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Relato erótico: Deseo y poliamor


Era una noche solitaria en nuestra casa de Madrid, con el viento otoñal azotando las ventanas y el eco de mi propia respiración como único compañero. Mi esposa, Ana, estaba en esa convención de su empresa en Barcelona, a horas de distancia en tren. Llevábamos cinco años casados, pero nuestra relación era moderna, liberada de tabúes: poliamorosa, abierta al placer sin celos absurdos. Creíamos que el sexo era una celebración de la vida, no una cadena, y eso nos mantenía unidos en una complicidad ardiente. Después de una cena rápida con una copa de vino rioja que me calentaba la sangre, mi teléfono vibró. Era Ana, con esa voz grave y seductora que siempre me ponía la piel de gallina.

"Hola, mi vida", murmuró, y detecté el matiz juguetón, un poco jadeante, como si acabara de subir las escaleras del hotel. "Te extraño tanto. ¿Qué has estado haciendo sin mí?"

Comenzamos con charlas triviales: el estrés del trabajo, el bullicio de la convención, cómo el hotel era un palacio impersonal con sábanas de algodón egipcio que invitaban a pecados. Pero pronto, como siempre, derivamos a lo íntimo. Le confesé el sueño erótico que había tenido la noche anterior, uno de esos que te despiertan con el miembro tieso y el cuerpo clamando por liberación. "Soñé con Laura", le dije, evocando a mi ex, esa mujer de caderas anchas, pechos firmes y una mirada que prometía orgasmos interminables. Ana conocía cada detalle de mi pasado con ella; de hecho, hablar de eso nos excitaba mutuamente, avivando el fuego de nuestra conexión.

"Cuéntamelo con lujo de detalles, amor", susurró Ana, y oí el crujido de la cama mientras se acomodaba, el roce sutil de la tela contra su piel desnuda. "Quiero que me pongas a mil. Describe todo, hazme mojarme."

Empecé lento, saboreando cada sílaba para torturarla de placer. En el sueño, Laura irrumpía en nuestra habitación, con un camisón negro translúcido que dejaba ver sus pezones rosados endurecidos por el deseo, apuntando como balas. La besaba con hambre voraz, mi lengua invadiendo su boca, saboreando su saliva dulce mientras mis manos bajaban por su espalda, agarrando su culo redondo y firme, apretándolo hasta que gemía contra mis labios. "La tiré sobre la cama", continué, mi voz ronca por la excitación creciente. "Le separé las piernas de un tirón, exponiendo su coño depilado, hinchado y brillante de humedad. Olía a sexo puro, a hembra en celo. Metí dos dedos dentro de ella, sintiendo sus paredes calientes y resbaladizas contrayéndose alrededor, como si quisieran atraparme para siempre. Ella arqueaba la espalda, gritando '¡Sí, mételos más profundo, joder!'

"Oí un gemido ahogado al otro lado. "Dios mío, amor, me estás volviendo loca. Tengo los pezones duros como piedras, y mi coño palpita. Estoy tocándome ahora mismo, frotando mi clítoris hinchado con los dedos mojados."

Eso me incendió por completo. Imaginé a Ana en esa suite lujosa, luces atenuadas, su cuerpo de treinta y cinco años desnudo sobre las sábanas blancas: pechos grandes con aureolas oscuras, vientre plano y un coño siempre listo para el placer. "En el sueño, Laura me imploraba que la follara sin piedad", seguí, mi mano bajando instintivamente a mi polla endurecida. "La penetré de golpe, sintiendo cómo su coño estrecho me engullía centímetro a centímetro, caliente y empapado. Embestí con fuerza, mis bolas chocando contra su culo, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la habitación. Ella clavaba las uñas en mi espalda, gritando '¡Fóllame más duro, cabrón! ¡Haz que me corra como una puta!'

