Soy Alba, tengo 23 años, y mi cuerpo siempre ha vibrado con deseos que van más allá de lo convencional. En el siglo XXI, la libertad sexual nos permite explorar cada rincón de nuestra lujuria sin miedo, y yo he abrazado esa libertad con hambre. Hace unos días, una amiga me habló de un club fetiche en Barcelona, un lugar oculto en el Raval donde los deseos más oscuros y específicos se hacen realidad.
Es un santuario para los fetichistas: desde pies y látex hasta juegos de rol extremos y lluvias doradas, todo con consentimiento, reglas claras y un ambiente de respeto. La idea me puso el coño empapado al instante; mi clítoris palpitaba solo de imaginarlo. Anoche, me sumergí en ese mundo de morbo puro, y lo que viví me hizo correrme como nunca. Os lo cuento en este relato explícito, sensual y ardiente que os hará pajearos hasta explotar.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X
Llegué al club con un atuendo que gritaba provocación: botas de látex hasta los muslos, un body de vinilo que apenas cubría mis tetas y dejaba mi coño al aire bajo una falda de cuero cortísima. Sin bragas, sentía cada corriente de aire rozando mi clítoris hinchado. El lugar era un laberinto de placer: luces violetas y rojas, música industrial de fondo, y el olor a cuero, sudor y lubricante.
Había salas temáticas: una para fetichistas de pies con sillones para adoración, otra con camas de agua para juegos húmedos, una mazmorra BDSM con látigos y cuerdas, y un escenario central donde se exhibían fetiches extremos frente a un público voyeur. La hostess, una mujer con piercing en el labio y tatuajes, me dio la bienvenida. "Aquí todo es consensuado. Usa 'rojo' para parar, 'amarillo' para pausar. ¿Cuál es tu fetiche?", preguntó. "Pies, látex y ser vista", confesé, mi coño goteando. Ella sonrió: "Te va a encantar".
Empecé explorando la sala de fetichismo de pies. Una mujer de unos 30, con uñas pintadas de rojo y tacones altos, estaba sentada en un trono, mientras un hombre lamía sus dedos con devoción. Mi coño palpitó; siempre he fantaseado con que adoren mis pies. Me quité las botas, dejando mis pies desnudos, suaves y con esmalte negro. Un chico joven, con ojos hambrientos, se acercó. "¿Puedo?", preguntó, señalando mis pies. Asentí, sentándome en un sillón. "Lame mis pies, chúpame los dedos", le ordené, mi voz ronca. Su lengua recorrió mis plantas, lamiendo cada dedo con cuidado. "Pasa tu lengua por mis pies, cabrón, chupa hasta que me moje más", gemí, guarra.
Mi coño goteaba, los jugos resbalando por mis muslos. Él succionó mi dedo gordo, y yo froté mi clítoris sobre el vinilo, excitada por el morbo. "Joder, qué rico, lame mis pies hasta que me corra". Metí dos dedos en mi coño, follándome mientras él chupaba. El orgasmo llegó rápido, intenso; mi coño squirteó, empapando el sillón. Él siguió lamiendo, gimiendo de placer.
Quería más, así que me dirigí a la sala de látex. Allí, una pareja jugaba: ella, envuelta en un catsuit brillante, montaba a un hombre atado con cuerdas de látex. El sonido del material rozando me puso aún más cachonda. Me acerqué a un hombre alto, vestido con una máscara de látex y un arnés. "¿Te gusta el látex?", preguntó, tocando mi body. "Me pone como loca", respondí. Me llevó a una cama cubierta de látex negro, resbaladiza por lubricante. "Tócame, siente cómo brilla mi coño", le dije, abriendo las piernas. Sus manos, cubiertas de guantes de látex, acariciaron mis labios hinchados. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño cubierto de jugos", ordené, guarra y dominante.
Su lengua, fría por el látex, lamió mi clítoris con precisión, mientras sus dedos exploraban mi entrada. "Joder, chúpame más, lame mi chochito hasta que squirtee". El público empezó a mirar, algunos masturbándose. El morbo de ser vista me encendió más. Me corrí gritando, mi coño contrayéndose, empapando su máscara.
"Quiero follarte", dijo, poniéndose un condón, obligatorio en el club. Me puso a cuatro patas, el látex de mi body crujiendo. Su polla, gruesa y dura, entró en mi coño, estirándolo. "Fóllame duro, rompe mi coño con tu verga", gemí, perdida en el placer. Cada embestida hacía que el látex rozara mi piel, amplificando las sensaciones. "Sí, lléname con tu leche, aunque sea con goma", grité, guarra. Cambiamos a misionero, mis piernas envueltas en látex abiertas para él. "Métemela toda, hazme tu puta fetichista". El orgasmo me golpeó de nuevo, squirteando mientras él se corría, gruñendo. El público aplaudió, cachondo.
La sala de juegos húmedos fue mi siguiente parada. Había una cama de agua con mangueras y botellas de lubricante. Una mujer, con el cuerpo cubierto de aceite, se masturbaba mientras un hombre le orinaba suavemente sobre las tetas, un fetiche de lluvia dorada consensuado. Nunca lo había probado, pero la idea me intrigó. Me uní a una pareja: ella, una pelirroja con piercings, y él, un tipo musculoso. "Quiero probar algo húmedo", dije. Ella sonrió: "Siéntate, déjame mojar tu coño".
Me senté en la cama, el agua meciéndose bajo mí. Ella vertió lubricante tibio sobre mi coño, masajeándolo. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño empapado", le pedí. Su lengua lamió el lubricante mezclado con mis jugos, mientras su novio me miraba, pajeándose. "Chúpame más, guarra, hazme correr". Él se unió, lamiendo mis tetas mientras ella succionaba mi clítoris. "Fóllame mientras me lame", le dije. Se puso un condón y me penetró, la cama de agua amplificando cada movimiento. "Sí, méteme esa verga, lléname con tu leche", gemí. Me corrí dos veces, squirteando, mientras ellos gemían de placer.
El clímax llegó en el escenario central. Quería exhibir mi fetiche por ser vista. Subí, desnuda salvo por mis botas de látex, y cogí un vibrador de alta tecnología con succionador de clítoris. Me tumbé en una plataforma giratoria, rodeada de espejos y público. "Mirad mi coño mojado, cómo palpita por vosotros", dije, abriendo las piernas. Encendí el vibrador, el succionador atacando mi clítoris. "Oh, joder, chupa mi clítoris, qué rico". El público se masturbaba, algunos follando entre sí.
Metí el vibrador en mi coño, follándome lento. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuré, guarra. Aceleré, el morbo de los ojos sobre mí llevándome al límite. "Sí, me corro, mirad cómo squirteo para vosotros". El orgasmo fue brutal, mi coño convulsionando, squirteando frente a todos. El público rugió, corriéndose conmigo.
Salí del club al alba, mi cuerpo brillando de sudor y lubricante, mi coño satisfecho pero listo para más. En este mundo de libertad sexual, los clubes fetiche son un paraíso donde cada deseo encuentra su lugar. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, en este club, entregándoos a vuestros fetiches más oscuros.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X
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