Laura y yo nos separamos hace dos años, después de cinco de matrimonio. Fue una ruptura civilizada, de esas que la sociedad actual celebra: mutuo acuerdo, sin dramas públicos, cada uno siguiendo su camino con respeto y libertad sexual. En estos tiempos, el sexo no es tabú; es algo natural, exploratorio, consensuado. La gente habla abiertamente de deseos, de poliamor, de juguetes eróticos y apps para citas casuales. Nosotros éramos así: liberales, apasionados, siempre dispuestos a probar cosas nuevas en la cama. Pero la rutina nos mató, o eso dijimos. En realidad, el fuego nunca se apagó del todo; solo se escondió en sueños como este, donde podíamos ser salvajes, sin límites, explorando cada rincón de nuestros cuerpos con una intensidad que en la vida real a veces nos conteníamos.
En el sueño, todo empezó inocentemente, como solía pasar en nuestra vida real. Estaba en nuestra antigua casa, esa que compartíamos en las afueras, con el jardín donde plantamos flores que nunca cuidamos. Laura entraba por la puerta, vestida con esa falda ajustada que usaba para el trabajo, una blusa blanca que se transparentaba un poco bajo la luz del atardecer. Su pelo castaño caía en ondas sueltas sobre los hombros, y sus ojos verdes me miraban con esa picardía que siempre me volvía loco. "Hola, amor", decía, y su voz era como un ronroneo suave, cargado de promesas. Yo estaba en el sofá, con un libro en las manos que ni siquiera recordaba, pero lo dejé caer al suelo cuando ella se acercó.
Se sentó a mi lado, sus piernas rozando las mías, y empezó a contarme su día, pero sus manos no se quedaban quietas. Deslizaba los dedos por mi muslo, subiendo despacio, jugando con sus dedos sobre mi piel que me la erizaba. "Te he echado de menos", murmuraba, y yo sentía cómo mi pulso se aceleraba. En el sueño, no había barreras; éramos solo nosotros, libres de inhibiciones, como en los viejos tiempos cuando explorábamos nuestros cuerpos sin prisa. La besé entonces, un beso profundo, con lengua que se enredaba en la suya, saboreando el dulzor de su boca. Sus labios eran suaves, cálidos, y respondía con avidez, mordisqueándome el labio inferior hasta hacerme gemir.
Mis manos subieron por su blusa, desabrochando botones uno a uno, revelando la piel tersa de su pecho. Llevaba un sujetador de encaje, de esos que comprábamos juntos en tiendas online, recordando cómo nos excitaba elegir lencería. Acaricié sus senos por encima de la tela, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo mis pulgares. Laura arqueaba la espalda, presionando contra mí, y susurraba: "Tócame más, no pares". Bajé la cabeza y besé su cuello, lamiendo la curva donde late el pulso, bajando hasta el valle entre sus pechos. Desabroché el sujetador con un movimiento delicado, liberando sus senos redondos y firmes. Tomé uno en mi boca, succionando el pezón con delicadeza al principio, luego con más fuerza, alternando con mordiscos suaves que la hacían jadear. Sentía su calor, el latido de su corazón bajo mi lengua, y cada gemido suyo me hacía endurecerme más.
Ella no se quedaba atrás. Sus manos bajaron a mi pantalón, desabrochando el cinturón con urgencia, metiendo la mano dentro para acariciar mi miembro erecto. "Estás tan duro", decía, y su voz era ronca, llena de deseo. Me masturbaba despacio, con movimientos firmes, lubricando con el líquido preseminal que ya brotaba. Sentía cada roce como una descarga eléctrica, mi cadera moviéndose instintivamente hacia su mano. La besé de nuevo, más salvaje, mientras mis dedos bajaban por su falda, subiéndola hasta las caderas. Tocaba sus muslos suaves, ascendiendo hasta encontrar sus bragas húmedas. "Estás empapada", le dije, y ella sonreía, mordiéndose el labio. Deslicé un dedo por debajo de la tela, rozando su clítoris hinchado, haciendo movimientos lentos que la hacían temblar. Su vulva estaba caliente, resbaladiza, invitándome a más.
Nos levantamos del sofá, tropezando un poco en nuestra prisa, y la llevé al dormitorio. Era nuestra habitación, con la cama grande donde tantas noches habíamos hecho el amor. La tumbé boca arriba, quitándole la falda bajándole las bragas, dejando su coño expuesto. Era una visión que me enloquecía: depilado, rosado, brillando de humedad. Me arrodillé entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, acercándome poco a poco. Olía a ella, a ese aroma musgoso y dulce que me volvía adicto. Lamí sus pliegues con la lengua plana, saboreando su jugo, y ella gemía alto, colaboraba bajando sus manos para abrir su coño y sentir mis lamidas. "Sí, ahí, lame mi coño despacio", decía, y sus palabras me excitaban más. Succione su clítoris, alternando con penetraciones de lengua, mientras mis dedos entraban en ella, curvándose para tocar ese punto sensible dentro. Sentía cómo se contraía alrededor de mis dedos, su humedad chorreando por mi mano.
