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Relato erótico: La chica de cabellos negros con un corte de pelo pixie


Me senté en la terraza de un bar en el centro de Barcelona, bajo un sol de mediodía que abrasaba todo a su paso. Era julio de 2025, y el calor húmedo de la ciudad me había dejado exhausto después de mi rutina diaria en el gimnasio. Llevaba una camiseta ajustada que se pegaba a mis músculos definidos, y unos pantalones cortos de deporte que dejaban ver mis piernas fuertes, curtidas por horas de entrenamiento. Tomaba un café helado cuando ella apareció, como salida de un sueño febril.—Tú eres Ardiente, ¿verdad? —preguntó una muchacha delgada, de cabellos negros y cortos, con un corte pixie que le acentuaba los rasgos afilados y seductores.La miré de arriba abajo. Era morena, con una piel oliva que brillaba bajo el sudor del calor, y unos ojos oscuros que prometían secretos inconfesables. Chupaba un palo de caramelo con forma de caña de azúcar, lamiéndolo despacio, como si supiera que cada movimiento de su lengua me estaba provocando.—Sí, soy yo.—¿Puedo sentarme?—Como quieras.Se acomodó en la silla frente a mí, cruzando las piernas con gracia felina. Llevaba una camisola de manga corta, ligera y casi transparente bajo la luz, que se adhería a sus curvas sutiles, y una falda vaquera que le llegaba justo por encima de las rodillas, dejando ver unas piernas tonificadas y suaves. Siguió chupando el caramelo, succionando con un ritmo hipnótico, mientras sus ojos no se apartaban de los míos.—¿Sabes lo que dicen, Ardiente? —empezó, con una voz ronca y juguetona—. Que el murmullo de las hojas de sicómoro parece el perfume de la miel; su follaje, turquesa; su corteza, loza, y que sus frutos son más rojos que el jaspe. Su sombra refresca, pero yo tengo calor, mucho calor... ¿Me ayudas a quitarme la camisola?Sonreí por dentro. Era directa, como las mujeres de hoy en día que no se andan con rodeos en apps de citas o en redes sociales. Pero yo jugaba duro.—Estoy ocupado —respondí, aunque mi cuerpo ya reaccionaba, sintiendo un tirón en la entrepierna.Ella no se inmutó. Con una sonrisa pícara, se quitó la camisola de un tirón fluido, dejando al descubierto sus pechos perfectos, redondos como manzanas maduras, con pezones oscuros y erectos por el roce del aire. No llevaba nada debajo, y el bar estaba lo suficientemente vacío como para que nadie nos molestara de inmediato. Se acercó más, acurrucándose contra mi muslo poderoso, rozando su piel caliente contra la mía.—¿No te ha gustado mi descripción del sicómoro? —susurró, su aliento cálido en mi oreja.—¿Qué parentesco tienes con mi patrón? —pregunté, porque su cara me sonaba de las fotos familiares que mi jefe había compartido en el grupo de trabajo de WhatsApp. Era el dueño de la empresa de fitness donde yo entrenaba a clientes VIP.Su rostro fresco se contrajo un instante, pero recuperó la compostura con una risa suave.—Soy... soy su sobrina. Me llamo Elena. Pero eso no importa ahora, ¿verdad? Lo que importa es este calor que me quema por dentro.Antes de que pudiera responder, me besó. Fue un beso voraz, con lengua exploradora que sabía a azúcar y deseo. Sus manos subieron por mi camiseta, arañándome el abdomen marcado, mientras yo la atraía hacia mí, sintiendo sus pechos aplastados contra mi torso. El barman nos miró de reojo desde dentro, pero en estos tiempos, donde el sexo es libre y consensual entre adultos, nadie se escandaliza por un poco de pasión pública.La levanté en brazos sin esfuerzo —gracias a mis sesiones de pesas— y la llevé al baño unisex del fondo del bar. Cerré la puerta con el pie y la apoyé contra el lavabo. Le subí la falda con urgencia, revelando un tanga negro mínimo que ya estaba empapado. Lo aparté a un lado y metí los dedos en su coño caliente y resbaladizo. Estaba depilada, suave como seda, y gemía con cada movimiento.—Joder, Elena, estás chorreando —le dije, mordisqueándole el cuello.—Porque te vi en el gimnasio la semana pasada, sudado y fuerte, y no he dejado de fantasear con tu polla dentro de mí —confesó, jadeando mientras sus caderas se movían contra mi mano.La giré, le bajé el tanga hasta los tobillos y admiré su culo redondo y firme. Me desabroché los pantalones, liberando mi polla dura, venosa y gruesa, con la punta ya brillante de excitación. La agarré por las caderas y la penetré de una estocada profunda, sintiendo cómo su coño me envolvía, apretado y cálido.—¡Sí, así! Fóllame duro, Ardiente —gritó, arqueando la espalda.Empecé a bombear con ritmo salvaje, cada embestida haciendo que sus pechos rebotaran en el espejo frente a nosotros. Ella se apoyaba en el lavabo, mirándome a través del reflejo con ojos llenos de lujuria. Metí la mano por delante y encontré su clítoris hinchado, frotándolo en círculos rápidos mientras la follaba.—Frotta mi clítoris... no pares, hazme correrme —suplicó, su voz entrecortada.Su coño se contraía alrededor de mi polla, cada vez más fuerte, y sentí cómo se acercaba al borde. Ella gritaba expresiones subidas de tono para avivar el fuego: "Lame mi clítoris si pudieras ahora... pasa tu lengua por mi coño, imagínalo... lame mis pliegues hasta que explote".No pude resistir; la saqué un momento, me arrodillé y hundí la cara entre sus piernas. Lamí su coño con avidez, chupando sus pliegues rosados y jugosos, metiendo la lengua dentro mientras ella se retorcía.