Ir al contenido principal

Relato erótico: Rendición total en una sesión de sumisión masculina en Barcelona


Soy Marcos, tengo 32 años, y mi cuerpo anhela la dulce rendición del deseo, donde el placer nace de la entrega absoluta. En el siglo XXI, la libertad sexual me permite explorar mi sumisión sin vergüenza, y ser dominado por una mujer poderosa es mi fantasía más ardiente. Hace unos días, contacté a una dominatrix a través de una plataforma BDSM para una sesión privada en una mazmorra secreta del Raval, Barcelona. 

La idea de estar a merced de su voluntad, con mi polla palpitando bajo su control, hizo que mi coño —o mejor dicho, mi culo— se humedeciera de anticipación. Anoche, me entregué por completo, y lo que viví me llevó a orgasmos que sacudieron mi alma. Este relato explícito, sensual y ardiente, cargado de palabras guarras, os hará pajearos hasta correros sin parar.


Llegué a la mazmorra al anochecer, vestido con una camiseta ajustada y jeans, como ella ordenó, sin ropa interior, mi polla ya semierecta rozando la tela. La dominatrix, una mujer de unos 35 años con un corsé de cuero rojo que resaltaba sus tetas perfectas y botas altas, me recibió con una mirada que me hizo temblar. 

La mazmorra era un paraíso oscuro: paredes de piedra, luces rojas tenues, una cruz de San Andrés, cuerdas de shibari, una cama con esposas y una silla de bondage. El aire olía a cuero, cera y poder. "Consentimiento es sagrado, perro. ‘Rojo’ para parar, ‘amarillo’ para pausar. ¿Listo para ser mío?", dijo, su voz firme. "Sí, ama, mi polla es tuya", respondí, guarro y sumiso. "Tu culo también", añadió, y mi cuerpo se estremeció.

Me ordenó desnudarme y arrodillarme. "Mira mi coño, pero no lo tocas hasta que lo ganes", dijo, levantando su falda de látex, mostrando un coño depilado que brillaba de humedad. Mi polla se endureció al instante. Me llevó a la cruz de San Andrés, atando mis muñecas y tobillos con cuerdas de yute. "Pide tu castigo, zorra", ordenó. "Castígame, ama, hazme tu puta", supliqué, mi voz temblando. Rozó una fusta por mi pecho, luego azotó mis muslos, un calor delicioso marcando mi piel. "Lame mi clítoris, pero primero sufre", dijo, guarra. 

Los azotes aumentaron, mi polla palpitando con cada golpe. "Joder, castígame más, ama, quiero tu coño", gemí. Me desató y me puso de rodillas frente a ella. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño mojado", ordenó, sentándose en una silla, piernas abiertas. Lamí sus jugos, succionando su botón con devoción. "Chúpame más, perro, lame mi chochito hasta que me corra", gimió ella. Su orgasmo fue explosivo, squirteando en mi cara, y mi polla goteó precum de puro morbo.

"No mereces tocarte aún", dijo, atándome a la cama, muñecas y tobillos esposados. Cogió un plug anal pequeño y lo lubricó frente a mí. "Voy a follarte el culo, zorra", dijo, guarra. "Fóllame, ama, rómpeme el culo", supliqué. Metió el plug despacio, mi culo apretado cediendo. "Sí, toma mi juguete, puta, siente cómo te abro", dijo, moviéndolo dentro de mí. 

La presión en mi próstata hizo que mi polla goteara más. "Joder, mi culo es tuyo, ama", gemí. Mientras movía el plug, frotó mi polla con una mano enguantada en látex. "Pídeme permiso para correrme, perro", ordenó. "Por favor, ama, déjame correrme", supliqué. "Aún no", dijo, acelerando hasta llevarme al borde, luego parando. El edging me hizo gemir de frustración, mi polla palpitando sin alivio.

Me llevó al escenario de la mazmorra, una plataforma con espejos. Me ató en un nudo shibari, cuerdas apretando mi pecho y rodeando mi polla y huevos, dejándome inmóvil. "Mira qué patético eres, con esa polla dura para mí", dijo, burlona. Cogió un vibrador de alta tecnología, un succionador de clítoris, y se sentó frente a mí. "Mira cómo me corro, pero tú no tocas", ordenó. 

Encendió el vibrador, gimiendo: "Oh, joder, chupa mi clítoris, qué rico". Su coño goteaba, y ella se folló con el vibrador. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuró, guarra, corriéndose con un squirt que salpicó el suelo. "Pídeme permiso para pajearte, zorra", dijo. "Por favor, ama, déjame tocar mi polla", supliqué. "Tócate, pero no te corras", ordenó. Me pajeé, desesperado, mientras ella me miraba, su coño aún palpitando. "Para", dijo justo antes de mi orgasmo, y obedecí, temblando.

