Soy Laura, tengo 62 años y soy sexóloga clínica desde hace más de tres décadas. Mi consulta privada en el centro de Madrid es un espacio íntimo, con luces tenues, sofás mullidos y un aroma sutil a jazmín que invita a la confidencia. Todos los días recibo parejas que, después de años juntos, han caído en esa monotonía sexual que ahoga el deseo. Vienen buscando consejos, juguetes, posiciones nuevas... pero a veces, cuando veo que las palabras no bastan, decido actuar. Porque yo no solo hablo de sexo: lo practico. Y cuando una pareja me enciende lo suficiente, me meto en la cama con ellos. O con uno de ellos. O con los dos. Sin remordimientos. Porque el placer no entiende de límites morales anticuados.
Ese viernes llegó Elena y Javier. Ella, 34 años, morena de curvas generosas, labios carnosos y una mirada que ya me decía que estaba hambrienta. Él, 37, alto, atlético, pero con esa expresión de hombre que lleva meses sin follar como Dios manda. Se sentaron frente a mí, muy juntitos en el sofá, como si tuvieran miedo de que los separara.
—Laura —empezó Elena, con voz temblorosa pero decidida—, llevamos doce años juntos y... ya no sentimos lo mismo. El sexo se ha vuelto rutinario. Misionero rápido, luz apagada, y adiós. Queremos recuperar la pasión, pero no sabemos cómo.
Javier asintió, rojo como un tomate. Yo crucé las piernas lentamente, dejando que mi falda se subiera un poco más de lo necesario. Llevaba medias de encaje negro y tacones altos. Siempre visto así en consulta. Porque el deseo empieza por la vista.
—Tranquilos —dije con voz suave, mirándolos a los dos—. El deseo no muere, solo se duerme. Y yo sé cómo despertarlo.
Les hice las preguntas habituales: frecuencia, fantasías, tabúes. Elena confesó que le excitaba la idea de que otro hombre la tocara mientras Javier miraba. Javier tragó saliva, pero no dijo que no. Al contrario, su entrepierna se marcó bajo los pantalones. Ya estaba duro solo de imaginarlo.
—Hay una terapia que funciona muy bien cuando las palabras no bastan —susurré, levantándome y acercándome a ellos—. Se llama intervención activa. Yo participo. Con uno de vosotros. O con los dos. Solo si estáis de acuerdo.
Elena me miró con los ojos brillantes. Javier respiraba agitado.
—¿Tú... follarías con nosotros? —preguntó Elena, casi sin aliento.
—Follaría con vosotros —confirmé, sonriendo—. O con él mientras tú miras. O contigo mientras él aprende. Lo que más os excite.
Hubo un silencio denso, cargado de electricidad. Luego Elena se levantó, se acercó a mí y me besó. Un beso profundo, húmedo, con lengua. Javier se quedó en el sofá, mirando, con la mano ya en su bragueta.
—Quiero que empieces conmigo —susurró Elena contra mis labios—. Quiero que me comas el coño mientras él nos ve.
No hizo falta más.
La llevé al diván amplio que tengo en la consulta, ese que parece un sofá pero se convierte en cama king size. Javier se sentó en la butaca frente a nosotros, con la polla ya fuera, dura como una piedra, masturbándose despacio.
Desnudé a Elena lentamente. Le quité la blusa, el sujetador de encaje negro, y sus tetas grandes, pesadas, con pezones oscuros y duros como piedrecitas. Los chupé despacio, mordisqueando, mientras ella gemía y se retorcía.
—Joder, Laura... chúpame más fuerte... —susurró, agarrándome el pelo.
Bajé por su vientre, le quité la falda, las bragas de algodón húmedas. Su coño estaba depilado, hinchado, brillando de jugos. Me arrodillé entre sus piernas abiertas y lamí sus labios mayores despacio, de abajo arriba, saboreando su sabor dulce y salado.
—Dios... pasa tu lengua por mi coño... —gimió Elena, abriendo más las piernas.
