La idea de estar a merced de su voluntad, con mi polla palpitando bajo su control, hizo que mi coño —o mejor dicho, mi culo— se humedeciera de anticipación. Anoche, me entregué por completo, y lo que viví me llevó a orgasmos que sacudieron mi alma. Este relato explícito, sensual y ardiente, cargado de palabras guarras, os hará pajearos hasta correros sin parar.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X
Llegué a la mazmorra al anochecer, vestido con una camiseta ajustada y jeans, como ella ordenó, sin ropa interior, mi polla ya semierecta rozando la tela. La dominatrix, una mujer de unos 35 años con un corsé de cuero rojo que resaltaba sus tetas perfectas y botas altas, me recibió con una mirada que me hizo temblar.
La mazmorra era un paraíso oscuro: paredes de piedra, luces rojas tenues, una cruz de San Andrés, cuerdas de shibari, una cama con esposas y una silla de bondage. El aire olía a cuero, cera y poder. "Consentimiento es sagrado, perro. ‘Rojo’ para parar, ‘amarillo’ para pausar. ¿Listo para ser mío?", dijo, su voz firme. "Sí, ama, mi polla es tuya", respondí, guarro y sumiso. "Tu culo también", añadió, y mi cuerpo se estremeció.
Me ordenó desnudarme y arrodillarme. "Mira mi coño, pero no lo tocas hasta que lo ganes", dijo, levantando su falda de látex, mostrando un coño depilado que brillaba de humedad. Mi polla se endureció al instante. Me llevó a la cruz de San Andrés, atando mis muñecas y tobillos con cuerdas de yute. "Pide tu castigo, zorra", ordenó. "Castígame, ama, hazme tu puta", supliqué, mi voz temblando. Rozó una fusta por mi pecho, luego azotó mis muslos, un calor delicioso marcando mi piel. "Lame mi clítoris, pero primero sufre", dijo, guarra.
Los azotes aumentaron, mi polla palpitando con cada golpe. "Joder, castígame más, ama, quiero tu coño", gemí. Me desató y me puso de rodillas frente a ella. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño mojado", ordenó, sentándose en una silla, piernas abiertas. Lamí sus jugos, succionando su botón con devoción. "Chúpame más, perro, lame mi chochito hasta que me corra", gimió ella. Su orgasmo fue explosivo, squirteando en mi cara, y mi polla goteó precum de puro morbo.
"No mereces tocarte aún", dijo, atándome a la cama, muñecas y tobillos esposados. Cogió un plug anal pequeño y lo lubricó frente a mí. "Voy a follarte el culo, zorra", dijo, guarra. "Fóllame, ama, rómpeme el culo", supliqué. Metió el plug despacio, mi culo apretado cediendo. "Sí, toma mi juguete, puta, siente cómo te abro", dijo, moviéndolo dentro de mí.
La presión en mi próstata hizo que mi polla goteara más. "Joder, mi culo es tuyo, ama", gemí. Mientras movía el plug, frotó mi polla con una mano enguantada en látex. "Pídeme permiso para correrme, perro", ordenó. "Por favor, ama, déjame correrme", supliqué. "Aún no", dijo, acelerando hasta llevarme al borde, luego parando. El edging me hizo gemir de frustración, mi polla palpitando sin alivio.
Me llevó al escenario de la mazmorra, una plataforma con espejos. Me ató en un nudo shibari, cuerdas apretando mi pecho y rodeando mi polla y huevos, dejándome inmóvil. "Mira qué patético eres, con esa polla dura para mí", dijo, burlona. Cogió un vibrador de alta tecnología, un succionador de clítoris, y se sentó frente a mí. "Mira cómo me corro, pero tú no tocas", ordenó.
Encendió el vibrador, gimiendo: "Oh, joder, chupa mi clítoris, qué rico". Su coño goteaba, y ella se folló con el vibrador. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuró, guarra, corriéndose con un squirt que salpicó el suelo. "Pídeme permiso para pajearte, zorra", dijo. "Por favor, ama, déjame tocar mi polla", supliqué. "Tócate, pero no te corras", ordenó. Me pajeé, desesperado, mientras ella me miraba, su coño aún palpitando. "Para", dijo justo antes de mi orgasmo, y obedecí, temblando.
El clímax llegó en una última escena. Me desató y me puso de rodillas. "Chúpame el coño otra vez, perro, gánate mi permiso", ordenó. Lamí su clítoris, metiendo la lengua en su agujero resbaladizo. "Lame mi clítoris, chúpame toda, cabrón", gimió, guarra. Mientras la lamía, me permitió pajearme, pero bajo su control. "Pajea esa polla patética, pero no te corras sin mi orden", dijo.
Un segundo hombre, invitado por ella para añadir morbo, se acercó con condón. "Fóllame el culo mientras chupas mi coño", ordenó ella. El hombre lubricó mi culo y me penetró despacio, su polla golpeando mi próstata. "Fóllame duro, lléname, cabrón", gemí, guarro, entre lamidas. Ella se corrió en mi boca, squirteando, y me dio permiso: "Córrete, perro". Mi orgasmo fue brutal, mi polla disparando semen mientras mi culo se contraía alrededor de la polla del hombre, que gruñó, corriéndose.
Salí de la mazmorra al amanecer, mi piel marcada por las cuerdas, mi cuerpo agotado pero vivo. En este mundo de libertad sexual, la sumisión masculina es un arte donde me entrego y gozo. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, de rodillas ante una ama, suplicando su placer.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X
Comentarios
Publicar un comentario