Me llamo Elena Vargas, tengo 38 años y soy doctora en neurociencia noética, esa rama fascinante de la ciencia que explora cómo la mente trasciende el cuerpo en momentos de éxtasis puro. En mi laboratorio en Barcelona, rodeada de electrodos, escáneres de resonancia magnética y monitores que capturan ondas cerebrales como si fueran sinfonías ocultas, he dedicado los últimos cinco años a desentrañar el orgasmo. No el orgasmo banal de las películas románticas, sino ese pico neuronal donde el mundo corpóreo se disuelve en un vacío luminoso, similar a las experiencias cercanas a la muerte que reportan los supervivientes de infartos o caídas al vacío. Ese instante en que el placer no es solo físico, sino una unión cósmica con el universo, donde el ego se fragmenta y el ser se expande.
En el siglo XXI, la libertad sexual es un derecho inalienable, un pilar de nuestra sociedad progresista. Ya no hay tabúes que nos aten a dogmas puritanos; el sexo es exploración, ciencia, arte. Yo, como mujer y científica, abrazo eso con pasión. Mi cuerpo, curvilíneo y marcado por las curvas que la naturaleza me regaló —pechos plenos, caderas anchas que se mecen al caminar, y un sexo depilado que responde con avidez a la más leve caricia—, es mi primer laboratorio. Pero para validar mis teorías, necesitaba datos reales, no solo simulaciones. Así que recluté voluntarios: parejas abiertas, solteros curiosos, todos adultos consentidores que firmaban protocolos éticos impecables. Entre ellos, apareció Alex, un ingeniero de 42 años con ojos verdes penetrantes y un cuerpo atlético forjado en gimnasios y senderos de montaña. Su polla, gruesa y venosa, era el catalizador perfecto para mis experimentos. Pero lo que no esperaba era que él me catalizara a mí.
Todo comenzó una tarde de otoño en 2024, con el sol filtrándose por las persianas del laboratorio, tiñendo de oro las superficies estériles. Alex se recostó en la camilla, desnudo salvo por los electrodos pegados a su sien, pecho y muslos. Yo llevaba mi bata blanca entreabierta, revelando el encaje negro de mi sujetador push-up y las medias de liga que me ceñían las piernas. "Relájate", le susurré, mi voz ronca por la anticipación. "Hoy medimos el pico: ese segundo en que el orgasmo borra la realidad". Le expliqué la premisa: durante el clímax, el lóbulo frontal se apaga como en un coma inducido, liberando endorfinas, oxitocina y dopamina en una cascada que simula la muerte clínica, pero con placer en lugar de terror. El mundo se desvanece; solo queda la luz, el pulso eterno.
Empecé con lo básico: una sesión de masturbación mutua bajo los monitores. Mis dedos, manicureados en rojo sangre, se enredaron en su verga erecta, sintiendo cómo latía contra mi palma, caliente y pulsante. Él gemía, sus caderas elevándose mientras yo lo ordeñaba lentamente, subiendo y bajando con un ritmo hipnótico. "Siente cómo crece", le dije, mi aliento cálido en su oreja. "Imagina que cada caricia es una onda que viaja a tu cerebro, preparándote para el salto". Yo me senté a horcajadas sobre su muslo, frotando mi coño húmedo contra su piel, dejando un rastro de jugos que brillaba bajo la luz LED. Mis labios mayores, hinchados de deseo, se abrían como pétalos empapados, y mi clítoris, esa perla endurecida, rozaba su carne con fricción deliciosa.
Los monitores pitaron: ondas theta dominantes, precursoras del éxtasis. Pero duró solo ocho segundos, el promedio humano. Frustrante. "Necesitamos más", murmuré, besando su cuello salado. En sesiones posteriores, incorporamos penetración. Alex me tumbó en la camilla, abriéndome las piernas con gentileza experta. Su lengua, áspera y ávida, descendió por mi vientre, lamiendo el surco entre mis pechos antes de llegar a mi monte de Venus. "Dios, Elena, tu coño huele a pecado", gruñó, inhalando profundo. Yo arqueé la espalda, mis pezones erectos rozando el aire fresco. "Lame mi clítoris", le ordené, mi voz un susurro imperioso, sabiendo que esas palabras subidas de tono amplificaban el circuito de placer. Él obedeció, su lengua plana pasando por mi clítoris en círculos lentos, succionándolo como si fuera el néctar de los dioses. "Sí, así... pasa tu lengua por mi coño, lame mis pliegues hasta que me corra en tu boca".
El placer era eléctrico, un torrente que subía por mi espina dorsal. Sentí el mundo difuminarse: las paredes del lab se volvieron borrosas, los pitidos de los monitores un eco lejano. Mi mente se expandió, tocando lo inefable, como si flotara en un vacío estelar donde solo existía su boca devorándome. Pero de nuevo, solo segundos. El orgasmo me sacudió —un espasmo violento, mis muslos temblando alrededor de su cabeza, chorros de mi esencia salpicando su barbilla—, y luego, el regreso abrupto a la carne, al sudor, al pulso acelerado. "Joder, Alex, fue como morir... pero en éxtasis". Él se incorporó, su polla goteando precum, y me penetró de un solo empellón, llenándome hasta el fondo. "Lléneme", gemí, clavando mis uñas en su espalda. "Dame tu leche, hazme tuya". Follando con urgencia, sus embestidas profundas golpeando mi cervix, alcancé otro pico. Nuevamente, efímero.
