No sabes cuánto me excita saber que mis palabras te despiertan ese fuego entre las piernas. Me alegra que mis relatos te hagan mojarte y te den el valor para cumplir tus deseos más profundos. Esta noche Rosa y yo hemos sido chicas buenas, como siempre. Ayer por la tarde nos dimos una sobredosis de pollas y, después de tanto placer, nos quedamos abrazaditas durmiendo como bebés. Las próximas semanas serán más tranquilas, fiestas en casa y poco más, pero del 24 al 26 nos vamos de mini vacaciones. Ya tenemos alquilado un bungalow precioso cerca de la Fageda d’en Jordà, en la zona volcánica de la Garrotxa. Excursiones, buena comida y mucha intimidad… Nuestros volcanes personales van a entrar en erupción, te lo aseguro.
Hoy quiero contarte mi primer día de trabajo como stripper, desnudándome delante de clientes que se masturbaban sin disimulo. Desde el escenario, la luz de las butacas era tenue, pero cuando los ojos se acostumbraban, los veías perfectamente: hombres con la mano dentro del pantalón, moviendo la polla arriba y abajo, y, para mi sorpresa, muchas mujeres con la mano metida bajo la falda, acariciándose el coño con los ojos clavados en nosotras.
Llegué al club sobre las once de la mañana. Ya había seis o siete chicas preparándose en la barra, con una música suave y sensual que hacía que sus cuerpos se contonearan como serpientes. Al caer la tarde, esas mismas chicas calmarían los deseos más ocultos de los clientes y se irían con los bolsillos llenos. Me uní a ellas; por la tarde debutaría ante el público y los nervios me comían viva.
Lola, una veterana, me fue instruyendo: cómo mover las caderas, cómo detectar al cliente generoso, cómo abrir las piernas sin prisa, cómo quitarme la ropa con lentitud. “Sobre todo, no vayas rápida, cariño. Concéntrate en la música y guarda para el final la visión de tu coño y tus nalgas. Aunque al final sé generosa con tus tesoros”, dijo riendo con malicia. “Y si te apetece un sobresueldo, te lo llevas al reservado. Allí, si tu libido está a tope, te lo follan y encima te pagan. Yo lo hago a menudo”.
Marcos, el jefe me saludó: “Buenos días, Carmina. Aquí no usamos nombres reales. Si no te importa, te llamaremos Sara”. Me pareció perfecto. Así nació Sara, la stripper y futura actriz porno que me convirtieron.
Saludé a Nain, que hacía ejercicio con ropa deportiva. Su cuerpo era espectacular. Se acercó y me dijo: “Buenos días, cariño. El viernes debutamos juntos y espero que no solo salga bien, sino que lo disfrutemos los dos”. Me quedé sin aliento. A punto de cumplir los cuarenta, saliendo de años de sequía sexual por culpa de mi exmarido, Nain era un macho en plena forma que vivía del sexo. “Mañana a esta hora ensayamos, corregiremos posturas y tendrás que acostumbrarte a mi polla”, me dijo. “Claro, Nain… aunque desde ahora soy Sara”, respondí riendo. “Mucho gusto, Sara”, contestó él con una sonrisa traviesa.
Llegó la hora. Debutaba sola, siendo devorada por docenas de ojos hambrientos. Me maquillé, me puse el conjunto sexy y salí del camerino. La sala ya estaba llena. Las camareras, vestidas con poca ropa, servían copas mientras recibían miradas obscenas. Por un segundo me asaltó el miedo: ¿y si hay conocidos? Pero ya no había vuelta atrás.
Lola me tomó de la mano. “Tranquila, Sara, salimos juntas y te guío. ¿No te importa que en alguna postura te toque el coño?” “Claro que no. Será recíproco”, le contesté.
La sala se tiñó de azul tenue. Un foco nos deslumbró cuando salimos. Dimos una vuelta completa por la barra para que todos vieran nuestros cuerpos. Oí susurros y jadeos. Me aferré a Lola. Nos abrazamos en el centro de la plataforma. “Agáchate y quítame las medias”, me susurró. Lo hice con calma. Mi cara quedó a centímetros de su coño, ya mojado y abierto. Bajé la primera media lentamente; ella estiró la pierna sobre mi espalda. Luego la otra. “Ahora te toca, cariño”, me dijo.
Me levanté. Ella se agachó. Le ofrecí mi pierna y sentí su aliento caliente entre mis muslos. Me corrí sin poder evitarlo. Mis bragas quedaron empapadas. Lola lo notó y sonrió: “Estás más cachonda que si no las llevaras”.
Me llevó al borde de la plataforma. Nos pusimos en cuclillas, enseñando la enorme mancha de humedad en mis bragas y su coño apenas húmedo. Dimos la vuelta completa. Luego nos pusimos de pie. Lola se colocó detrás de mí, pegada a mi cuerpo. Sus manos acariciaron mis tetas con lujuria. Desabrochó mi sujetador lentamente. Mis pezones duros salieron al aire, turgentes, apuntando al público. La plataforma giró y todos pudieron disfrutarlos.
Le tocó a ella. Le acaricié los pechos, sentí su calor, su olor a hembra excitada. Le quité el sujetador y mis manos se quedaron imantadas a sus tetas. Nos abrazamos, respiramos el mismo aire. Me bajó la mano hacia su coño, que ya estaba empapado. Estábamos desnudas, solo con las bragas. Nuestros cuerpos ardían.
Lola se puso otra vez detrás de mí. Sentí sus tetas pegadas a mi espalda. Lentamente, bajó mis bragas, exponiendo mi coño chorreante. Un hilo espeso de flujo bajaba por mis muslos. El olor a deseo llenó el aire. Hizo lo mismo con las suyas.
Recogimos las bragas del suelo, nos dimos la mano y, desnudas, nos fuimos al camerino entre aplausos y jadeos. Al entrar, aún desnudas, nos besamos con hambre. Las demás chicas nos miraban atónitas. Nain entró, nos dio un beso a cada una y dijo: “Cabronas, hasta a mí me habéis puesto a cien”. Nos reímos. “Sara, mañana te quiero así de caliente para mí”, añadió. “O más”, le contesté.
Marcos, el jefe, nos felicitó. Le dio un papelito a Lola: un cliente habitual la reclamaba en el reservado. A mí me dijo: “Sara, hoy ya puedes irte a casa. Vosotras dos habéis marcado una línea que será muy rentable”.
Me vestí y salí con la mente revuelta, el coño aún palpitando y una sensación nueva y deliciosa en el cuerpo. Mañana tenía ensayo con Nain… y eso me hacía cosquillas en mi coñito estrecho.
Será la historia de mañana. Rosa lleva un rato releyendo esto y no para de reclamar su parte.


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