Laura se retorcía empujando su coño, sus caderas elevándose para presionar contra mi boca. "No pares, me vas a hacer correrme", jadeaba. Aumenté el ritmo, lamiendo con más fuerza, mis dedos moviéndose rápido dentro de ella rozando su punto rugoso. Gritó cuando llegó al orgasmo, un clímax intenso que la hizo arquearse, sus jugos fluyendo en mi boca como una cascada. La miré mientras se recuperaba, su pecho subiendo y bajando, los ojos vidriosos de placer. "Ahora te toca a ti", dijo, incorporándose y dándome la vuelta.
Me empujó para que me tumbara, y se colocó a horcajadas sobre mí. Quitó mi camisa, besando mi torso, lamiendo mis pezones hasta endurecerlos. Bajó por mi abdomen, desabrochando el pantalón por completo y liberando mi polla dura y palpitante. La tomó en su mano, admirándola un momento antes de bajar la cabeza. Su boca era cálida, húmeda, envolviéndome por completo. Succione con maestría, su lengua girando alrededor del glande, bajando hasta la base. Gemí, sintiendo el placer subir por mi espina dorsal. "Chúpamela así, joder, qué bien lo haces, trágatela toda", le dije, y ella aceleraba, masturbándome al mismo tiempo con la mano, sus saliva resbalando por mi eje.
No pude aguantar mucho; la detuve antes de correrme, queriendo más. La giré, poniéndola a cuatro patas en la cama. Su culo redondo y perfecto me invitaba, y lo acaricié, dándole palmadas suaves que la hacían gemir. Posicioné mi miembro en su entrada, rozando la punta contra sus labios vaginales húmedos. "Fóllame, por favor, métemela ya", suplicaba ella, y yo empujé despacio, sintiendo cómo me envolvía, apretada y caliente. Empecé a moverme, embistiendo con ritmo, mis manos en sus caderas. Cada penetración era profunda, rozando sus paredes internas, y sus gemidos se mezclaban con los míos. "Más duro, dame más, siente cómo te aprieto", decía ella, y yo aceleraba, chocando contra su culo con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando la habitación.
Cambiamos de posición; la puse encima, en vaquera, cabalgándome. Sus senos rebotaban con cada movimiento, y yo los apretaba, pellizcando los pezones con fuerza hasta que se ponían rojos. "Más fuerte, cabalga mi polla como una puta salvaje", le decía, y ella aceleraba, girando las caderas en círculos que me volvían loco, su coño deslizándose arriba y abajo por mi longitud. Sentía cada vena de mi miembro rozando sus interiores, el placer acumulándose en mis testículos. Mis dedos bajaban a su clítoris, frotándolo con rudeza para que llegara conmigo, y ella gemía: "Sí, tócame ahí, me corro de nuevo".
Pero no quería que terminara tan pronto; la volteé de lado, en posición de cucharita, abrazándola por detrás. Mi polla entraba en ella desde atrás, profunda, mientras una mano apretaba su seno y la otra bajaba a su vulva. Embestía lento al principio, sintiendo cómo su cuerpo se moldeaba al mío, su espalda contra mi pecho. "Te siento tan dentro, muévete más", susurraba, y yo aumentaba el ritmo, mordiendo su hombro, dejando marcas rojas en su piel. Era íntimo, pero intenso; podía besar su cuello, oler su sudor mezclado con perfume, mientras mis dedos jugaban con su clítoris hinchado.
Luego, la exploración se volvió más audaz. La puse de pie contra la pared, levantando una de sus piernas para penetrarla de frente, en una posición que nos permitía mirarnos a los ojos. Sus senos presionados contra mí, mis embestidas rápidas y cortas, golpeando su punto G con precisión. "Fóllame contra la pared, hazme tuya", gemía ella, sus uñas clavándose en mi espalda.
El sueño se intensificaba, como si supiera que queríamos más. La puse en misionero, pero con sus piernas sobre mis hombros, penetrándola profundo, hasta el fondo. Cada embestida la hacía gritar, su coño contrayéndose. "Sí, así, rómpeme, métela toda", decía, y yo empujaba con furia, sintiendo mis testículos chocando contra ella. Luego, en reversa, ella encima pero de espaldas, su culo moviéndose arriba y abajo, mis manos abriendo sus nalgas para ver cómo mi polla entraba y salía, cubierta de sus fluidos. "Mira cómo te follo, qué húmeda estás", le decía, dándole palmadas en el culo que resonaban.
Probamos la posición del loto, sentados enfrentados, mis piernas cruzadas y ella sobre mí, moviéndose en círculos lentos y profundos. Era sensual, nuestros cuerpos pegados, besándonos mientras el placer crecía. "Siente cómo te aprieto, amor, córrete dentro", murmuraba. Pero queríamos más intensidad; la levanté, follándola de pie, sus piernas alrededor de mi cintura, embistiendo contra la puerta que crujía. Sus gemidos eran altos, descontrolados.
Desperté entonces, solo en mi cama, con las sábanas empapadas. Me masturbé reviviendo cada posición, cada gemido, hasta correrme de nuevo. En estos tiempos, soñar así es liberador, un recordatorio de que el sexo es exploración, intensidad sin fin.





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