EL VIERNES POR LA MAÑANA lloviznaba suave. Habíamos dormido todos en la cama king size del dormitorio principal: Hugo en el centro, yo a un lado, Mona al otro, Carmen y Laura enredadas a los pies, Diego y Javier roncando en el suelo sobre un colchón improvisado, y Valeria (que había vuelto “a dejar un paquete olvidado”) abrazada a mis tetas como si no quisiera irse nunca.
A las diez y media sonó el timbre. Insistente, profesional.Hugo se levantó desnudo, con la polla matutina tiesa y brillante de restos de la noche, y bajó a abrir sin molestarse en cubrirse. El resto seguimos medio dormidos, tocándonos perezosamente.
Se oyó una voz femenina, grave y segura:—Correo certificado para Hugo o Sandra. Necesito firma y DNI.Hugo volvió al dormitorio seguido de la cartero del barrio.Era Marta.
Todos la conocemos: cuarenta y dos años, divorciada, pelo corto negro azabache, cuerpo de gimnasio, siempre con el uniforme azul ajustado y esa mirada de “no me toques los cojones” que impone respeto. La placa decía “M. GARCÍA – CARTERA”.
Entró y se quedó parada en el marco de la puerta, mirando la cama revuelta, ocho cuerpos desnudos, olor a sexo que se podía cortar con cuchillo y un festival de pollas duras y coños abiertos por todas partes.
—Joder… —murmuró, pero no retrocedió.
Hugo le sonrió, se acercó con su erección apuntando al techo y le tendió la mano.
—Buenos días, Marta. ¿Firma y DNI, dices?Ella miró la polla, luego la cama, luego a mí (que ya me había puesto de rodillas en el colchón y abría las piernas sin vergüenza).
—He oído rumores toda la semana —dijo con voz ronca—. Pensé que eran exageraciones de viejas cotillas. Veo que no.
Carmen se levantó, se acercó contoneándose y le quitó el bolso bandolera con suavidad.—Quédate un rato, guapa. El correo puede esperar media hora.
Marta soltó una risa corta, se desabrochó el botón superior del uniforme y dejó caer la chaqueta al suelo. Debajo llevaba un top deportivo negro que marcaba unos pezones como balas.
—Media hora no. Me cojo el día libre —dijo—. Y me folláis hasta que no pueda montar en la moto.En dos minutos estaba desnuda.
Tenía un cuerpo brutal: abdominales marcados, culo duro, piernas de ciclista y un coño depilado con un piercing pequeño en el clítoris que brillaba. Se notaba que se cuidaba… y que tenía hambre.Mona fue la primera en saltar.
—Cartera, ven aquí que te enseño cómo se reparte en esta casa.La empujó contra la pared, le abrió las piernas de un rodillazo y le metió tres dedos de golpe. Marta soltó un grito-gemido que retumbó en toda la habitación.
—¡Joder, sí! ¡Así se reparte el correo, hostia!
Hugo se colocó detrás de Mona y la penetró mientras ella follaba a Marta con la mano. Yo me acerqué a Marta, le agarré la cara y la besé con lengua, mordiéndole el labio.
—Ahora vas a comerme el coño mientras mi marido te folla por turnos con las chicas —le ordené.
La tumbamos en la cama boca arriba. Yo me senté en su cara sin miramientos. Marta lamía como una profesional: lengua larga, fuerte, sabiendo exactamente dónde presionar. En treinta segundos ya me tenía al borde.
—¡Así, cartero! ¡Cómete este coño que lleva toda la semana abierto!
Hugo se puso entre sus piernas y la penetró hasta el fondo de un solo empujón. Marta gritó contra mi clítoris, la vibración me hizo correrme al instante, chorros calientes que le cayeron por la cara y el cuello.
—¡Me corro en la boca de la cartero, joder! ¡Toma toda mi leche matutina!
Hugo la follaba sin piedad, los huevos golpeando contra su culo. Carmen se sentó en la cara de Hugo para que la limpiara, Laura y Valeria se turnaban chupándole las tetas a Marta, Diego y Javier se pajeaban mirándolo todo.
Marta se corrió en menos de tres minutos, arqueándose entera, las uñas clavadas en mis muslos.
—¡Me corro con la polla del marido y la lengua de la mujer! ¡Soy la puta del barrio entero!
Hugo la sacó, brillante de sus jugos, y se la metió a Mona en la boca para que la limpiara. Luego volvió a Marta, esta vez por el culo, sin avisar, solo con los restos de su propio coño como lubricante.
—¡Toma el culo también, cartero! ¡Te vamos a dejar el uniforme lleno de leche!
Marta gritaba de placer, empujando hacia atrás.
—¡Rómpeme el culo, cabrón! ¡Quiero ir repartiendo cartas con el culo chorreando!
Nos turnamos con ella como si fuera el juguete estrella:
Marta se quedó temblando en la cama, cubierta de semen y jugos, sonriendo como una idiota feliz.
—Cinco estrellas y propina —jadeó—. Esta ruta la hago yo todos los días a partir de ahora.
Hugo le dio una palmada en el culo.
—Y los sábados reparto en bikini, ¿vale?Marta se rio, se levantó tambaleándose y recogió su uniforme hecho un cuadro.
—Los sábados y los domingos. Y festivos.Cerró la puerta con una sonrisa y se fue dejando un rastro de huellas húmedas en el suelo.
Mona miró el reloj.
