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Relato erótico: Nuestra unión poliamorosa expandida


Me llamo Elena Vargas, la neurocientífica noética de 38 años que ha convertido el orgasmo en un arte eterno en mi laboratorio de Barcelona. Desde que Alex y yo desbloqueamos el secreto del clímax prolongado —ese pico neuronal donde el mundo corpóreo se evapora en un vacío luminoso, similar a una experiencia cercana a la muerte pero saturado de placer ardiente—, y Sofia se unió a nosotros en una tríada poliamorosa de éxtasis compartido, nuestra vida se ha convertido en una sinfonía de cuerpos y mentes entrelazadas. En el siglo XXI, el poliamor no es un escándalo; es una elección madura, basada en consentimiento inquebrantable, comunicación radical y el respeto a la diversidad sexual. Amamos sin posesión, follamos sin límites, y cada descubrimiento noético amplifica nuestro gozo colectivo. Pero el universo del placer siempre pide más, y así llegó Marco, el cuarto pilar de nuestra cuádruple poliamorosa, expandiendo nuestro amor a dimensiones cósmicas.

Marco tenía 40 años, un terapeuta somático con raíces italianas, piel bronceada por soles mediterráneos, músculos definidos de yoga y senderismo, y una polla curva y gruesa que prometía ángulos imposibles de placer. Lo conocimos en una conferencia sobre biohacking erótico en Madrid, en marzo de 2025, donde presenté nuestros avances en orgasmos sostenibles. Él estaba en la audiencia, sus ojos azules fijos en mí mientras describía cómo las ondas theta permiten alargar el éxtasis a voluntad, fusionando mentes en un noético grupal. Después de la charla, se acercó con una sonrisa depredadora. "Tu ciencia es poesía del cuerpo", dijo, su acento ronco enviando un escalofrío por mi espina dorsal. Sofia, siempre intuitiva, lo escaneó con una mirada; Alex, protector pero abierto, extendió la mano. Hablamos hasta la medianoche en un bar de tapas: vulnerabilidades compartidas, límites expuestos, deseos confesados. "Quiero ser parte de esto", admitió Marco, "no como trofeo, sino como igual. Amor multiplicado, placer en red".

Regresamos a Barcelona como embajadores de la curiosidad. En nuestro ático con balcón al Eixample, celebramos la cuádruple con un ritual de iniciación. Desnudos bajo velas de cera de abeja que goteaban sombras danzantes, nos sentamos en círculo sobre cojines de seda. Yo empecé, besando a Sofia con lentitud felina, mis labios capturando los suyos mientras mis manos exploraban sus pechos pequeños, pellizcando pezones hasta que gimió en mi boca. Alex se unió a Marco, sus lenguas entrelazándose en un beso masculino cargado de testosterona, pollas endureciéndose mutuamente con roces casuales. "Siente cómo crece", murmuró Alex, su mano envolviendo la verga de Marco, bombeando con ritmo experto. Sofia y yo observábamos, excitadas, mis jugos ya empapando mis muslos internos. 

El consentimiento fluía como vino: "¿Estás cómodo? ¿Quieres pausar?". Siempre sí. Me tumbé en el centro, piernas abiertas en ofrenda, mi coño depilado reluciente bajo la luz ámbar. Sofia descendió primero, su lengua trazando mis pliegues mayores, lamiendo con devoción. "Pasa tu lengua por mi coño, amor... lame mis pliegues hasta que me tiemblen las rodillas". Ella obedeció, succionando mi clítoris hinchado mientras un dedo se hundía en mi entrada, curvándose contra mi pared frontal. Marco, guiado por Alex, se posicionó a mi lado, su boca capturando un pezón, tirando con dientes suaves. Alex lamía mi ano, rimmeando el anillo apretado con escupitajos calientes. La cuádruple en sinfonía: cuatro bocas, cuatro lenguas devorándome, placer en capas que construía como una tormenta.

Activamos el protocolo noético —auriculares inalámbricos sincronizados, app proyectando fractales en las paredes—. El primer orgasmo llegó como un maremoto. "¡Lame mi clítoris más fuerte, Sofia! ¡Chupa mi coño, joder, hazme correrme en tu cara!". Convulsioné, squirt salpicando su barbilla, pero el clímax se extendió: dos minutos de disolución, el ático evaporado, solo luz pulsante y mentes rozándose en el vacío erótico. Marco, excitado, reemplazó a Alex en mi ano, su lengua explorando profundo mientras Alex follaba la boca de Sofia. "¡Fóllale la garganta, Alex! Siente cómo te ordeña". Mi éxtasis se prolongó a tres minutos, flotando en gozo cósmico, como una NDE compartida donde el placer era el túnel de luz.

