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Relato erótico: Prestado por mama


Me llamo Laura, tengo 23 años y vivo con mi madre en un piso amplio del centro de Madrid. Ella se llama Marta, tiene 40 y es la mujer más libre y desinhibida que conozco. Me tuvo con 17, cuando aún era una cría rebelde que se fugaba de casa para follar con quien le apeteciera. Nunca supo quién era mi padre —o no quiso saberlo— y criarme sola le salió redondo: somos más amigas que madre e hija. Hablamos de todo, absolutamente de todo. De tíos, de sexo, de lo bien que nos sienta corrernos hasta perder el sentido.


Marta siempre ha sido así: abierta, sexual, sin filtros. Se viste con escotes profundos y faldas que apenas cubren el culo, y cuando sale de fiesta vuelve oliendo a sexo y a perfume caro. Hace unos meses empezó a salir con Javier. Treinta y cinco años, alto, moreno, con manos grandes y una polla que —según ella— la vuelve loca. Me lo contó todo la primera noche: cómo la empotró contra la pared del baño del bar, cómo le comió el coño hasta hacerla gritar, cómo la llenó de leche caliente. Yo me mojé solo de escucharla.

Una tarde, mientras nos tomábamos un vino en la cocina, me miró con esa sonrisa traviesa que pone cuando está cachonda perdida.

—Laura, cielo… ¿Quieres probar a Javi?

Yo casi escupo el vino.

—¿Qué?

—Que sí, que me pone a mil prestártelo. Me excita imaginaros follando. Me corro solo de pensarlo.

Se me quedó la boca abierta. Pero no dije que no. Porque también me excitaba. Porque Javier es puro fuego y porque sabía que a ella le iba a encantar mirar.

La primera vez fue un viernes por la noche. Marta había quedado con unas amigas para cenar y “dejaros solos”. Javier llegó con una botella de Rioja y esa mirada que te desnuda antes de tocarte. Cenamos en el salón, hablando de tonterías, pero el aire estaba cargado. Cuando se acercó a besarme, sentí cómo mi coño se abría solo, empapándose.

Nos fuimos a mi habitación. Cerré la puerta, pero no del todo. Dejé una rendija pequeña, apenas un dedo. Sabía que ella estaría ahí. Marta.

Javier me quitó la camiseta despacio, besándome el cuello, bajando hasta los pezones. Los chupó fuerte, los mordió, y yo gemía bajito, agarrándole el pelo. Me bajó los shorts y se arrodilló. Me abrió las abrió de piernas y hundió la cara entre ellas.

—Joder, qué coño más bonito tienes —gruñó contra mis labios hinchados.

Empezó a lamerme despacio, saboreándome, pasando la lengua plana por toda la raja. Subía hasta el clítoris, lo rodeaba, lo succionaba suave y luego fuerte. Yo me retorcía, le empujaba la cabeza más adentro.

—Lame mi clítoris… así, no pares… méteme la lengua dentro…

Él obedecía, follándome con la lengua, chupando mis jugos como si estuviera muerto de sed. Yo miraba de reojo la puerta. Y ahí estaba ella. Marta, en bata corta, con una mano dentro de las bragas, mordiéndose el labio inferior mientras se tocaba viendo cómo su novio me comía el coño a su hija.

Eso me puso más cachonda aún. Saber que nos miraba, que se estaba corriendo viéndonos.

Javier se levantó, se quitó los pantalones y sacó su polla. Gruesa, venosa, con la punta brillando de precum. Me la metió en la boca sin pedir permiso. Yo la mamé con ganas, tragándola hasta la garganta, saboreando lo salado, mirándolo a los ojos mientras él me follaba la boca.

—Así, trágatela toda, guarra… qué boca tan rica tienes…

Me puso a cuatro patas en la cama, de cara a la puerta. Me abrió el culo y me lamió desde el clítoris hasta el ano, lento, torturándome. Yo gemía alto, sin control.

—Métemela ya, por favor… quiero tu polla dentro…

Y me la clavó de un solo empujón. Hasta el fondo. Grité. Me follaba fuerte, agarrándome las caderas, chocando sus huevos contra mi clítoris cada vez que entraba. Yo miraba la rendija y veía los ojos de mi madre, brillantes, la mano moviéndose rápido entre sus piernas, el pecho subiendo y bajando.

—Más fuerte, Javi… rómpeme el coño… dame caña…

Él me dio la vuelta, me abrió de piernas y volvió a entrar. Me miraba a los ojos mientras me follaba, sudoroso, jadeando.

—Te voy a llenar, Laura… te voy a dar toda mi leche…

Y yo, perdida:

—Dámela, dame toda tu leche dentro… lléname el coño… córrete dentro de mí…

Se corrió con un rugido, clavándoseme hasta el fondo, palpitando, inundándome. Yo me corrí también, apretándole la polla con el coño, temblando entera, gritando su nombre mientras veía cómo Marta se mordía la mano para no gritar ella también al correrse.

Después de esa noche, se convirtió en rutina. Cada vez que Marta “salía”, Javier venía a follarme. Y ella siempre miraba. A veces se quedaba hasta el final, tocándose en silencio. Otras se iba a su habitación y se corría tres veces pensando en lo que había visto.

Una vez, después de corrernos los dos como animales, Javier salió un momento al baño. Yo me quedé desnuda en la cama, con su leche chorreándome por los muslos. La puerta se abrió del todo y entró Marta. Se acercó, se arrodilló entre mis piernas y empezó a lamerme el coño lleno de semen.

—Déjame probaros a los dos… joder, qué rico…

Me comió el coño y el semen de su novio hasta hacerme correrme otra vez en la boca. Yo le agarraba el pelo, le empujaba la cara contra mi coño, gritaba:

—Mamá… sí… lame mi coño… chúpame toda la leche…

Ella gemía, se metía dedos mientras me lamía los pliegues, me succionaba el clítoris hinchado hasta que exploté otra vez.

Después de eso, ya no hubo puertas. Las tres follábamos juntos. Javier me follaba mientras yo le comía el coño a mi madre. O ella se sentaba en mi cara mientras él la empotraba. O nos poníamos las dos a cuatro patas y él iba alternando, metiéndonos la polla a una y luego a la otra, hasta que las dos gritábamos pidiéndole que nos llenara.

Una noche, después de corrernos los tres a la vez —yo encima de su polla, Marta sentada en su cara—, ella me susurró al oído, jadeando:

—Gracias por dejarme compartirlo, mi niña… me pone tan cachonda verte follar…

Y yo, aún temblando del orgasmo, le contesté:

—Y a mí que nos mires, mamá… me corro más fuerte sabiendo que te excitas viéndonos…

Porque sí. Porque en esta casa no hay tabúes. Solo placer. Solo deseo puro y duro. Y la mujer que me parió con 17 años ahora se corre viéndome follar con su novio… y yo me corro más que nunca sabiendo que ella está ahí, tocándose, deseando ser yo o ser él o ser los dos a la vez.

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