Soy Diana, tengo 30 años, y mi cuerpo es un arma de control, un templo donde la lujuria y el poder se entrelazan. En el siglo XXI, la libertad sexual me permite ser la reina de mis deseos, y la dominación femenina es mi trono. Como dominatrix, disfruto doblegando voluntades, haciendo que los hombres se rindan a mi coño y mis órdenes. Hace unos días, un sumiso contactó conmigo a través de una app de BDSM para una sesión privada en un loft del Eixample, Barcelona, equipado como mazmorra. La idea de atarlo, azotarlo y follarlo hasta que suplique me puso el coño empapado al instante. Anoche, lo hice mío, y lo que viví me llevó a orgasmos que me hicieron temblar. Este relato explícito, sensual y ardiente, cargado de palabras guarras, os hará pajearos hasta correros sin control.
Llegué al loft con un corsé de cuero negro que apretaba mis tetas, dejando mis pezones duros a la vista, y una falda de látex sin bragas, mi coño depilado palpitando bajo la tela. Llevaba botas altas y un látigo en la mano, lista para mandar. El sumiso, un hombre de unos 35, atractivo, con cuerpo atlético, me esperaba de rodillas, desnudo, su polla semierecta. El loft era perfecto: paredes oscuras, una cruz de San Andrés, cuerdas de shibari, una cama con esposas y una mesa de bondage. El aire olía a cuero y anticipación. "Consentimiento es la ley, perro. 'Rojo' para parar, 'amarillo' para pausar. ¿Entendido?", dije, mi voz firme. "Sí, ama", respondió, con ojos bajos. "Mi coño ya está mojado por hacerte mío", le dije, guarra, y vi su polla endurecerse.
Lo llevé a la cruz de San Andrés, atando sus muñecas y tobillos con cuerdas de yute. "Mira mi coño, perro, pero no lo tocas hasta que lo ganes", dije, abriendo las piernas frente a él, dejando que viera mis labios hinchados brillando. Empecé con un látigo suave, rozando su pecho. "Pide que te castigue, zorra", ordené. "Castígame, ama, hazme tuyo", suplicó. Azoté sus muslos, un calor rojo marcando su piel. "Lame mi clítoris, pero primero sufre", le dije, guarra. Aumenté la intensidad de los azotes, su polla dura palpitando con cada golpe. "Joder, qué polla tan patética, no merece mi coño aún", me burlé. Él gemía, rogando. Lo desaté y lo puse de rodillas. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño mojado", ordené, sentándome en un trono acolchado, piernas abiertas. Su lengua lamió mis jugos, succionando mi botón con devoción. "Chúpame más, perro, lame mi chochito hasta que me corra", gemí, guarra, agarrando su pelo. El morbo de dominarlo me encendió; me corrí gritando, squirteando en su cara, mi coño convulsionándose.
"Quiero follarte, pero tú no mandas", le dije. Lo até a la cama, muñecas y tobillos esposados, su polla dura expuesta. Cogí un strap-on de silicona negra, lubricándolo frente a él. "Voy a follarte el culo, zorra, prepárate", dije, guarra. Apliqué lubricante en su ano, metiendo un dedo para abrirlo. "Pídeme que te folle, perro", ordené. "Fóllame, ama, rómpeme el culo", suplicó. Ajusté el strap-on y lo penetré despacio, su culo apretado cediendo. "Sí, toma mi polla, puta, siente cómo te abro", gemí, acelerando. Mientras lo follaba, froté mi clítoris con una mano. "Joder, mi coño está chorreando por romperte", dije. Él gemía, su polla goteando precum. "Lléname, ama, hazme tuyo", rogó. Me corrí de nuevo, squirteando en su cuerpo, el strap-on aún en su culo.
Quería más control, así que lo llevé al escenario del loft, una plataforma con espejos. Lo até en un nudo shibari, cuerdas apretando su pecho y polla, dejándolo inmóvil. "Mirad a mi perro, cómo sufre por mi coño", dije, imaginando un público voyeur. Cogí un vibrador de alta tecnología, un succionador de clítoris, y me senté frente a él. "Mira cómo me corro, pero no tocas", ordené. Encendí el vibrador, el succionador atacando mi clítoris hinchado. "Oh, joder, chupa mi clítoris, qué rico", gemí, guarra, follándome con el penetrador del vibrador. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuré, acelerando. Él gemía, su polla palpitando contra las cuerdas. "Pídeme permiso para pajearte, zorra", dije. "Por favor, ama, déjame tocarme", suplicó. "Tócate, pero no te corras sin mi orden", respondí. Se pajeó, desesperado, mientras yo me corría, squirteando frente a él, mi coño convulsionándose.
El clímax llegó en una última escena. Lo desaté y lo puse de rodillas. "Chúpame el coño otra vez, perro, gánate mi leche", ordené. Su lengua lamió mi clítoris, metiéndose en mi agujero resbaladizo. "Lame mi clítoris, chúpame toda, cabrón", gemí, guarra. Mientras me lamía, me follé con el vibrador, el succionador en mi clítoris, el penetrador en mi coño. "Fóllame con tu lengua, hazme squirtear", grité. Un hombre que observaba, invitado por mí para añadir morbo, se acercó con condón. "Fóllame mientras me lame, lléname", le dije. Me penetró por detrás, su polla golpeando mi punto G. "Sí, rómpeme el coño, lléname con tu leche", gemí, aunque el condón lo contenía. El orgasmo fue brutal, squirteando en la cara del sumiso mientras el otro se corría, gruñiendo. Permití al sumiso correrse, su semen salpicando el suelo mientras gemía mi nombre.
Salí del loft al amanecer, mi piel brillando de sudor, mi coño satisfecho pero listo para más. En este mundo de libertad sexual, la dominación femenina es un arte donde mando y gozo. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, de rodillas ante mí, suplicando mi placer.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario