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Relato erótico: Susurros de fuego a los cincuenta

Me llamo Elena, tengo cincuenta años y, déjenme decirles, nunca me he sentido más viva, más deseada, más dueña de mi cuerpo que ahora. En esta era del siglo XXI, donde la libertad sexual es un derecho que nos hemos ganado a pulso, he aprendido a celebrar cada curva, cada arruga sutil que el tiempo ha tallado en mi piel como un mapa de placeres vividos. No soy una jovencita de veinte, con esa frescura ingenua; soy una mujer madura que sabe exactamente lo que quiere, lo que necesita para que su coño palpite de anticipación y su clítoris se hinche como una promesa de éxtasis. Y mi novio, Javier, de cincuenta y dos, con ese cuerpo atlético forjado en gimnasios y caminatas por la playa, es el hombre perfecto para desatar ese fuego que arde en mí.

Nos conocimos hace un año en una app de citas para mayores de cuarenta. No buscaba un príncipe azul; buscaba un amante que entendiera que el sexo no caduca con la edad. Javier apareció con su sonrisa pícara, sus ojos oscuros que me devoraban a través de la pantalla, y un mensaje directo: "A los cincuenta, el placer sabe mejor porque lo hemos esperado". Desde esa noche en que nos vimos por primera vez en un bar de tapas en Madrid, supe que él era el que me abriría las puertas de un mundo donde el orgasmo no es un susurro, sino un volcán en erupción.

Hoy es una de esas noches. El reloj marca las nueve, y yo estoy en nuestra casa, un ático con vistas a la sierra, donde el sol se pone como un beso ardiente. Me he duchado con agua caliente, dejando que resbale por mis pechos llenos, por mi vientre suave con esa ligera redondez que me hace sentir mujer de verdad. Me unto crema con aroma a vainilla en la piel, masajeando mis pezones hasta que se endurecen como guijarros rosados, recordándome lo sensibles que son. Bajo las manos, rozo mi monte de Venus, depilado con cuidado, y siento el calor húmedo entre mis muslos. "Joder, Elena, estás lista para él", me digo en el espejo, admirando mis caderas anchas, perfectas para cabalgarlo hasta el delirio.

Llevo un camisón negro de encaje, corto, que deja al descubierto mis piernas tonificadas por el yoga. No hay sujetador; mis tetas se mecen libres, los pezones asomando como invitaciones. Javier llega puntual, con una botella de vino tinto y esa mirada que me hace mojarme al instante. Me besa en la puerta, su lengua invadiendo mi boca con urgencia, sus manos apretando mi culo firme. "Te he estado pensando todo el día, amor. Tu coño me tiene loco", murmura contra mis labios, y yo río, bajito, excitada ya por sus palabras crudas. En el siglo XXI, no hay tabúes; hablamos de sexo como de cualquier otra delicia, y eso nos enciende más. 


Cenamos ligero: ensalada con queso de cabra, pan crujiente, y el vino que nos calienta la sangre. Nos sentamos en el sofá, yo con las piernas cruzadas, rozando su rodilla con la mía. Hablamos de todo: de nuestro día, de un artículo que leí sobre mujeres maduras reclamando su placer sexual, de cómo a los cincuenta el libido no disminuye, sino que se profundiza, se vuelve voraz. Sus dedos trazan círculos en mi muslo, subiendo poco a poco, y yo siento el pulso acelerarse en mi clítoris. "Ven aquí", le digo, tirando de su camisa. Nos besamos de nuevo, esta vez más lento, sus labios chupando mi lengua como si fuera mi sexo, y yo gimo suave, arqueando la espalda.

Lo empujo hacia el dormitorio, nuestra cama king size con sábanas de algodón egipcio que pronto se arrugarán bajo nuestros cuerpos sudorosos. Me quito el camisón de un tirón, quedando desnuda ante él. Mis pechos caen con gracia, los pezones erectos pidiendo atención. Javier se desveste rápido: su pecho velloso, su abdomen marcado, y esa polla que ya se yergue, gruesa y venosa, con la cabeza hinchada como una seta madura. "Dios, qué polla tan deliciosa tienes", susurro, arrodillándome frente a él. Pero él me detiene, sonriendo. "Esta noche, yo te sirvo primero, Elena. Quiero comerte ese coño maduro hasta que grites".

Me tumba en la cama boca arriba, abriéndome las piernas con gentileza pero firmeza. Sus ojos se clavan en mi sexo, expuesto, mis labios mayores hinchados de deseo, el clítoris asomando rosado y palpitante entre los pliegues. "Mírate, tan mojada para mí", dice, y pasa un dedo por mi raja, recogiendo mi humedad y llevándoselo a la boca. Gimo, el primer escalofrío recorriéndome. Se inclina, su aliento caliente sobre mi coño, y empieza con besos suaves en el interior de mis muslos, mordisqueando la piel sensible. "Javier... por favor...", suplico, pero él me hace esperar, torturándome con esa anticipación que hace que mi clítoris duela de necesidad.

Finalmente, su lengua toca mi clítoris. Un lametón plano, lento, que me hace jadear. "¡Sí! Lame mi clítoris, amor, chúpalo fuerte". Él obedece, rodeándolo con la punta de la lengua, succionándolo como si fuera un caramelo. Mis caderas se elevan, buscando más, y yo agarro las sábanas, mis pechos agitándose con cada respiración agitada. Pasa su lengua por mi coño entero, lamiendo mis pliegues húmedos, saboreando mi jugo salado. "Pasa tu lengua por mi coño, Javier, lame mis pliegues, ¡ah, joder, sí!". Él gime contra mi sexo, la vibración enviando ondas de placer a mi espina dorsal. Introduce la lengua en mi entrada, follándome con ella, mientras sus dedos abren mis labios para exponer cada centímetro.

No se detiene ahí. Sus manos suben a mis pechos, pellizcando mis pezones duros, tirando de ellos hasta que duele deliciosamente. "Tus tetas son perfectas, Elena, tan sensibles". Chupa un pezón mientras su boca sigue devorando mi coño, alternando entre succiones y lamidas rápidas. Siento el primer orgasmo construyéndose, un nudo apretado en mi vientre. "¡No pares! Lame mi clítoris más rápido, amor, hazme correrme en tu boca". Él acelera, su lengua un torbellino sobre mi botón, y exploto. Mi coño se contrae, chorros de placer saliendo de mí, mojando su barbilla. Grito, arqueándome, "¡Me corro! ¡Sí, joder, me corro en tu lengua!".

Pero Javier no ha terminado. Me voltea boca abajo, levantando mi culo alto, mis rodillas hincadas en el colchón. "Ahora, tu culo, preciosa". Abre mis nalgas con cuidado, exponiendo mi ano rosado, y pasa la lengua por ahí, un lametón húmedo que me hace temblar de sorpresa y deleite. "¡Oh, Dios, lame mi culo, métela adentro!". Su lengua presiona, entrando un poco, mientras un dedo roza mi clítoris desde abajo. Es sucio, es prohibido en el viejo mundo, pero en este siglo XXI, es puro éxtasis consensual. Gimo, frotándome contra su cara, mi coño goteando sobre las sábanas.

Me incorporo, jadeante, y lo empujo sobre la cama. "Mi turno de montarte". Es mi postura favorita, la vaquera, donde controlo el ritmo, donde siento su polla llenándome hasta el fondo. Me subo a horcajadas, mi coño chorreando sobre su verga erecta. La agarro, frotándola contra mis pliegues, untándola de mi humedad. "Mira cómo te mojo, Javier. Quiero tu polla dentro de mí". Me hundo despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estira, cómo roza ese punto G que me vuelve loca. "¡Ah! Qué polla tan gruesa, me abres el coño como nadie".

