Hoy y mañana son mis días libres, y con Lola habíamos planeado una escapada a Tossa de Mar, pero la lluvia nos ha cambiado los planes. Ella todavía duerme plácidamente en la cama, recuperándose. Ayer llegué exhausta después de follar mecánicamente con seis hombres. Los fines de semana, por suerte para nuestros bolsillos, el burdel está a reventar toda la tarde y noche. Pero al cruzar la puerta de casa y encontrarme con Lola, dispuesta a devorarme y a dejarse devorar, el cansancio se evapora como por arte de magia. Solo verla desnuda, con esa piel suave y esos pechos que se endurecen al instante, mi coño se humedece y mi cuerpo libera una ola de endorfinas que me hace flotar.
En los primeros relatos que te dedicaré sobre nuestras vivencias en el burdel, te contaré cómo Lola y yo nos enamoramos perdidamente, cómo sus besos me hicieron olvidar todo lo demás y cómo sus dedos dentro de mí me llevaron a orgasmos que me dejaban temblando.
Pero sigo con la historia de cómo Juana, la dueña y madame del burdel, me reclutó. Durante estos años en su casa me he sentido segura, bien pagada, con momentos de placer intenso y otros en que el tiempo parece detenerse mientras un cliente me penetra profundo y yo me corro en silencio para no romper la magia.
Me dio la dirección del piso. No estaba del todo convencida de lo que hacía, pero desde que Nain se marchó, en el club ya no me sentía a gusto. Con mi nuevo compañero no había química, solo sexo puro y duro: acabábamos la sesión y yo apenas había llegado al orgasmo. Mojada, y con mi coño lleno de semen, pero vacía por dentro. Ni aceptando extras con clientes recuperaba el placer que Nain me regalaba, ese que me hacía gritar y correrme una y otra vez.
El piso está en Pasaje de la Paz, a la izquierda de la Rambla, dirección al mar y cerca del museo de cera. Me pareció un edificio antiguo, parecido a las habitaciones cutres donde antes llevaba a mis ligues ocasionales. Un poco nerviosa, llamé al Primero A, y una voz femenina, dulce y cálida, respondió:—Está cerrado, abrimos a las diez... Perdona, tengo una cita con doña Juana, por favor, habla con ella.Unos segundos de silencio y el clic de la puerta. La abrí. Subí seis escalones y allí estaba el Primero A. Ni siquiera tuve que tocar el timbre.
Una mujer elegante, muy femenina, con un vestido ajustado que marcaba sus curvas, maquillaje impecable... Una señora a la que invitarías a la mesa en Navidad. Una fachada perfecta que ocultaba el mundo prohibido y excitante que se escondía detrás.
—Pasa, querida. El otro día te vi en el espectáculo y debo decirte que me impresionaste mucho. Creo que puedo ofrecerte en mi modesta casa un trabajo mejor pagado, más discreto y más seguro. Aquí mis chicas no van vestidas como putas baratas; cultivamos el glamour, la seducción verdadera. El objetivo es que a los clientes se les haga cortísimo el tiempo pagado y quieran repetir una y otra vez. Cobramos trescientos euros la hora; vosotras os merecéis más, pero este precio atrae a hombres con dinero y aleja a los borrachos y a la gentuza.
La escuchaba en silencio mientras absorbía el contraste brutal entre la fachada vieja y el interior lujoso. Todo olía a jazmín fresco, y una mujer de unos cincuenta años, con el pelo recogido, limpiaba las habitaciones hasta dejarlas relucientes para los clientes que llegarían pronto.
—Las condiciones, querida: nos quedamos el treinta por ciento, pero en tu habitación estarás segura y limpia. Cada dos clientes te cambian las sábanas y vacían el cubito discreto junto a la mesilla, donde tirarás los preservativos usados. Tendrás tu propio aseo con ducha, bidé y un armario grande para tus vestidos y tu lencería más provocativa. La lencería te la lava a mano cada día nuestra Rosario, que se encarga de todo lo demás. Puedes pedirle lo que necesites. Mira, te presento a tus futuras compañeras: Ara, una chica de apenas veintidós años, insultantemente joven y guapa, con un culo que quita el aliento; Lola, una mujer de tu edad aproximadamente, especialista en clientes de alto nivel, con una boca que sabe chupar como nadie; Lucia, Anna y dos más. Las otras las conocerás poco a poco; hoy les ha tocado hotel y han trabajado toda la noche.
Me mostró toda la planta, con habitaciones amplias, camas king size y espejos que multiplicaban el deseo. Luego subimos al piso de arriba, decorado con el mismo lujo. Allí recibimos a clientes especiales que no quieren ser vistos, y hacemos los extras: tríos salvajes, fantasías que pagan una fortuna... Me enseñó una habitación dominada por una cama enorme, con correas sutiles en las esquinas y juguetes discretos en un cajón.
—¿Qué te parece? Mucho mejor que la del club, ¿verdad? —me sonrió con picardía—. Esta es para los clientes que quieren desatar su lado más sádico. Si no te apetece, no tienes por qué hacerlo. Aquí nadie te obliga a nada que no desees.—Bueno, cariño, si te interesa, puedes empezar pasado mañana, miércoles, que es un día tranquilo.Me dio un beso suave en la mejilla, y justo entonces llegó el primer cliente del día...
Me fui al club sabiendo que le diría adiós al dueño. Me pagó lo pendiente y nos despedimos. Era temprano, las chicas y chicos aún no habían llegado.
Sigue lloviendo a cántaros, pero al final hemos decidido ir a Caldes de Malavella. Pasaremos el día en el balneario, con un buen masaje para Lola —todavía mancha un poco después de la sesión intensa de anoche— y yo me meteré en las aguas termales hasta que la piel se me arrugue como una pasa, ja ja. Imagino ya sus manos en mi cuerpo mojado, sus dedos deslizándose por mi coño hinchado, susurrándome al oído: "Córrete para mí, puta mía, dame ese orgasmo que te mereces"... y yo gritando "¡Sí, fóllame más fuerte, hazme explotar!" justo antes de correrme con un chorro que nos moja a las dos.
Continuara...

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