"Ana jadeaba ahora con intensidad, su respiración entrecortada como si corriera una maratón. "¡Sigue, por favor! Estoy metiendo tres dedos en mi coño, imaginando que es tu polla gruesa estirándome. Está chorreando, amor, siento el jugo resbalando por mis muslos." Describí cómo aceleraba el ritmo en el sueño, embistiendo como un animal, sudando, mordiendo sus pezones hasta que chillaba de placer y dolor mezclado. "Laura se retorcía debajo de mí, su clítoris frotándose contra mi pubis, y explotó en un orgasmo brutal, su coño convulsionando alrededor de mi polla, ordeñándome mientras gritaba '¡Me corro, joder! ¡Lléname de leche caliente!'"

"¡Oh, sí! ¡Me estoy corriendo ahora mismo!", exclamó Ana, su voz rompiéndose en un grito agudo. "¡Fóllame en tu sueño, amor! ¡Dame esa polla dura y venosa, hazme explotar! ¡Sí, sí, joder, córrete conmigo!" La oí gemir alto, el sonido de su mano chapoteando en su humedad, su cuerpo temblando a través del teléfono hasta que el clímax la dejó sin aliento, jadeando y riendo suavemente.  

Yo también me masturbé furiosamente, sincronizándonos en esa danza telefónica, hasta que eyaculé con un gruñido, imaginando su coño tragándose mi semen. Hablamos después, susurrándonos fantasías futuras. "Me has dejado ardiendo por dentro", confesó. "No sé si podré contenerme mañana.

"Dos días después, Ana volvió. La recogí en el aeropuerto, besándola con pasión en el aparcamiento, mis manos subiendo por su falda para sentir su calor. En casa, tras una cena con velas y vino, nos instalamos en el sofá. "Tengo una confesión ardiente", dijo con una sonrisa lasciva, sus ojos verdes centelleando de excitación mientras se quitaba los zapatos y cruzaba las piernas, rozando mi muslo.

"Dime todo, sin censuras", respondí, mi mano acariciando su rodilla, subiendo lentamente.

Se inclinó hacia mí, su aliento cálido en mi oreja. "Después de nuestra llamada, estaba en llamas. Mi coño no dejaba de palpitar, exigiendo más. Al día siguiente, en el restaurante del hotel –ese lugar elegante con mesas de mármol y vistas al mar–, noté a una pareja mirándome fijamente. Él, Marcos, era un hombre de unos cuarenta, alto, con barba plateada y músculos definidos bajo la camisa. Ella, Elena, una pelirroja de curvas explosivas, con labios carnosos y un vestido rojo que abrazaba sus tetas grandes y su culo respingón. Me sonrieron con picardía, y yo les devolví el gesto, sintiendo un cosquilleo en el clítoris. Recordé nuestro acuerdo poliamoroso: libertad para explorar, siempre con transparencia y respeto. Les invité a unirse a mi mesa.

"Mi pulso se aceleró, imaginando la escena: el tintineo de copas, el aroma a marisco fresco, Ana irradiando sexo. "Hablamos de la convención, de viajes exóticos, pero pronto derivó a lo erótico. Marcos alabó mi escote, diciendo que mis pechos eran hipnóticos. Elena rozó mi mano, susurrando que mi aura era irresistible, que quería probar mis labios. Sentí mi coño humedecerse bajo la mesa, mis pezones endureciéndose contra la tela del sujetador."

"Continúa, detalla cada roce", le pedí, mi polla ya tiesa en los pantalones.

"Llegamos a su suite presidencial: cama enorme, jacuzzi, botellas de champán. Marcos me besó primero, sus labios devorando los míos, su lengua follando mi boca mientras sus manos me quitaban el vestido, exponiendo mis tetas al aire fresco. Elena se unió, lamiendo mi cuello, mordisqueando mi oreja mientras desabrochaba mi sujetador. 'Tienes unas tetas perfectas, para chuparlas toda la noche', murmuró Elena, pellizcando mis pezones hasta que gemí.

