AYER LLEGUÉ A CASA DESTROZADA. Había partido de fútbol y el club estaba a reventar; sin Rosa para echar una mano, todo fue un maratón agotador. Atendí a seis hombres, casi todos casados que aprovechan la excusa del partido para escaparse y hacer lo que sus mujeres les niegan en casa. Cinco fueron puro trámite: les hice mamadas profundas, polvos largos y mecánicos, todo lo que mi imaginación te pueda sugerir, pero para mí fue solo gimnasia. El último, sin embargo, me folló durante hora y media sin pausa. Ese sí me hizo cosquillas de verdad. Me pidió un anal que todavía me escuece al recordarlo. Llegué con Rosa muerta de cansancio por ese cliente y ella, celosilla, reclamando lo suyo. Je, je, je.
Sabes que tengo esa mente ordenada, casi programadora, y poco a poco voy desgranando los pasos que me trajeron hasta este burdel. Cuando llegue el momento, te contaré las anécdotas más jugosas con los clientes; con los años que llevo aquí, mi memoria se exprime como una esponja. Por cierto, creo que nunca te he hablado del padre que trajo a su hijo virgen para que yo lo convirtiera en hombre. Fue un servicio pedagógico y, para mí, deliciosamente placentero.
Pero hoy quiero contarte aquella tarde en que estrené mi primer espectáculo con mi obsesión absoluta de entonces: Nain. Era un profesional del sexo, sí, pero con una sensibilidad exquisita para las mujeres y una habilidad para dar placer que nos volvía locas a todas. Las que actuábamos con él lo adorábamos; las clientas lo deseaban en secreto, rompiendo todas sus propias reglas.
—Cariño, hoy estás preciosa. Van a ser veinte minutos en el cielo —me susurró mientras me miraba con esos ojos que me deshacían.
En cuanto lo oí, el miedo y la vergüenza se evaporaron. Solo existía él. Salimos a la plataforma giratoria: yo con un picardías negro translúcido como el de ayer, braguitas casi invisibles; él con un albornoz que apenas disimulaba unos calzoncillos ridículos, incapaces de contener aquella polla magnífica que pronto iba a saborear.
Tal como ensayamos, me coloqué de espaldas a la barra, él abrió ligeramente las piernas y mi mano liberó su verga dura de la tela. Un «¡oooh!» colectivo recorrió la sala. Las mujeres me odiaban con furia contenida: ellas pagaban sus fantasías y yo cobraba por disfrutar del premio.
La metí en mi boca hambrienta. Sentí su calor, su grosor llenándome hasta la campanilla. Casi me ahogo mientras la plataforma giraba despacio para que todos vieran mi apetito voraz. La saqué un instante, la lamí con pasión en un par de vueltas más; noté cómo él, aunque curtido, disfrutaba de verdad y estuvo a punto de correrse.
—Tranquila, amor, aún no puedo correrme —me susurró al oído, inaudible para el público que nos devoraba con los ojos al ritmo de la música erótica y suave.
Me tumbé sobre el tatami, cojín bajo mi culo, piernas bien abiertas mostrando mi coño ya empapado. Tras una vuelta completa, Nain se recostó a mi lado, pasó su pierna por encima y empezó a penetrarme: despacio al principio, sacando y entrando su polla gruesa hasta que los espectadores vieron cómo se cubría de una capa blanquecina de mis jugos. En esa posición me folló unos diez minutos, profundo y constante. Luego sacó su verga pringosa, me puso de lado con el coño apuntando al público y, por detrás, recostados, volvió a hundirse en mí.
Jadeaba con los ojos abiertos sin ver nada, perdida en el placer. Te juro, María, que en esos momentos me convertí en una ninfómana absoluta.