Obedecí. Lamí sus pliegues, separándolos con los dedos, metiendo la lengua dentro de su agujero caliente y húmedo. Luego subí al clítoris, ese botoncito hinchado y sensible, y lo chupé con fuerza, succionando, mientras introducía dos dedos en su coño y los movía rápido.
—Lame mi clítoris, joder... sí, así... méteme la lengua más adentro... —gritaba Elena, ya perdida en el placer.
Javier se masturbaba con furia, gimiendo al vernos.
Le quité la ropa a Elena por completo y me desnudé yo también. Mi cuerpo es curvilíneo, tetas firmes, culo redondo, coño rasurado con una línea fina de vello. Me senté sobre la cara de Elena y ella me comió con hambre, lamiendo mi clítoris como si llevara años deseándolo.
—Chúpame el coño, Elena... sí, méteme la lengua... joder, qué bien lo haces... —gemía yo, moviendo las caderas sobre su boca.
Javier no aguantó más. Se levantó, se acercó y me metió la polla en la boca mientras Elena me comía el coño. Era gruesa, venosa, con la cabeza gorda y brillante de precum. La chupé hasta el fondo, ahogándome con ella, mientras Elena lamía mi clítoris y mis jugos le chorreaban por la barbilla.
—Fóllame —le dije a Javier, apartándome de su polla—. Métemela hasta el fondo.
Me puse a cuatro patas sobre Elena, que seguía lamiéndome el clítoris desde abajo. Javier se colocó detrás de mí y me penetró de un solo empujón. Su polla me abrió entera, me llenó hasta el coño hasta el útero.
—Joder, qué coño tan apretado tienes, Laura... —gruñó Javier, embistiéndome fuerte.
Elena, debajo de mí, lamía mi clítoris y las bolas de Javier cada vez que salía de mi coño.
—Lame mi clítoris mientras me folla... sí, así... —gemía yo, perdida.
El ritmo se volvió salvaje. Javier me follaba como un animal, agarrándome las caderas, chocando sus huevos contra mi culo. Elena chupaba mi clítoris sin parar, metiendo dedos en mi ano mientras lamí mis jugos.
—Voy a correrme... joder, me corro... —grité, y exploté en un orgasmo brutal, mi coño contrayéndose alrededor de la polla de Javier, chorros de squirt salpicando la cara de Elena.
Javier salió de mi coño y se corrió sobre las tetas de Elena, leche caliente y espesa que ella se untó con las manos mientras gemía.
Pero no habíamos terminado.
Ahora era el turno de Elena. La puse boca arriba, abrí sus piernas en V y me senté sobre su coño, frotándome contra ella, clítoris con clítoris, en un roce lento y húmedo.
Javier, ya recuperado, se colocó detrás de mí y me metió la polla en el culo. Doble penetración: su polla en mi ano mientras yo frotaba mi coño contra el de Elena.
—Fóllame el culo, Javier... métemela toda... —gemía yo.
Elena, debajo, se retorcía de placer.
—Lame mis tetas, Laura... chúpame los pezones... —pedía ella.
Nos corrimos las tres a la vez. Javier llenándome el culo de leche caliente, yo squirteando sobre el coño de Elena, y ella gritando mientras su orgasmo la sacudía entera.
—Dame tu leche, Javier... lléname el culo... —grité en el clímax.
—Lame mi coño, Laura... chúpame el clítoris hasta que me corra en tu boca... —gemía Elena.
Después nos quedamos los tres abrazados, sudorosos, jadeantes, con el olor a sexo impregnando toda la consulta.
—Esto... esto es lo que necesitábamos —susurró Elena, besándome.
Javier me acariciaba las tetas, todavía duro.
Y yo sonreí. Porque sabía que volverían. Y que la próxima vez, traerían juguetes. O a una amiga. O lo que fuera.
Porque una vez que pruebas el placer sin límites, ya no hay vuelta atrás.
Y yo, como buena sexóloga, siempre estoy dispuesta a ayudar.

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