—Once y media —dijo—. Aún nos da tiempo a una ronda antes del brunch.Nadie discutió.
por:© Mary Love
Se oyó una voz femenina, grave y segura:—Correo certificado para Hugo o Sandra. Necesito firma y DNI.Hugo volvió al dormitorio seguido de la cartero del barrio.Era Marta.
Todos la conocemos: cuarenta y dos años, divorciada, pelo corto negro azabache, cuerpo de gimnasio, siempre con el uniforme azul ajustado y esa mirada de “no me toques los cojones” que impone respeto. La placa decía “M. GARCÍA – CARTERA”.
Entró y se quedó parada en el marco de la puerta, mirando la cama revuelta, ocho cuerpos desnudos, olor a sexo que se podía cortar con cuchillo y un festival de pollas duras y coños abiertos por todas partes.
—Joder… —murmuró, pero no retrocedió.
Hugo le sonrió, se acercó con su erección apuntando al techo y le tendió la mano.
—Buenos días, Marta. ¿Firma y DNI, dices?Ella miró la polla, luego la cama, luego a mí (que ya me había puesto de rodillas en el colchón y abría las piernas sin vergüenza).
—He oído rumores toda la semana —dijo con voz ronca—. Pensé que eran exageraciones de viejas cotillas. Veo que no.
Carmen se levantó, se acercó contoneándose y le quitó el bolso bandolera con suavidad.—Quédate un rato, guapa. El correo puede esperar media hora.
Marta soltó una risa corta, se desabrochó el botón superior del uniforme y dejó caer la chaqueta al suelo. Debajo llevaba un top deportivo negro que marcaba unos pezones como balas.
—Media hora no. Me cojo el día libre —dijo—. Y me folláis hasta que no pueda montar en la moto.En dos minutos estaba desnuda.
Tenía un cuerpo brutal: abdominales marcados, culo duro, piernas de ciclista y un coño depilado con un piercing pequeño en el clítoris que brillaba. Se notaba que se cuidaba… y que tenía hambre.Mona fue la primera en saltar.
—Cartera, ven aquí que te enseño cómo se reparte en esta casa.La empujó contra la pared, le abrió las piernas de un rodillazo y le metió tres dedos de golpe. Marta soltó un grito-gemido que retumbó en toda la habitación.
—¡Joder, sí! ¡Así se reparte el correo, hostia!
Hugo se colocó detrás de Mona y la penetró mientras ella follaba a Marta con la mano. Yo me acerqué a Marta, le agarré la cara y la besé con lengua, mordiéndole el labio.
—Ahora vas a comerme el coño mientras mi marido te folla por turnos con las chicas —le ordené.
La tumbamos en la cama boca arriba. Yo me senté en su cara sin miramientos. Marta lamía como una profesional: lengua larga, fuerte, sabiendo exactamente dónde presionar. En treinta segundos ya me tenía al borde.
—¡Así, cartero! ¡Cómete este coño que lleva toda la semana abierto!
Hugo se puso entre sus piernas y la penetró hasta el fondo de un solo empujón. Marta gritó contra mi clítoris, la vibración me hizo correrme al instante, chorros calientes que le cayeron por la cara y el cuello.
—¡Me corro en la boca de la cartero, joder! ¡Toma toda mi leche matutina!
Hugo la follaba sin piedad, los huevos golpeando contra su culo. Carmen se sentó en la cara de Hugo para que la limpiara, Laura y Valeria se turnaban chupándole las tetas a Marta, Diego y Javier se pajeaban mirándolo todo.
Marta se corrió en menos de tres minutos, arqueándose entera, las uñas clavadas en mis muslos.
—¡Me corro con la polla del marido y la lengua de la mujer! ¡Soy la puta del barrio entero!
Hugo la sacó, brillante de sus jugos, y se la metió a Mona en la boca para que la limpiara. Luego volvió a Marta, esta vez por el culo, sin avisar, solo con los restos de su propio coño como lubricante.
—¡Toma el culo también, cartero! ¡Te vamos a dejar el uniforme lleno de leche!
Marta gritaba de placer, empujando hacia atrás.
—¡Rómpeme el culo, cabrón! ¡Quiero ir repartiendo cartas con el culo chorreando!
Nos turnamos con ella como si fuera el juguete estrella:
- Laura se sentó en su cara mientras yo le metía el puño despacio.
- Carmen le chupó el piercing del clítoris hasta hacerla gritar.
- Los chicos se corrieron en sus tetas y luego la obligamos a untárselo como crema solar.
- Al final la pusimos a cuatro patas en el centro de la cama y la follamos en cadena: cada uno entraba cinco minutos y salía, hasta que Marta lloraba de placer y suplicaba que no parásemos nunca.
Marta se quedó temblando en la cama, cubierta de semen y jugos, sonriendo como una idiota feliz.
—Cinco estrellas y propina —jadeó—. Esta ruta la hago yo todos los días a partir de ahora.
Hugo le dio una palmada en el culo.
—Y los sábados reparto en bikini, ¿vale?Marta se rio, se levantó tambaleándose y recogió su uniforme hecho un cuadro.
—Los sábados y los domingos. Y festivos.Cerró la puerta con una sonrisa y se fue dejando un rastro de huellas húmedas en el suelo.
Mona miró el reloj.
—Once y media —dijo—. Aún nos da tiempo a una ronda antes del brunch.Nadie discutió.
por:© Mary Love

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