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Micro relato erótico: Lujuria de una prostituta de lujo en el día de la constitución

ME LLAMO CARMINA, y a mis 46 años, mi vida en el burdel de lujo cerca de La Rambla en la ciudad donde vivo ha sido un torbellino de placeres prohibidos y secretos susurrados en sábanas de seda. Soy una prostituta de élite durante más de cinco años, atendiendo a hombres del mundo de la empresa, la política he incluso de la iglesia y algunas sectas evangélicas; solteros y casados, jóvenes y maduros, y por supuesto alguna que otra mujer, que buscan no solo mi cuerpo de pecado, sino un escape de sus mundos estresantes. Mi piel bronceada, marcada por el sol de las playas del litoral mallorquín; y mis curvas maduras atraen a quienes desean experiencia, no juventud ingenua. Pero últimamente, siento el peso de los años; mis pechos firmes aún provocan jadeos, pero mi mente anhela retiro, un anonimato donde pueda confesar sin juicios.

El pasado viernes día 5 de diciembre, dos compañeras y yo nos desplazados a Madrid para el día de la constitución en busca de clientes que se alojarían en los hoteles de lujo de la ciudad. Empresarios, políticos y algún que otro religioso que después de tanto acto social buscarían diversión. 

Esa noche, un cliente anónimo, un empresario de Madrid, muy conocido en el ámbito de las finanzas, habia contactado conmigo por teléfono, y quedamos en la habitación del hotel donde yo me alojaba. Con ojos hambrientos, entró en mi suite iluminada por velas y oliendo a palo santo. Lo recibí con una bata de seda transparente, vestida con lencería que acentuaba mis caderas y mi coño depilado, y una sonrisa seductora. "Bienvenido, cariño a mi lugar de placer", susurré, rozando mis dedos por su pecho mientras desabrochaba su camisa. Lo bese, mientras bajaba mi mano a su zona erógena que aumentaba instantáneamente. Su polla ya endurecía bajo mis caricias expertas, gruesa y venosa, lista para mi boca experta.

Lo atraje hacia mi, sentándolo en un sillón para que contemplara el cuerpo del deseo que lo haría disfrutar. Mis manos acariciaban mi cuerpo excitándolo, él quería tocarme pero yo se lo impedía, quería que sufriera y se pusiera los mas cachondo posible antes de rozarme con sus manos. Al cabo de un rato lo llevé a la cama, donde me arrodillé entre sus piernas. Cogí con mis manos su polla erecta y lamí su glande con lentitud, saboreando el salado pre-semen, mientras mis labios se cerraban alrededor de su eje, succionando con ritmo profundo. Él gemía, agarrando mi cabello castaño, guiándome más hondo. "Joder, Carmina, eres un volcán", murmuró. Comencé a excitarme, cosa que en muy contadas ocasiones me ocurría con los clientes, su deseo me golpeo; mi coño se humedecía, mi clitoris hormigueaba una sensación de placer y mis pezones endurecidos rozando la tela del sujetador

Me subí encima, guiando su polla dura hacia mi entrada caliente y resbaladiza. Bajé despacio, sintiendo cómo me llenaba por completo, estirándome deliciosamente. Comencé a cabalgarlo, mis caderas ondulando en círculos sensuales, mis tetas rebotando con cada embestida. El placer ardía en mi clítoris, frotándome contra su pelvis. "Más fuerte, fóllame como una puta, como lo que soy, para eso me has pagado", le pedí gritándole, mi voz ronca de lujuria.

Aceleramos, su polla golpeando mi punto G, esa zona rugosa dentro de mi vagina, con precisión brutal. Mis jugos chorreaban por sus bolas, el sonido húmedo de nuestra unión llenando la habitación. Me incliné hacia atrás, tocándome el clítoris hinchado, círculos rápidos que me llevaban al borde. "¡Sí, cabrón, clávamela toda! ¡Fóllame el coño hasta que me corra como una perra en celo!", grité, el éxtasis construyéndose en olas intensas. Mi cuerpo se tensó, el orgasmo explotando en mí como fuego líquido, contrayéndome alrededor de él, sacaba y metía su polla hasta que exploto dentro, llenándome con su leche todo mi coño, caliente y abundante.

Después, yacimos exhaustos. Él se fue, dejando propina generosa. Pero en la soledad, pienso en retirarme: quizás abrir un café en el Barrio Gótico, lejos de este mundo de sexo pagado. Si buscas confidencias anónimas, escríbeme; te enviaré una foto y más relatos ardientes de mi vida en el burdel.

Nota: los nombres y los lugares son inventados.


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