—Lame mi clítoris... así, chúpalo fuerte... pasa tu lengua por mi coño entero —gemía, tirándome del pelo.Se corrió en mi boca, un chorro caliente y dulce que tragué con placer, su cuerpo temblando en olas intensas. Luego la volví a penetrar, esta vez de frente, levantándola contra la pared. Sus piernas se enredaron en mi cintura mientras la follaba profundo y lento, sintiendo cada centímetro de su interior.—Lléname... dame tu leche dentro, quiero sentirla caliente —susurró cuando sentí que yo también llegaba.Me corrí con un rugido, llenándola de chorros espesos, mientras ella alcanzaba otro orgasmo, gritando: "Sí, dame tu leche... lléname el coño con todo".Salimos del baño disimulando, ella con la camisola puesta de nuevo pero con el pelo revuelto y las mejillas sonrosadas. Nos sentamos a terminar nuestras bebidas como si nada, pero bajo la mesa, su pie rozaba mi entrepierna, prometiendo más.Desde ese día, Elena y yo nos convertimos en amantes secretos. En esta sociedad moderna, donde el sexo es visto como algo natural, liberador y sin tabúes —gracias a las apps, los podcasts sobre placer femenino y el empoderamiento sexual—, no nos sentíamos culpables. Follar con la sobrina de mi jefe era arriesgado, pero el thrill lo hacía irresistible.Una noche, quedamos en mi apartamento minimalista en el Eixample. Llegó con un vestido corto y ceñido que realzaba su figura esbelta. Sin palabras, la besé en la puerta, mis manos bajando por su espalda hasta apretar su culo. La llevé al sofá, le quité el vestido y la dejé en ropa interior roja, provocativa.—Quiero que me comas el coño hasta que no pueda más —dijo, tumbándose y abriendo las piernas.Me arrodillé entre ellas, le quité las bragas y hundí la lengua en su sexo. Lamí despacio al principio, saboreando sus jugos, chupando sus pliegues mayores y menores, rodeando el clítoris con la punta de la lengua.—Lame mis pliegues... pasa tu lengua por mi coño despacio, hazme sufrir de placer —gemía, sus manos en mi cabeza guiándome.Aceleré, metiendo dos dedos dentro mientras chupaba su clítoris con fuerza. Ella se arqueaba, sus pechos subiendo y bajando con respiraciones agitadas. "Lame mi clítoris más rápido... sí, así, voy a correrme en tu boca".Exploto en un orgasmo intenso, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza, mojándome la cara con su esencia. Luego, se puso a cuatro patas en el sofá, ofreciéndome su culo.—Fóllame por detrás, duro —pidió.La penetré con mi polla tiesa, agarrándola de las caderas y embistiendo con fuerza. Cada golpe resonaba en la habitación, sus gemidos llenando el aire. Metí un dedo en su culo para intensificar, y ella gritó de placer.—Más profundo... lléname el coño... dame tu leche caliente dentro —suplicaba, acercándose al clímax.Me corrí dentro de ella, sintiendo cómo su coño me ordeñaba, y ella alcanzó otro orgasmo gritando expresiones que nos excitaban más: "Sí, dame tu leche... lléname hasta rebosar... pasa tu lengua por mi coño después, límpialo todo".Pasamos horas explorando cuerpos. La até las manos con una corbata, le vendé los ojos y la torturé con plumas y hielo en sus pezones, luego la follé en la ducha, el agua caliente cayendo sobre nosotros mientras ella cabalgaba mi polla.—Cabálgame fuerte... siente cómo aprieto tu polla con mi coño —decía, moviéndose arriba y abajo.Sus orgasmos eran intensos, múltiples, siempre acompañados de palabras sucias: "Lame mi clítoris mientras me follas... imagina tu lengua en mis pliegues... dame toda tu leche en la boca esta vez".Una vez, en su coche parked en un garaje oscuro, me hizo una mamada legendaria. Se metió mi polla en la boca, chupando con maestría, lamiendo los huevos, tragándosela hasta la garganta.—Quiero tu leche en mi lengua... dame todo —susurraba entre succiones.Me corrí en su boca, y ella lo tragó todo, lamiéndose los labios con satisfacción.Nuestra relación era puro fuego, sin compromisos, solo placer crudo y consensual. En 2025, el sexo es empoderador, diverso y sin juicios; Elena y yo lo vivíamos al máximo, follando en parques al atardecer, en probadores de tiendas, siempre con protección cuando no era crudo, respetando límites pero empujando fronteras.Una tarde en la playa de la Barceloneta, bajo un parasol, me susurró al oído mientras me masturbaba discretamente bajo la toalla.—Imagina lamiendo mi coño aquí, con la gente alrededor... pasa tu lengua por mis pliegues mojados.Se corrió en silencio, mordiéndose el labio, y luego me devolvió el favor, chupándome bajo el agua en el mar.Nuestros encuentros se volvieron adictivos. En mi gimnasio, después de cerrar, la follé contra las máquinas, su sudor mezclándose con el mío.—Fóllame en el banco de pesas... lléname de tu leche mientras grito —pedía.Y así, orgasmo tras orgasmo, construimos un mundo de placer infinito.Al final, después de meses, mi jefe lo descubrió por un mensaje equivocado. Pero en lugar de drama, rio y dijo: "Mientras sea consensual y no afecte al trabajo, adelante. Somos adultos".Elena y yo seguimos, más ardientes que nunca.
 

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