SOY CAMILA, TENGO 24 AÑOS, y mi cuerpo es un volcán de deseo que arde sin control. En el siglo XXI, la libertad sexual es mi credo, y explorar cada faceta de mi lujuria es mi pasión. Hace unos días, una amiga me habló de un club swinger en el corazón de Barcelona, un lugar exclusivo donde parejas y solteros se entregan al placer sin tabúes. La idea de sumergirme en un torbellino de cuerpos, con mi coño palpitando de anticipación, me puso empapada al instante.
Anoche, crucé las puertas de ese santuario del morbo, y lo que viví me hizo correrme hasta temblar. Este relato explícito, sensual y ardiente, cargado de palabras guarras, os hará pajearos hasta explotar.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X
Llegué al club al anochecer, con un vestido negro de encaje que dejaba poco a la imaginación, sin ropa interior, mi coño depilado expuesto bajo la tela fina. Mis pezones, duros como piedras, se marcaban, y sentía los jugos resbalando por mis muslos antes de entrar. El lugar era un paraíso del deseo: luces rojas y violetas, música electrónica sensual, sofás de terciopelo, una barra con copas, y salas temáticas para todos los gustos: una mazmorra BDSM con cuerdas y látigos, cabinas con glory holes, un jacuzzi burbujeante y un escenario central donde parejas follaban frente a un público voyeur. El aire olía a perfume caro, lubricante y sexo crudo. La hostess, una mujer con botas de cuero y un corsé, me explicó las reglas: "Consentimiento total, protección obligatoria, 'rojo' para parar, 'amarillo' para pausar". "Mi coño ya está goteando", respondí, guarra y sin filtros. Ella sonrió y me invitó a explorar.
Empecé en la barra, observando el ambiente. Una pareja madura a pocos metros se besaba con hambre, sus manos explorando sin pudor. Él metió los dedos en el coño de ella, que gimió alto. Mi clítoris latía; quería ser parte de eso. Me quité el vestido, quedándome en tacones, mi piel brillando bajo las luces. Mis tetas firmes y mi coño mojado atrajeron miradas.
Un hombre, de unos 40, con tatuajes y una polla semierecta, se acercó. "¿Puedo tocarte?", preguntó. "Lame mi clítoris primero, pasa tu lengua por mi coño mojado", le ordené, abriendo las piernas en un sofá. Su lengua lamió mis labios hinchados, succionando mi botón con avidez. "Joder, chúpame más, lame mi chochito hasta que me corra", gemí, guarra, agarrando su pelo. Una mujer, con tetas grandes y piercing en el clítoris, se acercó, masturbándose. "¿Puedo unirme?", dijo. "Chúpame las tetas, hazme sentir tu boca", respondí. Sus labios succionaron mis pezones, enviando descargas a mi coño. El morbo de ser vista por otros en el club me encendió más. "Lame mi clítoris, cabrón, hazme squirtear (eyacular)". Bajó a mi entre pierna, yo abriéndome bien bien mi coño para que pudiera lamerlo, me lamia el clitoris con la punta de su lengua haciendo circulo y absorbía los pliegues de mi coño. Me corrí gritando, squirteando en su boca, mi coño convulsionándose mientras ella lamía mis tetas.
"Quiero follarte", dijo él, su polla dura como roca. "Ponte un condón", respondí, sacando uno de mi bolso. Se lo puso y me penetró en misionero, mi coño apretado abriéndose para su verga gruesa. "Fóllame duro, méteme esa polla gorda", gemí, guarra. Cada embestida golpeaba mi punto G, mis tetas rebotando. La mujer seguía chupando mis pezones, y otra pareja se acercó, masturbándose mientras miraba. "Pajeaos, pero mirad cómo me follan", dije, excitada por el control. Cambiamos a perrito, mi culo al aire, sus embestidas profundas. "Sí, rompe mi coño, lléname con tu leche", grité, aunque el condón lo contenía. Me corrí de nuevo, squirteando en el sofá, mientras él gruñía, corriéndose.
Me dirigí al jacuzzi, donde el agua caliente abrazaba mi piel sudada. Una pareja me invitó a unirme: él, un tipo musculoso, y ella, una rubia con el coño peludo y mojado. "Chúpame mientras él te folla", me dijo ella. Me incliné, lamiendo su coño, saboreando sus jugos dulces. "Lame mi clítoris, guarra, pasa tu lengua por mi coño", me pidió. Su clítoris era duro, y lo succioné con hambre. Él me penetró por detrás, con condón, el agua salpicando. "Fóllame duro, méteme todo, lléname", gemí entre lamidas. Otra mujer se unió, tocando mis tetas. "Chúpamelas, hazme correr", le dije. El placer era abrumador: un coño en mi boca, una polla en mi coño, manos y lenguas por todas partes. Me corrí gritando, squirteando en el jacuzzi, mientras la rubia se corría en mi boca y él explotaba.
El clímax llegó en el escenario central, donde quería exhibirme. Subí, desnuda salvo por los tacones, y cogí un vibrador de alta tecnología que vi en una mesa: un succionador de clítoris con penetrador vibrante. Me tumbé en una cama redonda, rodeada de espejos y público. "Mirad mi coño, cómo gotea para vosotros", dije, abriendo las piernas. Encendí el vibrador, el succionador atacando mi clítoris hinchado. "Oh, joder, chupa mi clítoris, qué rico", gemí, guarra.
El público gemía, algunos follando, otros masturbándose. Metí el penetrador en mi coño, follándome lento. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuré, acelerando. Un hombre se acercó, con condón, y me folló mientras el vibrador trabajaba mi clítoris. "Fóllame duro, lléname con tu leche", grité. Una mujer se unió, lamiendo mis tetas. "Chúpamelas, hazme correr", le pedí. El orgasmo fue público, mi coño squirteando frente a todos, mi cuerpo temblando mientras gritaba. El público rugió, corriéndose conmigo.
Salí del club al amanecer, mi piel sudada y mi coño satisfecho, pero ansioso por más. En este mundo de libertad sexual, los clubs swingers son un edén donde el deseo reina sin límites. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, en este club, follando sin fin.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

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