QUERIDA MARÍA, hoy me he despertado con ganas de contarte algo que me sigue encendiendo cada vez que lo recuerdo. Después de aquel relato tan duro que te escribí la otra vez, necesito equilibrar las cosas con una historia que me haga sentir viva, poderosa y deseada. Porque sí, soy esa mujer que pasó de la ingenua a la puta de lujo que disfruta sin remordimientos, y hoy quiero que sepas cómo empecé a cobrar por el placer que doy y recibo.
Todo comenzó hace unos años, cuando ya había dejado atrás el divorcio y la herida del aborto. Me sentía dueña de mi cuerpo por primera vez. Trabajaba en una empresa de informática, seguía siendo la única mujer en el departamento, pero ya no me importaba que los compañeros me miraran de reojo. Había descubierto que mi cuerpo era un arma: curvas generosas, pechos firmes, culo redondo y una cara que, cuando sonreía, hacía que los hombres se olvidaran de sus nombres. Y yo, por fin, había aprendido a usarlo.
Una tarde, después de una reunión interminable, me quedé sola en la sala de juntas revisando unos códigos. El jefe, un hombre de cincuenta y tantos, atractivo y con esa seguridad que da la experiencia, entró para recoger unos papeles. Me miró un segundo más de lo necesario y dijo: “Carmen, tienes una presencia… única”. Me acerqué a él sin pensarlo, le puse una mano en el pecho y le susurré: “¿Quieres comprobar cuánto?”. No sé de dónde salió esa valentía, pero él no dudó.
Cerramos la puerta. Me levantó la falda de golpe, me bajó las bragas hasta los tobillos y se arrodilló. Su lengua se hundió en mí sin preámbulos, lamiendo mi clítoris con una presión perfecta que me hizo gemir alto. Yo, que siempre había sido tímida, me agarré a la mesa y abrí las piernas más. “Sí, así, no pares… métemela con la lengua…”. Él obedeció, introduciendo dos dedos mientras succionaba mi botón hinchado. Sentí el orgasmo subir como una ola y grité: “¡Me corro, joder, me corro en tu boca!”. Me temblaron las piernas, me corrí con fuerza, empapando su barbilla.
Pero yo quería más. Lo levanté, le bajé la cremallera y saqué su polla dura. Era gruesa, venosa, perfecta. Me puse de rodillas y me la metí entera en la boca, chupándola con ganas, jugando con la lengua en el glande. Él gemía: “Eres una puta deliciosa…”. Yo lo miré a los ojos y dije: “Y tú vas a pagarme por esto”. Él se rio, pensando que era broma, pero cuando le dije el precio, se puso aún más duro. “Vale, cariño, te pago lo que quieras”.
Me subió a la mesa, me abrió las piernas y me la metió de una sola embestida. Me llenó por completo, estirándome deliciosamente. Empezó a follarme con fuerza, golpeando profundo, mientras yo le clavaba las uñas en la espalda. “Más fuerte… rómpeme el coño… sí, así, métemela hasta el fondo…”. Cada vez que me decía “eres una zorra increíble”, yo me mojaba más. Cuando sentí que se iba a correr, le susurré: “Dentro no, quiero sentir tu leche en mis tetas”. Se la sacó, me la meneó un par de veces y se corrió caliente sobre mis pechos. Yo me lo extendí con las manos, disfrutando del calor y la sensación de ser completamente suya en ese momento.
Desde ese día, todo cambió. Empecé a cobrar por follar con clientes que me buscaban a través de una discreta red de contactos. No era prostitución callejera; era lujo, elegancia, placer mutuo. Y yo, que había sido la niña buena, me convertí en la mujer que decide cuándo y cómo se corre.
Una de las noches que más recuerdo fue con un cliente habitual, un empresario de cuarenta años, guapo y educado. Llegó a mi apartamento con una botella de champán. Me miró con deseo y dijo: “Hoy quiero que seas mía del todo”. Me desnudó lentamente, besando cada centímetro de piel que descubría. Me llevó a la cama y me ató las muñecas con una corbata de seda. Me abrió las piernas y empezó a lamerme el coño con una lentitud tortuosa. Su lengua recorría mis labios, entraba en mí, subía al clítoris y lo mordisqueaba suavemente. Yo me retorcía: “Por favor… méteme los dedos… quiero sentirte dentro…”. Me metió tres, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que me hace perder la cabeza. “¡Sí, ahí, joder, no pares… me vas a hacer correrme como una puta…!”. El orgasmo me atravesó entera, mis caderas se levantaron solas y me corrí gritando su nombre.
Luego me desató, me puso a cuatro patas y me la metió por detrás. Su polla entraba y salía con un ritmo perfecto, golpeando mi culo, mientras una mano me frotaba el clítoris. “Te gusta, ¿verdad? Te gusta que te follen como a una zorra…”. Yo respondía entre gemidos: “Sí, me encanta… métemela más profundo… quiero sentirte hasta el fondo… ¡me corro otra vez!”. Me corrí de nuevo, apretando su polla dentro de mí. Él aceleró y se corrió dentro, llenándome con su semen caliente. Sentí cada chorro y me tembló todo el cuerpo.
Pero lo mejor vino después. Me tumbó boca arriba, me abrió las piernas y se puso a lamer su propia corrida de mi coño. Su lengua recogía cada gota, y yo, excitada al máximo, me corrí una tercera vez solo con eso. “¡Dios, qué rico… lame mi coño lleno de ti… me corro otra vez, joder!”.
Desde entonces, cada encuentro es una fiesta. Tengo clientes que me pagan por horas, por noches enteras, por fantasías específicas. Algunos quieren que los domine, otros que sea su sumisa. Yo elijo, siempre. Y cuando estoy sola, me toco pensando en ellos, en cómo me han follado, en cómo me han hecho sentir poderosa.
Ahora, María, soy una mujer que se gana la vida con su cuerpo y su placer, y lo hago con orgullo. No hay culpa, no hay vergüenza. Solo deseo y orgasmo tras orgasmo. Y tú, cariño, también puedes. La vida es demasiado corta para no disfrutar.
Un beso largo y húmedo en la boca.
P.D. Te mando una foto que me hizo un cliente el otro día, justo después de correrme. Mira cómo me brillan los ojos cuando estoy satisfecha.

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