Tres vueltas más follando así y me levantó, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas. La plataforma giró una vez entera: yo con la cabeza hundida en el colchón, culo y coño expuestos, ciega a todo salvo a la espera de su polla. Entró de una embestida profunda y brutal. Grité:—¡Fóllame más fuerte, joder! ¡Dame toda esa polla hasta el fondo! ¡Quiero correrme contigo dentro!Tuve un orgasmo uterino bestial, de esos que te sacuden las entrañas. Él se corrió sin contenerse: abundante, espeso, caliente, llenándome hasta rebosar.
Salió de mí y, aún a cuatro patas, exhibió su obra: mi coño chorreando semen en gruesos hilos blancos que caían sobre el tatami. Prueba irrefutable de que todo era real, sin trampa.Desnudos, pegajosos, oliendo a sexo puro, cogidos de la mano saludamos al público que ya se levantaba apresurado rumbo a los servicios… ¿a hacer pipí? Ji, ji, ji.
—Ha sido increíble, cariño —me abrazó Nain mientras nos traían albornoces. Aquel hombre todavía tenía fuerzas para dos o tres polvos más. Lo adoré. Durante los seis meses que duró nuestro espectáculo tuve que pelearme conmigo misma para no enamorarme como una adolescente.
Un día desapareció. No quiso decirme adónde iba. Lo busqué semanas por otros clubes, sin éxito. Meses después, Lola me confesó que se había marchado a un local de lujo en la zona roja de Hamburgo, donde le pagaban el triple.
Busqué consuelo en otros cuerpos, acepté extras en los reservados, pero nadie era Nain. Hasta que apareció Rosa y mi mente, mi corazón y mi deseo se resetearon por completo. Esa ya es otra historia, querida.
Estuve dos meses más en el club. Una noche, tras el espectáculo, David me acercó un papelito. Pensé que era una petición de extra.
—No, cielo —me dijo—. Es de una señora que está en la barra tomando un whisky. No sé si busca algo lésbico o qué, pero si quieres puedes acercarte y averiguarlo.
Era una mujer madura, cincuenta y tantos, elegante, con una sonrisa amplia y cálida.
—Ha sido un espectáculo bellísimo y tú eres una mujer bellísima —me dijo—. Tranquila, no vengo a proponerte nada sexual. Solo quiero ofrecerte un trabajo donde ganarás mucho más dinero sin tener que ser una atracción de feria.
No supe qué responder.
—Pásate mañana sobre las doce por esta dirección. Hablamos y ves qué te parece.
Me intrigó. Lo que pasó después… forma parte de otra historia: mi entrada en un burdel de alto standing.Ojalá tengas un día maravilloso, María, y que tu receta de media hora de hoy sea lo más placentera posible.
Un beso muy húmedo,Tu amiga, Carmina
Pero hoy quiero contarte aquella tarde en que estrené mi primer espectáculo con mi obsesión absoluta de entonces: Nain. Era un profesional del sexo, sí, pero con una sensibilidad exquisita para las mujeres y una habilidad para dar placer que nos volvía locas a todas. Las que actuábamos con él lo adorábamos; las clientas lo deseaban en secreto, rompiendo todas sus propias reglas.
—Cariño, hoy estás preciosa. Van a ser veinte minutos en el cielo —me susurró mientras me miraba con esos ojos que me deshacían.
En cuanto lo oí, el miedo y la vergüenza se evaporaron. Solo existía él. Salimos a la plataforma giratoria: yo con un picardías negro translúcido como el de ayer, braguitas casi invisibles; él con un albornoz que apenas disimulaba unos calzoncillos ridículos, incapaces de contener aquella polla magnífica que pronto iba a saborear.
Tal como ensayamos, me coloqué de espaldas a la barra, él abrió ligeramente las piernas y mi mano liberó su verga dura de la tela. Un «¡oooh!» colectivo recorrió la sala. Las mujeres me odiaban con furia contenida: ellas pagaban sus fantasías y yo cobraba por disfrutar del premio.