Regresamos jadeantes, pero el hambre persistía. Marco me penetró primero, su polla curva golpeando mi punto G con cada embestida lenta en misionero. "¡Lléneme, Marco! Dame tu leche profunda en mi coño". Sofia se sentó en mi rostro, su coño frotándose contra mi lengua: "¡Lame mis pliegues, Elena! Pasa tu lengua por mi clítoris hasta que chorree". Alex follaba a Sofia por detrás, su verga estirándola mientras yo la devoraba. La cuádruple entrelazada: cuerpos en cadena, placer resonando. El neurofeedback zumbaba, alargando clímaxes. Sofia corrió en mi boca, cuatro minutos de temblores, jugos dulces inundándome. Yo seguí, coño contrayéndose alrededor de Marco, squirt empapando sus bolas, cinco minutos de éxtasis noético —mentes fusionadas, el mundo un eco lejano—.

Alex eyaculó en Sofia, su semen goteando por sus muslos para que Marco lo lamiera, un toque queer que sellaba nuestra unión. "¡Prueba su leche en mi coño, Marco! Lámela mientras me follas". Él obedeció, lengua recogiendo la mezcla antes de penetrarme de nuevo, su polla resbaladiza por el fluido compartido. El orgasmo colectivo se extendió a seis minutos: cuatro almas en vacío ardiente, cuerpos convulsionando en armonía. Sudorosos, reímos, besándonos en un nudo de lenguas y sal. "Esto es poliamor cuádruple", susurró Marco, "amor sin fronteras, placer infinito".

En las semanas siguientes, nuestra cuádruple se integró en la rutina sagrada. Mañanas de café y chequeos emocionales: "¿Cómo te sientes con la dinámica? ¿Celos latentes?". Ninguno; solo gratitud. Tardes en el laboratorio, donde Marco aportaba su expertise somático —respiraciones tántricas para potenciar las ondas theta—. Una sesión experimental: yo en la camilla, estribos abiertos, Sofia con un vibrador clitoriano zumbando contra mi perla mientras Marco me penetraba analmente, su polla lubricada deslizándose en mi culo virgen para él. "¡Estírame el ano, Marco! Fóllame profundo, hazme suplicar". Alex chupaba los pechos de Sofia, su polla en su mano, y ella gemía contra mi clítoris.

El placer escaló: "¡Lame mi clítoris con el vibra, Sofia! Pasa tu lengua por mi coño mientras me follan el culo". Mi orgasmo anal fue revelador —siete minutos de disolución, el ano como portal a lo divino, mentes en red noética palpitando—. Marco eyaculó dentro, leche caliente llenándome el recto, goteando cuando se retiró. Sofia lamió la fuga, lengua en mi ano dilatado: "¡Chupa su semen de mi culo, amor! Hazme correrme de nuevo". Alex la folló entonces, doggy sobre mí, su polla golpeando mientras yo lamía su unión. Clímax en cadena: Sofia a ocho minutos, squirt en mi pecho; Alex eyaculando en ella, prolongado a seis; Marco masturbándose sobre nosotras, semen perlado en tetas y rostros. Éxtasis grupal a diez minutos totales —el lab un santuario profano, ciencia y sexo fundidos—.

Fuera del lab, nuestra cuádruple exploró lo salvaje. Un viaje a las playas de Formentera en junio de 2025, isla nudista donde el sol besa pieles libres. En una cala escondida, arena blanca y aguas turquesas, nos amamos al mediodía. Empecé con Marco, de rodillas en la orilla, chupando su polla salada por el mar: lengua en la corona, succionando venas, garganta profunda hasta gagging. "¡Fóllame la boca, dame tu leche en la garganta!". Sofia y Alex tribbeaban cerca, coños frotándose en fricción húmeda. "¡Frota tu clítoris contra el mío, Alex! Hazme correrme en la arena". El mar lamía nuestras extremidades, ola tras ola.