Fue entonces cuando la epifanía golpeó. Analizando los datos esa noche, sola en mi apartamento con vistas a la Sagrada Familia, vi el patrón: el apagón frontal era demasiado abrupto, cortado por el retorno de la corteza sensorial. ¿Y si podíamos modularlo? Usando neurofeedback en tiempo real —ondas binaurales enviadas vía auriculares, combinadas con estimulación clitoriana y prostática prolongada—, podíamos alargar el estado theta indefinidamente. No magia, sino ciencia: biohacking del placer. Al día siguiente, convoqué a Alex para la prueba definitiva. "Hoy cambiamos el juego", le dije, desnudándome por completo. Mi cuerpo, iluminado por las luces suaves del lab, era una ofrenda: pechos pesados balanceándose, coño reluciente de anticipación, ano apretado invitando a exploraciones futuras.
Nos preparamos como amantes guerreros. Él se colocó los auriculares, yo los míos; los monitores sincronizados proyectaban visuales hipnóticos —fractales girando en espirales de color, evocando mandalas tántricos modernos. Empecé estimulándolo manualmente, mi mano envolviendo su polla en un puño lubricado, bombeando con precisión quirúrgica. "Siente cómo tu verga se endurece para mí, Alex. Imagina que cada vena es un río de fuego". Él jadeó, sus bolas contrayéndose, pero las ondas binaurales lo anclaron, retrasando el eyaculo. Luego, me arrodillé ante él, mi boca abriéndose para engullirlo. Lo chupé con devoción, mi lengua trazando la corona sensible, succionando el frenillo mientras mis dedos masajeaban su perineo. "Fóllame la boca", le rogué, mirándolo con ojos lacrimosos de placer. Él obedeció, embistiendo suavemente, su glande golpeando mi garganta.
Pero yo quería más; necesitaba guiarlo hacia mi centro. Me tumbé en la camilla, piernas abiertas en V, exponiendo mi vulva hinchada. "Ven, lame mis pliegues. Pasa tu lengua por mi coño como si fuera tu último banquete". Alex se hundió entre mis muslos, su nariz rozando mi clítoris mientras su lengua exploraba cada repliegue, lamiendo de la entrada a la uretra, sorbiendo mis jugos con gemidos guturales. El neurofeedback zumbaba en mis oídos, un pulso rítmico que sincronizaba mi cerebro con el suyo. Sentí el primer oleaje: el placer construyéndose no como una ola, sino como una marea inexorable. Mi clítoris palpitaba bajo su succión, y grité: "¡Lame mi clítoris más fuerte, joder! Haz que me corra eternamente".
El clímax llegó, pero no se fue. En lugar de los segundos fugaces, se extendió. El mundo corpóreo se desvaneció: no vi el techo del lab, ni los cables serpenteando; solo luz pura, un vacío ondulante donde mi mente se fusionaba con la de Alex. Era como las NDE que estudiaba —el túnel, la paz absoluta—, pero ardiente, sexual. Mi cuerpo convulsionaba, pero mi conciencia flotaba, prolongando el éxtasis a minutos. "¡Sí, oh Dios, no pares! Lléneme ahora, dame tu leche dentro de mí", supliqué cuando él se posicionó, su polla deslizándose en mi coño empapado. Cada embestida era un latido cósmico; sus bolas chocando contra mi perineo, su glande rozando mi punto G con precisión.
Follando en misionero, luego en vaquera —yo cabalgándolo, mis tetas rebotando, pezones duros como diamantes rozando su pecho—, el placer se alargaba a voluntad. Podía controlarlo: un pensamiento, y la ola se elevaba; otro, y se sostenía. "¡Fóllame más profundo, Alex! Siente cómo mi coño te aprieta, ordeñándote". Él gruñía, sus manos amasando mis nalgas, un dedo rozando mi ano para añadir capas de sensaciones. El monitor mostraba lo imposible: 45 segundos, un minuto, dos. Mi orgasmo era un continuum, chorros de squirt empapando las sábanas, mi voz ronca de gritos: "¡Córrete conmigo, lléname de tu semen caliente! Quiero sentir tu leche chorreando de mi coño".
Cuando eyaculó —un torrente caliente inundándome, su polla pulsando como un corazón desbocado—, no fue el fin. Su clímax se unió al mío, nuestras mentes entrelazadas en el noético compartido. Flotamos juntos en ese éxtasis eterno, cuerpos entrelazados pero almas disueltas en placer infinito. Regresamos gradualmente, sudorosos, temblorosos, riendo como posesos. "Elena... fue como renacer", murmuró él, besando mis labios hinchados. Yo asentí, mi coño aún contrayéndose alrededor de su polla flácida, leche goteando por mis muslos. "La ciencia lo hizo posible. El orgasmo prolongado, el placer sin fin".