El clímax llegó en una última escena. Me desató y me puso de rodillas. "Chúpame el coño otra vez, perro, gánate mi permiso", ordenó. Lamí su clítoris, metiendo la lengua en su agujero resbaladizo. "Lame mi clítoris, chúpame toda, cabrón", gimió, guarra. Mientras la lamía, me permitió pajearme, pero bajo su control. "Pajea esa polla patética, pero no te corras sin mi orden", dijo. 

Un segundo hombre, invitado por ella para añadir morbo, se acercó con condón. "Fóllame el culo mientras chupas mi coño", ordenó ella. El hombre lubricó mi culo y me penetró despacio, su polla golpeando mi próstata. "Fóllame duro, lléname, cabrón", gemí, guarro, entre lamidas. Ella se corrió en mi boca, squirteando, y me dio permiso: "Córrete, perro". Mi orgasmo fue brutal, mi polla disparando semen mientras mi culo se contraía alrededor de la polla del hombre, que gruñó, corriéndose.

Salí de la mazmorra al amanecer, mi piel marcada por las cuerdas, mi cuerpo agotado pero vivo. En este mundo de libertad sexual, la sumisión masculina es un arte donde me entrego y gozo. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, de rodillas ante una ama, suplicando su placer.


por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

Comentarios

Entradas populares de este blog

Esperanza mujer de setenta y cinco años se siente aun viva

  "Yon era un hombre de 40 años, soltero, vivía en una habitación alquilada en casa de Esperanza, una señora de 75 años, viuda, hacia ya 10 años. Un tarde vio que la habitación de esperanza estaba abierta y ella se estaba acariciando su cuerpo, parado en la puerta contemplando esa escena entro en la habitación y...." Yon, vivía en casa de esperanza, una viuda de 75 años. le había alquilado una habitación hasta que le entregaran su apartamento. Una tarde Yon vio la puerta del dormitorio de Esperanza entre abierta y lo que veía le sorprendió, Esperanza estaba tocando desnuda en la cama y se masturbaba. Después de estar observando un rato entró en la habitación de Esperanza, sintió una mezcla de curiosidad y morbo. Esperanza, a sus 75 años, no solo era una mujer con una rica historia de vida, sino que también poseía una chispa de vitalidad que desafiaba su edad. Yon se tumbó en la cama al lado de ella y poniendo su brazo alrededor de su cabeza comenzó a lamerle sus tetas, comerl...

Marisa, una chica curvi y sus fantasías cumplidas

"Marisa, una chica curvi, con el pelo largo castaño y unos senos voluminosos, cuenta sus fantasías que cumple a medida que se le presenta la ocasión, es una chica muy ardiente y fácil de llegar al orgasmo." Marisa es una chica de espíritu libre y personalidad vibrante. Su cabello de color castaño y largo cae en suaves ondas sobre sus hombros, lo que resalta su figura curvilínea. A menudo se siente segura de sí misma y disfruta de la atención que recibe. Tiene una sonrisa contagiosa que ilumina cualquier habitación y una risa que hace que todos a su alrededor se sientan cómodos. En cuanto a sus pensamientos, Marisa es bastante abierta sobre sus deseos y fantasías. Le encanta explorar su sensualidad y no teme compartir lo que le excita. Sueña con encuentros apasionados, donde la conexión emocional es tan intensa como la atracción física. A menudo imagina situaciones en las que puede dejarse llevar, como una escapada romántica a la playa bajo la luna o una noche de baile en un c...

Clara y Teresa van al Club Swinger el paraiso

"Nos trasladamos ahora al fin de semana. Las dos mujeres quedan con los dos hombres del cumpleaños en el club Swinger el paraíso Se sentían vivas a pesar de sus 75 y 78 años. Tenían el morbo de que otros dos hombres jóvenes con esposas jóvenes las llevarán al orgasmo en presencia de sus mujeres" Las luces del club Swinger "El Paraíso" brillaban con un resplandor suave y seductor, creando un ambiente cargado de expectativa y deseo. Clara y Teresa, a pesar de sus 75 y 78 años, se sentían más vivas que nunca. La emoción de la noche las envolvía, y la idea de experimentar algo nuevo las llenaba de adrenalina. Al entrar en el club, sus miradas se encontraron con una multitud de parejas disfrutando de la libertad y la sensualidad que ofrecía el lugar. Las risas, susurros y los sonidos de la música envolvían el ambiente, creando una atmósfera electrizante. Clara se sentía rejuvenecida; el morbo de estar rodeada de cuerpos jóvenes y deseosos despertaba algo en su interior q...