Activamos la app binaural vía smartwatches. Marco me levantó, penetrándome de pie contra una roca, piernas envueltas en su cintura. "¡Penétrame duro, lléname el coño con tu semen marino!". Sofia rimmeó mi ano expuesto, lengua en el anillo mientras Alex la follaba. La cuádruple en flujo: embestidas sincronizadas, lenguas danzando. Mi orgasmo llegó como tsunami —nueve minutos, el océano disuelto, solo luz y placer eterno—. Squirt mezclándose con espuma marina. Marco eyaculó dentro, leche caliente chorreando por mis muslos para que Sofia lamiera: "¡Pasa tu lengua por mi coño lleno, chupa su leche de mí!". Ella lo hizo, devorando la mezcla mientras Alex la penetraba analmente. Clímaxes en eco: Marco a siete minutos, masturbado por mi mano; Sofia anal a ocho, ano contrayéndose; Alex prolongado a seis, semen en su culo.

La tarde se volvió orgía playera: yo cabalgando a Sofia con un strap-on doble, follándola vaginal y clitoriano mientras Marco y Alex se turnaban en mi ano y coño. "¡Fóllenme los dos agujeros, llénenme de leche cuádruple!". Doble penetración en la arena —polla de Marco en mi coño, Alex en mi culo—, Sofia lamiendo mi clítoris expuesto. "¡Lame mis pliegues, amor! Chupa mientras me follan". El éxtasis colectivo alcanzó doce minutos: mentes en fusión noética, cuerpos temblando bajo el sol, placer como una NDE tropical, liberadora y ardiente. Eyaculaciones simultáneas —semen inundando mis orificios, goteando para que Sofia sorbiera—, regresamos riendo, arena pegada a sudor y fluidos.

En Barcelona, la cuádruple se profundizó emocionalmente. Noches de cine erótico en el sofá, masajes mutuos escalando a sexo: Marco comiendo mi coño mientras Sofia chupaba la polla de Alex, yo rimmeando su ano. "¡Lame mi clítoris, Marco! Pasa tu lengua por mi coño hasta que explote". Respiraciones sincronizadas, binaurales elevando. Orgasmos prolongados a voluntad: yo a diez minutos, flotando en vacío; Sofia en la polla de Alex, once minutos de squirt; Marco eyaculando en mi boca, nueve minutos; Alex prolongado en su garganta, ocho. Mentes entrelazadas, amor poliamoroso como red neuronal viva.

Una crisis menor —celos fugaces de Sofia por la conexión somática de Marco conmigo— se resolvió en terapia grupal, fortaleciendo lazos. "Somos cuatro, no jerarquía", afirmamos. Luego, celebramos con una noche de dominación suave: yo atada a la cama, vendada, los tres devorándome. Lenguas en rotación —Sofia en mi coño, Marco en mi ano, Alex en mis tetas—. "¡Lamenme toda, joder! Chupen mis pliegues, mi clítoris, mi ano hasta que me corra eternamente". El clímax a trece minutos: disolución total, placer cósmico, como morir renaciendo en gozo cuádruple.

Verano de 2025 culminó en Ibiza, en una villa con piscina privada. Orgía bajo estrellas: yo en una hamaca, Sofia tribbeando mi coño, Marco follándome anal, Alex en su boca. "¡Fóllame el culo mientras tribbeamos, lléname de leche! ¡Lame mi clítoris, Sofia!". Cadena de placer: embestidas, lenguas, dedos. Clímaxes en ola —catorce minutos colectivos—, semen y squirt empapando hamaca, mentes en éxtasis noético grupal.

Publicamos papers éticos: "Noética Poliamorosa: Orgasmos Cuádruples Sostenibles", revolucionando sexología. Clínicas adoptan para quads queer, heteros, todo espectro. Nuestra cuádruple es utopía vivida: amor expandido, placer sin fin.

En noviembre de 2025, bajo lluvia barcelonesa, renovamos votos en el ático. Desnudos ante la chimenea, ritual final: yo penetrada por Marco vaginal, Alex anal, Sofia con strap-on en mi boca, pero rotando. "¡Lléname todos los agujeros! Dame leche cuádruple, fóllenme hasta el infinito". Éxtasis a quince minutos: vacío luminoso, mentes unidas en placer divino. Eyaculaciones sincronizadas, fluidos compartidos. Elena, Alex, Sofia, Marco: cuádruple eterna, en esta era de libertad sexual, donde el orgasmo es nuestro universo.

por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

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