Me había levantado temprano aquella mañana de sábado, con el sol filtrándose por las persianas de la habitación que comparto con Hugo. Él aún dormía profundamente a mi lado, su respiración pausada y cálida contra mi cuello. Teníamos la casa llena de vida esos días: Mona, la hija mayor de Hugo de su matrimonio anterior, había invitado a su amiga Laura a pasar el fin de semana. Laura era una chica de veinte años, estudiante de diseño gráfico, con ese aire fresco y despreocupado que tienen las jóvenes de esta era tecnológica, siempre con el móvil en la mano y auriculares puestos. Era guapa, con el pelo largo y castaño que le caía en ondas suaves, ojos verdes expresivos y un cuerpo delgado pero curvilíneo, de esos que se notan bajo las camisetas ajustadas y los shorts cortos que usa en verano.
Yo, Sandra, tengo treinta y ocho años, estoy en esa etapa en la que el cuerpo ya no es el de una veinteañera, pero sé cómo cuidarme: gimnasio tres veces por semana, cremas hidratantes y una vida sexual activa con Hugo que me mantiene viva por dentro. Siempre he sido abierta con el sexo; en estos tiempos, nadie se escandaliza ya por explorar, por hablar de deseos sin tabúes. El poliamor, las apps de citas, el porno en streaming… todo forma parte de la normalidad. Y yo, que me considero bisexual desde hace años aunque nunca lo he explorado del todo con otra mujer, siento que la vida es demasiado corta para reprimir impulsos.Bajé a la cocina en bata corta, preparándome un café, cuando oí un ruido suave desde el piso de arriba, el cuarto de invitados donde dormía Laura. Mona había salido la noche anterior con amigos y no volvería hasta la tarde. Curiosa, subí las escaleras sin hacer ruido, pensando que quizás necesitaba algo. La puerta de su habitación estaba entreabierta, y lo que vi me dejó clavada en el sitio.Laura estaba tumbada en la cama, completamente desnuda, con las sábanas revueltas a sus pies. Tenía las piernas abiertas, una mano entre los muslos y la otra apretando uno de sus pechos pequeños y firmes. Sus ojos estaban cerrados, la cabeza echada hacia atrás, y gemía bajito, un sonido húmedo y rítmico que llenaba la habitación. Se estaba masturbando con una intensidad que me hizo tragar saliva. Sus dedos se movían rápido sobre su clítoris, hinchado y rosado, brillando con sus propios jugos. Era una escena tan cruda, tan íntima, que debería haberme retirado de inmediato. Pero no lo hice.En lugar de eso, sentí un calor inmediato entre mis piernas. Mi coño se humedeció al instante, como si mi cuerpo reconociera algo primal. Laura era preciosa en su abandono: su piel pálida sonrojada, los pezones endurecidos, el vientre plano subiendo y bajando con la respiración acelerada. Me quedé allí, apoyada en el marco de la puerta, observando cómo introducía dos dedos dentro de sí misma, arqueando la espalda. “Joder… sí…”, murmuró ella, sin saber que la estaba mirando.No pude contenerme. Di un paso dentro de la habitación, cerrando la puerta con suavidad detrás de mí. Laura abrió los ojos de golpe, sobresaltada, y se incorporó a medias, cubriéndose con la sábana.—Sandra… yo… lo siento, no sabía que… —balbuceó, roja como un tomate.Sonreí, acercándome despacio a la cama. Mi bata se abrió un poco, dejando ver que debajo no llevaba nada. Sentí mis pezones endurecerse contra la tela.—No te disculpes, cariño —le dije con voz ronca—. Es lo más natural del mundo. ¿Sabes? Me ha puesto cachonda verte así.Ella me miró, entre asustada y fascinada. Sus ojos bajaron a mis pechos, a mis piernas. Yo me senté en el borde de la cama, sin apartar la mirada.—¿Te gusta tocarte, Laura? —pregunte, quitándome la bata lentamente, quedándome desnuda frente a ella. Mi cuerpo maduro, con curvas más pronunciadas, mis tetas grandes y pesadas, mi coño depilado con una línea fina de vello.Ella asintió, mordiéndose el labio. La sábana cayó, revelando de nuevo su desnudez.