La noche del domingo llegó con tormenta. Hugo abrió la puerta de casa pasadas las once, empapado, con la bolsa de deporte colgada al hombro y esa cara de cansancio feliz que pone cuando ha ganado el partido. Yo estaba en el salón con las chicas, las tres en el sofá grande, envueltas en una sola manta, viendo una serie sin prestarle atención. Llevábamos todo el fin de semana follando sin parar: en la ducha, en la cocina, en la piscina cubierta cuando creímos que no había moros en la costa. Teníamos los labios hinchados, las mejillas sonrosadas y el olor a sexo pegado a la piel aunque nos hubiéramos duchado tres veces.
Hugo soltó las llaves en el cuenco de la entrada y gritó:—¡Ya he vuelto! ¿Hay alguien vivo por aquí?Mona fue la primera en levantarse. Se había puesto una de mis camisas de seda, larga hasta medio muslo y nada más debajo. Se acercó a su padre y lo abrazó fuerte, demasiado fuerte, demasiado cerca.—Te hemos echado de menos, papi —dijo con esa voz melosa que nunca usa conmigo.Hugo se rio, la abrazó por la cintura y le dio un beso en la frente. Luego me miró a mí y a Laura, que seguíamos acurrucadas, y arqueó una ceja.—¿Qué celebráis, que tenéis esa cara de viciosas?Yo me mordí el labio. Laura se sonrojó hasta las orejas. Mona, sin embargo, sonrió con malicia y le quitó la bolsa del hombro.—Ven, siéntate. Tenemos que contarte una cosa… o mejor, enseñártela.Hugo se dejó llevar al sofá. Yo me levanté, me puse de rodillas delante de él y empecé a desabrocharle el cinturón mientras Mona se sentaba a su lado y le besaba el cuello. Laura, nerviosa pero excitada, se colocó al otro lado y empezó a quitarle la camiseta empapada.—¿Qué coño pasa aquí? —preguntó Hugo, pero su voz ya temblaba de deseo. Lo noté en la polla, que se endureció al instante bajo mis dedos.—Papi —susurró Mona al oído—, Sandra nos ha enseñado a Laura y a mí lo bien que se siente una lengua de mujer… y ahora queremos que veas lo putas que nos ha puesto.Hugo abrió mucho los ojos, pero no dijo nada. Yo bajé la cremallera, saqué su polla gruesa y ya dura como una piedra, y la lamí de abajo arriba sin apartar la mirada de la suya.—¿Te gusta la idea, amor? —le pregunté—. Tu mujer comiéndose el coño de tu hija y de su mejor amiga todo el fin de semana… y ahora queremos que nos folles a las tres.Hugo soltó un gruñido bajo, agarró a Mona del pelo y la besó en la boca, profundo, sucio, sin importarle que fuera su hija. Ella gimió contra sus labios mientras yo me metía su polla hasta la garganta, tragándola entera.Laura, valiente de pronto, se puso a cuatro patas en el sofá y le ofreció el culo a Hugo.—Fóllame primero a mí, por favor —suplicó—. Sandra me ha abierto tanto el coño que estoy chorreando.Hugo no se hizo de rogar. Se colocó detrás de ella, le abrió las nalgas y la penetró de un solo empujón. Laura gritó, arqueándose, sus tetas pequeñas balanceándose.—¡Joder, qué apretada está esta niña! —gruñó Hugo mientras empezaba a bombear fuerte.Yo me tumbé debajo de Laura, lamiéndole el clítoris cada vez que Hugo salía de ella. Mona se sentó en la cara de su padre, restregándole el coño por la boca.—Cómete a tu hija, papi. Sabe a Sandra y a mí mezcladas.Hugo perdió la cabeza. Lamía a Mona como un poseso mientras follaba a Laura sin piedad, sus huevos golpeando contra mi cara. Yo me tocaba viendo la escena, metiéndome tres dedos, empapada.—¡Me corro, me corro en la polla de Hugo! —gritó Laura de pronto, temblando entera, chorros calientes salpicando mi cara.Hugo la sacó, brillante de sus jugos, y me miró.—Ahora tú, zorra. Abre las piernas.Me tumbé boca arriba en el sofá, abrí las piernas todo lo que pude y Hugo me penetró hasta el fondo, gruñendo como un animal. Mona se puso encima de mi cara, su coño chorreando sobre mi lengua. Laura, aún temblando, se arrodilló y empezó a chuparle los huevos a Hugo mientras él me follaba.—¡Fóllame más fuerte, amor! —le grité—. ¡Quiero que me revientes el coño delante de tu hija!Mona se corrió en mi boca gritando “¡Papi, mira cómo me corro en la cara de tu mujer!” y Hugo perdió el control. Me sacó, me puso a cuatro patas y me folló el culo sin avisar, despacio al principio, luego como un salvaje.—¡Toma, puta! ¡Te follo el culo mientras mi hija me mira!Mona y Laura se tumbaron debajo de mí, lamiéndome el coño y el clítoris mientras Hugo me daba por detrás. Yo gritaba como loca.—¡Sí, sí, destrozadme los dos agujeros! ¡Quiero vuestras lenguas y tu polla hasta que no pueda andar!El orgasmo llegó como un tren de mercancías. Grité tan fuerte que creo que me oyó todo el vecindario:—¡Me corro, joder! ¡Me corro con la polla de mi marido en el culo y las lenguas de sus niñas en mi coño!Hugo salió de mí, se puso de pie y nos obligó a las tres a arrodillarnos. Nos masturbamos mirándolo mientras él se pajeaba la polla enorme, roja, brillante de mis jugos y del culo.—Abrir la boca, zorras. Os voy a llenar de leche.Las tres obedecimos, lenguas fuera, tetas juntas. Hugo ruge un último gruñido y empezó a correrse: chorros gruesos y calientes que nos cayeron en la cara, en el pelo, en la boca. Nos besamos entre nosotras, compartiendo su semen, lamiéndonos como gatas.Cuando terminó, Hugo se dejó caer al sofá, jadeando.—Joder… sois la mejor familia del mundo.Mona se rio, le lamió la última gota de la punta y dijo:—Y esto solo ha sido el domingo por la noche, papi. Aún queda semana.Nos miramos los cuatro, desnudos, pegajosos, felices.Y supimos que nada volvería a ser igual.

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