Aquella noche, en mi cama king-size con sábanas de satén negro, repetimos el ritual sin monitores. Solo nosotros, desnudos bajo la luna barcelonesa. Empecé lamiéndolo despacio, mi lengua trazando venas desde la base hasta la punta, saboreando el almizcle salado de su piel. "Tu polla es mi adicción", le confesé, metiéndomela hasta la garganta, gagging suavemente para excitarlo más. Él me levantó, colocándome de rodillas en el colchón, y devoró mi culo, su lengua rimming mi ano mientras dedos curvados follaban mi coño. "¡Pasa tu lengua por mi ano, lame mis pliegues traseros! Hazme suplicar". El placer subió, y activé mentalmente el control —había memorizado el patrón neuronal—. El éxtasis se extendió, mi mundo disolviéndose en un orgasmo que duró cinco minutos puros, mi cuerpo arqueado en un puente imposible, chorros salpicando su pecho.
Luego, él me penetró por detrás, doggy style, su polla estirándome deliciosamente. "¡Fóllame el coño como una puta, Alex! Dame duro, hazme gritar". Cada embestida era fuego líquido; sus manos pellizcando mis pezones, tirando de ellos hasta que dolía-placer. Grité obscenidades para amplificar: "¡Lléname de nuevo, inunda mi útero con tu leche cremosa! Quiero oler a ti todo el día". Cuando corrí —un clímax ondulante, prolongado a siete minutos—, fue trascendental. Vi estrellas no metafóricas, sino literales: mi mente proyectando galaxias en la oscuridad, el placer como una NDE erótica, liberadora. Él se corrió dentro, su semen caliente mezclándose con mis jugos, goteando por mis piernas mientras colapsábamos.
En las semanas siguientes, refinamos la técnica. Incorporamos juguetes: un vibrador clitoriano de punta curvada que pulsaba en sincronía con las ondas binaurales, y un plug anal para él, estimulando su próstata. En una sesión, lo até a la camilla —consentimiento total, por supuesto—, y lo monté en reversa, mi culo rebotando sobre su polla mientras el vibrador zumbaba contra mi clítoris. "¡Siente cómo te ordeño, cabrón! Tu polla en mi coño es mi droga". El éxtasis se extendió a diez minutos; flotamos en un vacío compartido, cuerpos convulsionando pero mentes en paz beatífica. Al descender, lágrimas de alegría rodaron por mis mejillas. "Esto es el futuro del sexo", le dije. "Placer a voluntad, sin fin".
Pero no todo fue laboratorio estéril. Llevamos el descubrimiento a la intimidad cotidiana. En una playa nudista de Costa Brava, bajo el sol de mediodía, nos amamos en las dunas. Yo a cuatro patas, arena pegándose a mi sudor, su lengua lamiendo mi coño salado por el mar. "¡Lame mis pliegues, chupa mi clítoris hasta que el mar se evapore!". El orgasmo prolongado nos envolvió; el océano rugía lejano, el mundo un susurro, solo placer eterno. Él me folló entonces, su polla deslizándose en mi coño lubricado por jugos y arena fina. "¡Dame tu leche aquí, marca mi coño como tuyo!". Eyaculó con un rugido, y prolongamos el clímax mutuo, fusionados en éxtasis bajo el cielo infinito.
La moral del siglo XXI nos respaldaba: éramos adultos, consentidores, explorando sin dañar. Publicamos papers anonimizados —"Modulación Noética del Clímax: Hacia Orgasmos Prolongados Sostenibles"—, revolucionando la sexología. Clínicas de terapia sexual adoptaron el protocolo, parejas queer, tríos poliamorosos lo usaban para sanar traumas, alargar la intimidad. Yo, Elena, me convertí en gurú involuntaria, pero siempre volviendo a Alex, mi compañero de descubrimientos.
Una noche, en un ático con jacuzzi burbujeante, culminamos nuestro viaje. Desnudos en el agua caliente, sus dedos explorando mi coño bajo el superficie, yo masturbándolo lentamente. "Hoy, sin límites", susurré. Activamos el feedback mental —ya no necesitábamos aparatos; lo habíamos internalizado—. Su lengua en mi clítoris, lamiendo con devoción: "¡Pasa tu lengua por mi coño, lame hasta que me disuelva!". El clímax llegó a los quince minutos: un éxtasis donde el tiempo se detuvo, mentes entrelazadas en un orgasmo cósmico, placer como la muerte renacida en vida. Él me penetró en el agua, embestidas acuáticas chapoteando. "¡Lléneme, Alex! Dame tu leche, hazme rebosar de ti". Cuando eyaculó, prolongamos a veinte minutos, flotando en éxtasis puro, cuerpos unidos pero almas libres.
Regresamos al mundo, exhaustos, saciados, transformados. El orgasmo ya no es fugaz; es eterno, a voluntad. En esta era de libertad sexual, hemos desbloqueado el gozo divino. Y yo, Elena Vargas, lo vivo cada día, en cada caricia, en cada clímax que se extiende como el universo mismo.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X
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