La metí en mi boca hambrienta. Sentí su calor, su grosor llenándome hasta la campanilla. Casi me ahogo mientras la plataforma giraba despacio para que todos vieran mi apetito voraz. La saqué un instante, la lamí con pasión en un par de vueltas más; noté cómo él, aunque curtido, disfrutaba de verdad y estuvo a punto de correrse.
—Tranquila, amor, aún no puedo correrme —me susurró al oído, inaudible para el público que nos devoraba con los ojos al ritmo de la música erótica y suave.
Me tumbé sobre el tatami, cojín bajo mi culo, piernas bien abiertas mostrando mi coño ya empapado. Tras una vuelta completa, Nain se recostó a mi lado, pasó su pierna por encima y empezó a penetrarme: despacio al principio, sacando y entrando su polla gruesa hasta que los espectadores vieron cómo se cubría de una capa blanquecina de mis jugos. En esa posición me folló unos diez minutos, profundo y constante. Luego sacó su verga pringosa, me puso de lado con el coño apuntando al público y, por detrás, recostados, volvió a hundirse en mí.
Jadeaba con los ojos abiertos sin ver nada, perdida en el placer. Te juro, María, que en esos momentos me convertí en una ninfómana absoluta.
Tres vueltas más follando así y me levantó, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas. La plataforma giró una vez entera: yo con la cabeza hundida en el colchón, culo y coño expuestos, ciega a todo salvo a la espera de su polla. Entró de una embestida profunda y brutal. Grité:—¡Fóllame más fuerte, joder! ¡Dame toda esa polla hasta el fondo! ¡Quiero correrme contigo dentro!Tuve un orgasmo uterino bestial, de esos que te sacuden las entrañas. Él se corrió sin contenerse: abundante, espeso, caliente, llenándome hasta rebosar.
Salió de mí y, aún a cuatro patas, exhibió su obra: mi coño chorreando semen en gruesos hilos blancos que caían sobre el tatami. Prueba irrefutable de que todo era real, sin trampa.Desnudos, pegajosos, oliendo a sexo puro, cogidos de la mano saludamos al público que ya se levantaba apresurado rumbo a los servicios… ¿a hacer pipí? Ji, ji, ji.
—Ha sido increíble, cariño —me abrazó Nain mientras nos traían albornoces. Aquel hombre todavía tenía fuerzas para dos o tres polvos más. Lo adoré. Durante los seis meses que duró nuestro espectáculo tuve que pelearme conmigo misma para no enamorarme como una adolescente.
Un día desapareció. No quiso decirme adónde iba. Lo busqué semanas por otros clubes, sin éxito. Meses después, Lola me confesó que se había marchado a un local de lujo en la zona roja de Hamburgo, donde le pagaban el triple.
Busqué consuelo en otros cuerpos, acepté extras en los reservados, pero nadie era Nain. Hasta que apareció Rosa y mi mente, mi corazón y mi deseo se resetearon por completo. Esa ya es otra historia, querida.
Estuve dos meses más en el club. Una noche, tras el espectáculo, David me acercó un papelito. Pensé que era una petición de extra.
—No, cielo —me dijo—. Es de una señora que está en la barra tomando un whisky. No sé si busca algo lésbico o qué, pero si quieres puedes acercarte y averiguarlo.
Era una mujer madura, cincuenta y tantos, elegante, con una sonrisa amplia y cálida.
—Ha sido un espectáculo bellísimo y tú eres una mujer bellísima —me dijo—. Tranquila, no vengo a proponerte nada sexual. Solo quiero ofrecerte un trabajo donde ganarás mucho más dinero sin tener que ser una atracción de feria.
No supe qué responder.
—Pásate mañana sobre las doce por esta dirección. Hablamos y ves qué te parece.
Me intrigó. Lo que pasó después… forma parte de otra historia: mi entrada en un burdel de alto standing.Ojalá tengas un día maravilloso, María, y que tu receta de media hora de hoy sea lo más placentera posible.
Un beso muy húmedo,Tu amiga, Carmina


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