"Ana pausó, su mano bajando a mi bragueta, liberando mi polla dura y venosa, masturbándome lento mientras hablaba. "Elena se arrodilló, quitándome las bragas empapadas. 'Mira qué coño tan jugoso', dijo, separando mis labios vaginales con los dedos. Su lengua atacó mi clítoris, lamiéndolo en círculos rápidos, chupando con succión que me hacía ver estrellas. Marcos se desnudó, su polla gruesa y curvada apuntando al techo, venas palpitantes. La metió en mi boca, follando mi garganta despacio al principio.

 Chupé con avidez, saboreando su precum salado, mientras Elena metía tres dedos en mi coño, curvándolos para masajear mi punto G, haciendo que chorros de jugo salpicaran.

"Grité de deseo, mi mano subiendo por su falda, encontrando su coño sin bragas, ya chorreando. "Me tumbaron en la cama. Marcos me penetró desde atrás, su polla estirándome hasta el límite, embistiendo como un pistón, sus bolas pesadas golpeando mi clítoris. Elena se montó en mi cara, su coño depilado y rosado sobre mi boca. Lamí sus labios hinchados, chupando su clítoris como una fruta madura, sintiendo su humedad inundarme la cara. Ella gemía: '¡Come mi coño, zorra caliente! ¡Hazme correrme en tu lengua!' Y yo lo hacía, follando su entrada con la lengua mientras Marcos me taladraba, su polla rozando cada nervio dentro de mí.

"Ana jadeaba reviviendo, su mano acelerando en mi polla. "Cambiamos: Elena debajo, lamiendo mi coño y ano mientras Marcos me follaba. Su lengua serpenteaba entre nosotros, chupando mis labios vaginales estirados por su polla. Grité: '¡Más profundo, joder! ¡Fóllame como una perra en celo!' El placer era abrumador, mi cuerpo temblando. Marcos gruñía: 'Tu coño es un vicio, tan apretado y mojado'. Elena mordía mis pezones, y exploté en un orgasmo devastador, gritando '¡Me corro, cabrones! ¡Lléname de semen caliente, hazme chorrear! ¡Sí, joder, sííí!' Mi coño convulsionó, expulsando jugos que Elena lamía con fruición."

Continuó: "Luego, Elena cabalgó la polla de Marcos, sus tetas rebotando, su culo aplaudiendo contra sus muslos. Me uní, lamiendo donde se unían: chupando su clítoris hinchado, sus bolas sudorosas, metiendo la lengua en su ano. Elena chillaba: '¡Chupa mi coño mientras me folla, puta! ¡Hazme explotar como una bomba!' Aceleré, y se corrieron juntos: Marcos eyaculando chorros calientes dentro de ella, gritando '¡Toma mi leche!', y Elena convulsionando, gritando '¡Me corro, joder! ¡Siento tu semen llenándome, hazme más!' Lamí el semen que goteaba de su coño, saboreando la mezcla salada y dulce.

"El relato me tenía al borde. Ana se subió sobre mí, empalándose en mi polla de un golpe, su coño tragándome entero. "Ahora fóllame mientras termino", ordenó, cabalgándome con furia. "En la ducha, nos enjabonamos. Marcos me levantó contra la pared, penetrándome profundo, el agua cascando sobre nosotros. Elena me masturbaba el clítoris con dedos expertos, pellizcándolo. Grité: '¡Dame más, follador! ¡Hazme correrme otra vez, joder!' Y lo hice, orgasmo tras orgasmo, mi coño apretando su polla mientras chillaba '¡Sí, córrete dentro, lléname el útero! ¡Me corro como una loca!'

"Embestí hacia arriba, nuestras carnes chocando en un ritmo frenético. Ana gemía: "Nuestro poliamor nos enciende, amor. Esto nos une más." Nos corrimos al unísono, yo inundándola con mi semen caliente, ella gritando "¡Me corro, amor! ¡Siente mi coño ordeñándote, joder! ¡Dame todo tu semen!" Sus paredes vaginales se contrajeron en espasmos intensos, ordeñándome hasta vaciarme.

Quedamos exhaustos, abrazados, el sudor mezclándose. En esta era donde el sexo es libertad, sin juicios, aventuras como esta avivan nuestra pasión eterna.

por:© Mary Love

MaryLove (@tequierodori) / X

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