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Relato erótico: Pasión y sexo en la tierra de los faraones


Cuando llegué al aeropuerto de El Cairo por segunda vez, sola, el calor húmedo del Nilo me golpeó como una caricia prohibida. Llevaba un vestido ligero de lino blanco que se me pegaba al cuerpo nada más bajar del avión, y ya sentía los pezones endurecidos contra la tela. No venía a ver pirámides. Venía a que Amir me abriera en canal.

Él estaba esperándome en la puerta de llegadas, exactamente igual que el año anterior: camisa blanca arremangada, piel morena brillando bajo las luces, esa sonrisa que prometía pecado. Cuando me vio, sus ojos bajaron un segundo a mis tetas y volvieron a subir. No hizo falta decir nada. Me cogió la maleta con una mano y con la otra me rozó la cintura, apenas un roce, pero suficiente para que se me mojara el tanga al instante.
—¿Sólo tres noches, Ruth? —preguntó con esa voz grave que me había perseguido durante meses en mis masturbaciones nocturnas.
—Tres noches intensas —contesté, y le lamí el lóbulo de la oreja disimuladamente mientras pasábamos la aduana.
En el taxi hacia el hotel del centro ya no pudimos aguantar. Nos sentamos atrás, él puso su mano en mi muslo y fue subiendo despacio hasta meter los dedos bajo el vestido. Yo abrí las piernas sin vergüenza. Estaba empapada. Metió dos dedos dentro de mí de golpe y yo solté un gemido que el taxista fingió no oír.—Joder, Amir… ya estoy chorreando.—Tranquila, habibi. Esta noche vas a gritar tanto que te van a oír en Luxor.
Llegamos al hotel Mena House, el mismo donde estuvimos con el grupo el año anterior. Esta vez había reservado la suite con vistas a las pirámides. Nada más cerrar la puerta me empujó contra la pared, me levantó el vestido hasta la cintura y me arrancó el tanga de un tirón. Se arrodilló y me comió el coño como si llevara un año hambriento. Su lengua era rápida, experta, entraba y salía, chupaba mi clítoris hinchado mientras me metía tres dedos curvados buscando el punto G. Yo me agarré a su pelo negro y corto y empujé mi pelvis contra su cara.
—Cómeme más fuerte, hostia… sí, así… me voy a correr en tu boca…
Y me corrí. Un orgasmo brutal que me dejó temblando, chorros de flujo caliente que él lamió todo sin desperdiciar una gota.


Después me llevó en brazos a la cama king size. Me desnudó despacio, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo. Cuando llegó a mis tetas se detuvo, las sopesó, las amasó, mordió los pezones hasta que dolieron de placer.
—Estas tetas españolas me vuelven loco desde el primer día —dijo antes de meterse una entera en la boca.
Yo ya no podía más. Le bajé los pantalones y saqué su polla. Dios. Era aún más gruesa de lo que recordaba: venosa, oscura, la cabeza brillante de precum. Me la metí hasta la garganta de una vez, tragando saliva, sintiendo cómo palpitaba contra mi campanilla. Él gruñó y me folló la boca despacio, sujetándome el pelo.
—Buena chica… trágatela toda… así…Cuando vio que ya no podía respirar me sacó, me puso a cuatro patas mirando las pirámides iluminadas y me penetró de un solo empujón. Fue bestial. Sentí cómo me abría, cómo llegaba hasta el fondo, cómo sus huevos me golpeaban el clítoris con cada embestida. Me agarró de las caderas y empezó a bombear fuerte, rápido, sin piedad.
—Dime lo que eres, Ruth.—Soy tu puta española… fóllame más fuerte… rómpeme el coño…
Me dio una nalgada que resonó en toda la habitación y aceleró. Yo ya estaba otra vez al borde.
—Voy a correrme dentro… quiero llenarte…—¡Sí, córrete dentro! ¡Lléname de leche caliente, joder!
Y lo hizo. Sentí cada chorro golpeando mis paredes, caliente, abundante. Yo exploté al mismo tiempo, gritando su nombre, el coño apretándole la polla como queriendo ordeñarlo.Nos quedamos así un rato, él encima de mí, todavía dentro, besándome el cuello. Pero eso fue sólo el principio.
La segunda ronda fue en la ducha de mármol. Me enjabonó entero el cuerpo, prestando especial atención a mis tetas y a mi culo. Yo le devolví el favor, masturbándole esa polla que parecía no cansarse nunca. Me puso contra los azulejos, me levantó una pierna y me folló de lado mientras el agua caía por nuestras espaldas. Esta vez fue más lento, más profundo, mirándonos a los ojos.
—Te he soñado todas las noches desde el año pasado —me dijo mientras me clavaba hasta el fondo.—Y yo me he tocado pensando en tu polla morena abriéndome en dos.
Eso le volvió loco. Me sacó, me puso de rodillas y me folló la boca hasta que se corrió otra vez, esta vez en mi lengua. Tragué todo, mirándole a los ojos, sintiéndome la mujer más guarra y más feliz del mundo.
Al día siguiente nos despertamos tarde. Desayunamos en la terraza desnudos, con las pirámides al fondo. Yo no podía dejar de tocarle. Le hice una mamada debajo de la mesa mientras él intentaba tomar su café. Después me sentó encima de él, de espaldas, y me folló mirando a Keops. Cada vez que me bajaba sentía su polla rozarme el punto G y me corría en pequeños espasmos continuos.
Por la tarde fuimos a su piso en Zamalek, un apartamento pequeño pero con una cama enorme. Allí me ató las muñecas con su corbata y me hizo correrme tres veces sólo con la boca y los dedos antes de penetrarme. Me puso boca arriba, piernas abiertas al máximo, y me folló misionero mirándome a los ojos mientras me decía guarradas en árabe que no entendía pero que me ponían a cien.
La última noche fue la más salvaje. Me llevó a un club privado en el centro donde sabía que no preguntarían. Bailamos pegados, sus manos dentro de mi vestido, mis dedos rozando su erección constante. En un reservado oscuro me bajó las bragas y me folló de pie, contra la pared, con la música retumbando. Me tapó la boca con la mano porque gemía demasiado alto.
Después volvimos al hotel y no dormimos. Me folló en todas las posturas imaginables: de cucharita mientras me metía dedos en el culo, encima de él cabalgándole como una posesa, de lado con una pierna en su hombro… Se corrió cuatro veces esa noche: una en mi coño, otra en mis tetas, otra en mi boca y la última dentro otra vez porque yo le supliqué que me dejara preñada de recuerdo (aunque tomo pastillas, claro).
Cuando me dejó en el aeropuerto al amanecer, me dolía todo el cuerpo de tanto follar, tenía los labios hinchados de besos y mordiscos, el coño palpitante y lleno de él. Nos despedimos con un beso largo, su mano apretándome el culo por última vez.
—Vuelve cuando quieras, Ruth. Este coño ya tiene dueño en El Cairo.
Sonreí, sabiendo que volvería. Porque tres días no fueron suficientes. Y porque mi marido, cuando le cuente todo esto con pelos y señales mientras me folla en casa, se va a correr como nunca.

por:© Mary Love

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