—Nunca… nunca he estado con una mujer —confesó, la voz temblorosa.—Pues hoy vas a descubrir lo bien que se siente —respondí, acercándome más. Puse mi mano sobre su muslo, suave, cálido—. Déjame enseñarte. Quiero verte correrte de verdad.Laura no se apartó. Al contrario, abrió un poco más las piernas, invitándome. Me tumbé a su lado, mi cuerpo rozando el suyo. Empecé besándole el cuello, despacio, mientras mi mano bajaba por su vientre hasta llegar a su sexo. Estaba empapada, sus labios hinchados y calientes. Acaricié su clítoris con la yema del dedo, en círculos lentos, y ella soltó un gemido profundo.—Así, cielo… siente cómo te toco —susurré contra su oído—. Tu coño está ardiendo, ¿verdad? Tan mojada para mí…Ella se retorció bajo mi toque, sus caderas moviéndose solas. Introduje un dedo dentro de ella, luego dos, curvándolos para buscar ese punto que sé que vuelve locas a las mujeres. Laura jadeó, agarrándome del pelo.—Dios, Sandra… eso es… joder, qué bueno…La besé en la boca, nuestra primera vez, lengua contra lengua, saboreando su juventud, su nerviosismo dulce. Mientras, mis dedos la follaban con ritmo, cada vez más rápido. Ella estaba tan apretada, tan sensible… Sentía cómo sus paredes se contraían alrededor de mí.—Quiero que te corras en mi mano, Laura —le ordené, mordisqueando su lóbulo—. Quiero sentir cómo te deshaces.Subí mi otra mano a sus pechos, pellizcando sus pezones duros, tirando de ellos. Ella gritaba ya, sin control. Le separé más las piernas, colocándome entre ellas para verla mejor. Su coño era precioso: rosado, brillante, abierto para mí. Lamí mis dedos llenos de sus jugos y los volví a meter, más profundo, mientras con el pulgar frotaba su clítoris hinchado.—Sandra… voy a… oh, Dios… —gimió, arqueándose entera.—Dilo, cariño. Dime lo puta que te sientes ahora mismo —la provoqué, acelerando.—Soy tu puta… fóllame más fuerte… ¡quiero correrme en tu boca!Eso me encendió del todo. Bajé la cabeza entre sus muslos y lamí su clítoris con avidez, chupándolo, succionándolo mientras mis dedos la penetraban sin piedad. Laura gritó, sus manos apretándome la cabeza contra su coño, sus caderas empujando contra mi lengua.—¡Sí, sí, joder! ¡Me corro, me corro tan fuerte! ¡No pares, mamá, no pares!El “mamá” me sorprendió, pero me puso aún más cachonda. Era sucio, prohibido, perfecto. Su orgasmo llegó como una ola: su cuerpo se tensó, sus muslos temblaron alrededor de mi cara, y un chorro caliente salió de ella, empapándome la barbilla. Se corrió gritando, diciendo obscenidades que nunca imaginé que saldrían de esa boca tan dulce.—¡Soy tu zorra, Sandra! ¡Me has hecho correrme como nunca! ¡Otra vez, por favor!No la dejé descansar. La giré boca abajo, alzándole el culo. Su coño chorreaba, rojo e hinchado. Metí tres dedos de golpe, follándola con fuerza mientras con la otra mano me tocaba yo, mi clítoris palpitando de necesidad.—Ahora te voy a follar como mereces, pequeña guarra —le dije, dándole una nalgada que resonó en la habitación.Ella empujó hacia atrás, pidiéndome más.—¡Fóllame el culo también si quieres! ¡Quiero todo contigo!No llegué tan lejos esa primera vez, pero la idea me hizo correrme yo también, solo con mis dedos y viendo cómo ella volvía a tensarse. Nos corrimos juntas, gritando, sudando, mezclando nuestros jugos en las sábanas.Después, nos quedamos abrazadas, temblando. Laura me miró con ojos brillantes.—Nunca pensé que… que una mujer mayor podría hacerme sentir así —susurró.Sonreí, besándole la frente.—Y esto es solo el principio, cielo. Tenemos todo el fin de semana.

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