SOY VALERIA, TENGO 25 AÑOS, y mi cuerpo siempre ha ardido por explorar los límites del placer. En el siglo XXI, la libertad sexual es un derecho que abrazo con pasión, sin culpas ni tabúes. Hace una semana, una pareja que conocí en una app de citas abiertas me invitó a una orgía swinger en un ático de lujo en Barcelona, un evento privado donde todo está permitido siempre que haya consentimiento.
La idea de múltiples cuerpos entrelazados, pollas y coños palpitando en un frenesí de deseo, hizo que mi coño se mojara al instante. Anoche, me sumergí en esa vorágine de lujuria, y lo que viví fue una explosión de éxtasis. Os lo cuento en este relato explícito, sensual y ardiente que os hará correros de puro morbo.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X
Llegué al ático con un vestido rojo escotado que marcaba mis curvas, sin ropa interior, dejando mi coño expuesto bajo la tela. Mis pezones estaban duros, mi clítoris latía, y sentía los jugos resbalando por mis muslos antes de entrar. El lugar era un sueño hedonista: luces tenues, música electrónica sensual, sofás de terciopelo, una cama king-size en el centro y una terraza con jacuzzi donde cuerpos desnudos ya se rozaban.
El aire olía a sexo, perfume y lubricante. Los anfitriones, una pareja de unos 35 años, me recibieron con una copa de champán. "Aquí el consentimiento es la clave. Usa 'rojo' para parar, 'amarillo' para pausar. ¿Lista para jugar?", preguntó ella, sus tetas asomando por un corsé. "Mi coño ya está goteando", respondí, guarra y directa. Ellos rieron, y me guiaron al epicentro del placer.
La sala principal estaba viva. Una mujer, rubia y con piercings en los pezones, chupaba una polla mientras otra le lamía el coño en un 69. A su lado, un hombre follaba a una chica en perrito, sus nalgas resonando con cada embestida. Mi coño palpitó; quería ser parte de eso. Me quité el vestido, quedándome en tacones, mi cuerpo expuesto: tetas firmes, coño depilado brillando de humedad. Un hombre de unos 30, con tatuajes y una verga gruesa, se acercó. "¿Puedo tocarte?", preguntó.
Asentí, cachonda. Sus manos recorrieron mis tetas, pellizcando mis pezones. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño mojado", le pedí, mi voz temblando. Se arrodilló, lamiendo mis labios hinchados, succionando mi clítoris con hambre. "Joder, chúpame más, lame mi chochito hasta que me corra", gemí, guarra. Una mujer se unió, besando mi cuello y metiendo un dedo en mi coño mientras él lamía. "Fóllame con tus dedos, hazme squirtear", le dije. El orgasmo llegó como un relámpago, mi coño convulsionándose, empapando sus caras. Grité, atrayendo miradas del resto.
El morbo de ser vista me encendió más. "Quiero polla", dije, y el hombre se puso un condón –regla estricta de la orgía–. Me tumbó en un sofá, abriendo mis piernas. "Fóllame duro, méteme esa verga gorda", le ordené. Su polla entró en mi coño, estirándolo deliciosamente. "Sí, rompe mi coño, lléname con tu leche", gemí, aunque fuera con goma. Cada embestida golpeaba mi punto G, mis tetas rebotando. Una mujer, con el coño peludo y mojado, se sentó en mi cara. "Lame mi clítoris, guarra, chupa mi coño", me dijo. Lamí sus jugos, succionando su botón mientras me follaban. "Pasa tu lengua por mi coño, hazme correr", gemí entre lamidas. Ella se corrió, squirteando en mi boca, y yo exploté en otro orgasmo, mi coño apretando la polla dentro de mí. Él gruñó, corriéndose.
Me moví al jacuzzi en la terraza. El agua caliente acariciaba mi piel, y los cuerpos desnudos a mi alrededor me mantenían cachonda. Una pareja me invitó a unirme. Él, un tipo musculoso, y ella, una morena con tetas enormes, me rodearon. "Chúpame mientras él te folla", dijo ella. Me incliné, lamiendo su coño mientras él me penetraba por detrás, con condón. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño empapado", me ordenó ella.
Su sabor era dulce, su clítoris duro bajo mi lengua. "Fóllame más, méteme todo, lléname con tu leche", le dije a él, guarra. Sus embestidas eran profundas, el agua salpicando. Otra mujer se unió, chupando mis tetas. "Chúpame los pezones, joder, hazme correr". El placer era abrumador: un coño en mi boca, una polla en mi coño, manos y lenguas por todo mi cuerpo. Me corrí gritando, squirteando en el jacuzzi, mientras ellos gemían, alcanzando su clímax.
El punto álgido fue en la cama central, donde la orgía alcanzó su máximo frenesí. Me uní a un grupo de seis: tres hombres, dos mujeres y yo. Me tumbaron, atándome las muñecas con pañuelos de seda, un toque BDSM suave. "Mirad mi coño, cómo gotea para vosotros", dije, abriendo las piernas. Un hombre lamió mi clítoris mientras otro me follaba con condón. "Lame mi clítoris, chúpame toda, fóllame duro", gemí, guarra. Una mujer montó mi cara, su coño rozando mi lengua. "Pasa tu lengua por mi coño, hazme squirtear", me pidió.
Otro hombre metió un dedo lubricado en mi culo, preparándome. "Fóllame el culo, méteme todo", supliqué. La doble penetración fue brutal: una polla en mi coño, otra en mi culo, una lengua en mi clítoris, y un coño en mi boca. "Sí, rompedme, hacedme vuestra puta, llenadme con vuestra leche". Los orgasmos se encadenaron, mi coño y culo contrayéndose, squirteando sin control. Todos se corrieron, gimiendo en un caos de placer.
Exhausta, me recosté en la cama, mi cuerpo temblando, cubierto de sudor y jugos. El público, que seguía follando a su alrededor, aplaudió el espectáculo. Mi coño estaba satisfecho, pero mi mente ya planeaba la próxima orgía. En este mundo de libertad sexual, las orgías swingers son un paraíso donde el deseo no tiene límites. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, en este ático, follando sin fin.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

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