Empiezo a moverme, lento al principio, subiendo y bajando, mis tetas rebotando con cada embestida. Sus manos en mis caderas, guiándome, pero yo marco el paso. Acelero, cabalgándolo como una amazona, mi clítoris rozando su pubis con cada bajada. "¡Fóllame desde abajo, empuja! Lléname con tu polla". Él obedece, clavándose en mí, sus bolas golpeando mi culo. El placer es intenso, mis paredes vaginales apretándolo, ordeñándolo. Siento otro orgasmo acercándose, volcánico, como lava subiendo por mis venas.

"¡Más fuerte! Dame tu leche, Javier, córrete dentro de mi coño maduro". Él gruñe, sus caderas chocando contra las mías, y yo grito, "¡Lame mis pezones mientras me follas! Chúpalos, hazme correrme!". Se incorpora un poco, capturando un pezón en su boca, mordiendo suave, y eso me empuja al borde. Mi cuerpo se tensa, mi coño se aprieta alrededor de su polla como un puño, y exploto de nuevo. "¡Me corro! ¡Joder, sí, tu polla me hace estallar! ¡Dame tu leche, lléname ahora!". Él ruge, su semen caliente inundándome, chorro tras chorro, prolongando mi orgasmo en olas interminables. Siento cada pulso, cada gota mezclándose con mis jugos, y caigo sobre su pecho, temblando, sudorosa, satisfecha.

Pero no paramos. El sexo a los cincuenta es maratónico; tenemos resistencia, sabemos dosificar. Descansamos un rato, besándonos perezosos, sus dedos jugueteando con mi coño aún sensible, sacando un poco de nuestra mezcla y haciéndome probarla. "Sabes a sexo puro, Elena". Me excita de nuevo, y pronto estoy de rodillas, él detrás de mí en la postura del perrito. Su polla, aún dura, me penetra de nuevo, profunda, golpeando mi cervix con cada embestida. "¡Fóllame el coño así, amor! Abre mi culo con tus dedos mientras me das polla". Él lo hace, un dedo lubricado con mi humedad presionando mi ano, entrando y saliendo al ritmo de sus caderas.

Gimo alto, el placer doble: su verga follándome el coño, su dedo explorando mi culo. "¡Sí, mételo más! Lame mis pliegues cuando salgas, por favor". Se retira un momento, su lengua lamiendo mi coño empapado, saboreando su propia leche mezclada con la mía, y luego vuelve a follarme, más salvaje. Mis pezones rozan las sábanas, endureciéndose de fricción, y yo los pellizco yo misma, tirando hasta que duele. "¡Chupa mis pezones, Javier! Ven, fóllame de lado y chúpamelos". Cambiamos a la cucharita, él detrás, su polla deslizándose en mí mientras su boca captura un pezón, succionándolo con fuerza.

El ritmo es frenético ahora, sudor perlando nuestras pieles maduras. Siento el tercer orgasmo, más intenso, como un terremoto. "¡Pasa tu lengua por mi clítoris mientras me follas! No, espera... ¡solo dame polla, lléname otra vez!". Él acelera, sus bolas apretadas contra mí, y exploto gritando, "¡Lame mi clítoris después, pero ahora córrete! ¡Dame tu leche caliente en mi coño!". Su semen me inunda de nuevo, y yo me corro con él, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando, mojando sus muslos.

Nos derrumbamos, exhaustos, pero no satisfechos del todo. Me subo de nuevo a vaquera, esta vez inversa, mi culo frente a su cara. "Mira cómo rebota para ti". Bajo sobre su polla, que milagrosamente se endurece otra vez, y cabalgo lento, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Sus manos abren mis nalgas, su pulgar en mi ano, y su lengua alcanza a lamer mis pliegues desde atrás cuando me inclino. "¡Lame mis pliegues, Javier! Chupa mi coño mientras te monto". Es complicado, pero lo hace, su lengua rozando mi clítoris en cada movimiento, y yo acelero, mis tetas balanceándose libres.

