El miércoles por la tarde la casa parecía un club privado sin horarios. Habíamos perdido la cuenta de cuántas veces nos habíamos corrido desde el sábado. Hugo había alargado sus “asuntos familiares” hasta el viernes, Diego y Javier aparecían y desaparecían según sus horarios, y Laura ya había pedido prórroga en la universidad porque “tenía un proyecto importante”.
Estábamos en la piscina otra vez, todos desnudos, flotando en colchones hinchables y bebiendo sangría fría, cuando oímos la puerta lateral del jardín abrirse con un chirrido. Era Carmen. La vecina del fondo, cincuenta años recién cumplidos, viuda desde hace cinco, profesora de yoga jubilada, cuerpo de escándalo gracias a las posturas imposibles que hace cada mañana en su terraza. Siempre nos saludaba con una sonrisa educada, pero yo había pillado más de una vez sus ojos clavados en mis tetas cuando tomaba el sol en topless. Venía con un vestido ligero de lino blanco, sin sujetador (se le marcaban los pezones duros desde lejos) y una botella de vino rosado en la mano. —Perdonad la intromisión —dijo con esa voz ronca de fumadora empedernida—, pero llevo cuatro días oyendo… bueno, todo. Y he pensado que o me invitáis o llamo a la policía por escándalo público. Silencio. Luego Hugo soltó una carcajada y nadó hasta el borde. —Sube, Carmen. Aquí no llamamos a la policía, llamamos a los amigos. Ella se quitó las sandalias, dejó la botella en la mesa y, sin prisa, se desabrochó el vestido. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo era una obra de arte: piel morena, tetas grandes y caídas con naturalidad, cintura estrecha, culo redondo y firme, y un coño completamente depilado que ya brillaba. —Joder, Carmen… —murmuró Diego, empalmándose al instante. Ella sonrió, se metió en el agua despacio y se acercó nadando hasta mí. —Sandra, llevo años queriendo saber cómo sabe tu boca —susurró antes de besarme como si me conociera de toda la vida. Su lengua era experta, lenta, profunda. La besé de vuelta mientras sus manos bajaban directas a mi culo y me apretaban contra ella. Hugo se colocó detrás de Carmen y le metió dos dedos en el coño sin avisar. Ella gimió en mi boca. —Está empapada —anunció Hugo—. Esta mujer ha venido preparada. Mona y Laura se acercaron nadando. Mona se puso detrás de mí y empezó a chuparme los pezones mientras Laura se colaba entre Carmen y yo para lamerle las tetas a la recién llegada. —Bienvenida al club, vecina —dijo Mona, mordisqueando el cuello de Carmen—. Ahora te vamos a enseñar lo que es correrse de verdad. Salimos del agua como pudimos y nos tumbamos en las colchonetas grandes del césped. Carmen se puso en el centro, de rodillas, y nos miró con ojos brillantes. —Quiero todo —dijo—. Quiero que me uséis como a una puta de barrio. No hizo falta repetirlo. Yo me senté en su cara sin miramientos, restregándole mi coño por la boca. Carmen lamía como si hubiera nacido para ello: lengua larga, fuerte, metiéndosela hasta el fondo y chupando mi clítoris como si quisiera arrancarlo. Hugo se colocó detrás de ella y le metió la polla de un solo empujón. Carmen gritó contra mi coño, el sonido vibrando en mi clítoris y haciéndome gemir alto. Diego y Javier se turnaron para follarnos la boca a Mona y a Laura, que estaban a cuatro patas una al lado de la otra, culo en alto, pidiéndoles que las reventaran. —Fóllame el culo, Diego, que Javier me está destrozando el coño —gritaba Mona. Carmen, debajo de mí, gemía sin parar: —¡Más fuerte, Hugo! ¡Rómpeme este coño que lleva años sin una buena polla! Yo me corrí primero, inundándole la cara entera, chorros calientes que ella bebió como si fuera néctar. —¡Me corro en la boca de la vecina, joder! ¡Toma toda mi corrida, Carmen! Ella se corrió justo después, temblando entera, sus muslos apretando la cabeza de Hugo mientras él la llenaba de leche. —¡Lléname, cabrón! ¡Quiero tu semen chorreando hasta los tobillos! Nos turnamos con ella como si fuera el juguete nuevo:
- Laura se sentó en su cara mientras yo le metía cuatro dedos en el coño y Hugo le follaba el culo.
- Mona le chupó los pezones hasta dejárselos morados.
- Diego y Javier se corrieron en sus tetas y luego la obligamos a lamerlo todo mientras nos miraba con cara de vicio puro.

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