teatro: fue pasión real, nacida de lo más profundo. Tuvo el privilegio de presenciar el nacimiento de un deseo irrefrenable.

Me tumbé con las piernas abiertas; Lola me comió el coño como si fuera el último día de su vida. Su lengua danzaba en mi clítoris hinchado, chupaba mis labios vaginales, metía dedos dentro mientras lamía. Me corrí como una loca, gritando: «¡Sí, cómemelo más fuerte, joder, me corro, me corro en tu boca!».

Cambiamos: ahora yo entre sus piernas, probando por primera vez su coño jugoso. Lo chupé con avidez, lamí su clítoris erecto, succioné hasta que gemía sin control. Sus manos apretaban mi cabeza rizada, hundiendo mi cara en su sexo: «¡No pares, lame mi coño, méteme la lengua profunda, voy a correrme, hostia, sí!».

Nos corrimos juntas, inundando las sábanas con nuestros fluidos, marcando el territorio de nuestro placer desbordado.

El hombre se masturbaba frenético; no conté sus corridas, pero mi tanga estaba perdido: empapado en mis jugos y cubierto de su semen. Aun así, seguía erecto, y nosotras ardíamos.

Lola se tumbó boca arriba, abrió las piernas, flexionó una rodilla; yo encajé mi coño contra el suyo y empezamos a tribar como poseídas. Nuestros clítoris se rozaban directo, resbaladizos por los jugos mezclados. «¡Fóllame así, roza mi clítoris, más fuerte, joder, me voy a correr otra vez, dame más, puta preciosa!» gritábamos, excitándonos con palabras sucias para intensificar el éxtasis.

No sé cuántas veces me corrí; cada roce era una explosión, nuestros coños tan sensibles que un soplo nos hacía chillar de placer.

La luz de la mesilla se volvió amarilla: quedaban cinco minutos. Pero ni Lola ni yo paramos.

Solo le dijimos al cliente: «Puedes lavarte en el baño si quieres; nosotras... seguimos».

Se fue al finalizar la hora, pero nosotras no podíamos separarnos. Media hora más follamos sin control, hasta que Juana entró sonriendo: —Chicas, ¿os cobro yo a vosotras ahora?

Nos reímos las tres y bajamos a nuestras habitaciones. Pero el virus de la pasión ya nos había infectado. Terminamos el turno, fuimos a un café del barrio, hablamos tímidas y excitadas, y acabamos en mi casa follándonos toda la noche... hasta ahora.

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