El clímax final se acerca como una ola gigante. "¡Lame mi clítoris, amor! ¡Pasa tu lengua por mi coño mojado! ¡Fóllame más profundo!". Grito expresiones que nos excitan a ambos: "¡Lléname con tu leche! ¡Córrete en mi coño de cincuenta años, hazme tuya!". Él empuja desde abajo, y explotamos juntos, mi orgasmo volcánico sacudiéndome entera, su semen llenándome hasta desbordar. Caigo hacia adelante, riendo entre jadeos, su polla aún palpitando dentro de mí.

Después, nos acurrucamos, su cabeza en mis pechos, chupando perezoso un pezón mientras yo acaricio su cabello. "A los cincuenta, el sexo es esto: crudo, real, sin límites", le digo, y él asiente, besando mi piel. En este siglo XXI, donde las mujeres como yo reivindicamos nuestro placer, no hay vergüenza en desear, en gritar "lame mi clítoris" o "dame tu leche". Es empoderamiento puro, y lo vivo cada noche con él.

Horas después, el vino nos ha dado una segunda juventud. Me despierto con su boca en mi coño de nuevo, un despertar oral que me arranca un gemido somnoliento. "Javier... ¿otra vez? Eres insaciable". Él ríe contra mis pliegues, lamiéndolos con devoción. "Tu coño es mi adicción, Elena. Madura, jugosa, siempre lista". Me abre las piernas más, su lengua explorando cada rincón: el clítoris hinchado, los labios mayores e internos, incluso rozando mi perineo hasta el ano. "¡Lame mi culo otra vez! Mete la lengua, amor, hazme sentir sucia y deseada". Él lo hace, su saliva lubricando, y yo me corro rápido, un orgasmo matutino que me deja temblorosa.

Luego, en la ducha, bajo el chorro caliente, me pone contra la pared, levantando una pierna. Su polla entra en mí de pie, follándome con embestidas cortas y profundas. "¡Sí, fóllame así! En la postura del misionero de pie, dame polla dura". El agua resbala por nuestros cuerpos, mis pezones resbaladizos bajo sus dedos, y yo grito, "¡Chupa mis pezones! Lléname aquí mismo, córrete dentro". Su leche se mezcla con el agua, bajando por mis muslos, y mi orgasmo me hace aferrarme a él, mordiendo su hombro.

Por la tarde, en el sofá, probamos la vaquera de nuevo, pero con variaciones. Yo de espaldas, cabalgándolo lento, su mano en mi clítoris frotando círculos. "¡Pasa tus dedos por mi coño mientras te monto! Lame mis pliegues cuando baje". Él se incorpora, su lengua alcanzando mi sexo, y el placer es abrumador. Otro clímax, con palabras sucias: "¡Dame tu leche, Javier! Lléname hasta que chorree".

Noche de nuevo, en la cama, exploramos el 69. Su polla en mi boca, yo chupándola profunda, mientras su lengua devora mi coño. "Lame mi clítoris, amor, chúpalo mientras te mamo". Nos corremos mutuamente, mi garganta tragando su semen, su boca bebiendo mis jugos.

Cada postura –misionero, perrito, cucharita, vaquera– es un capítulo de placer. En misionero, sus ojos en los míos mientras me penetra lento, chupando mis pezones. "¡Fóllame profundo! Siente cómo mi coño te aprieta". En perrito, su mano en mi garganta suave, dominante pero consensual. "¡Abre mi culo y lame mientras me das polla!".

Al final del día, exhaustos, sé que esto es el sexo real del siglo XXI: explícito, sensual, ardiente, sin culpas. A los cincuenta, mi cuerpo es un templo de deseo, y Javier mi sacerdote devoto.


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