Cada mañana, cuando el sol apenas empezaba a filtrarse por las persianas, yo, Juan, disfrutaba de mi ritual favorito. A mis setenta años, jubilado y con la barba y el pelo largo completamente blancos, disfrutaba de un café expreso de Colombia, y luego me metía en la ducha. El agua caliente caía sobre mi piel arrugada pero aún firme, resbalando por mi pecho cubierto de vello plateado, bajando por el vientre y envolviendo mi polla, que colgaba pesada entre mis muslos. Era mi momento de paz, de desconexión total, mientras mi mujer aún estaba en el trabajo.
Conchi, mi vecina de al lado, una viuda de setenta y siete años que enviudó hace nueve, había empezado a coincidir demasiado con mis horarios. Ella se conservaba de maravilla: el pelo teñido de castaño, la piel suave con pocas arrugas, y un cuerpo que, aunque ya no era el de una jovencita, seguía teniendo curvas generosas, pechos grandes y caídos que se adivinaban bajo las blusas ajustadas, y un culo redondo que se movía con gracia cuando caminaba por el pasillo común.Yo sabía que mi ducha daba justo a una de las habitaciones de su casa. A veces, al salir envuelto en la toalla, oía sus pasos al otro lado de la pared. Y, como reloj, cuando cerraba el grifo, tocaba a mi puerta. Siempre con alguna excusa: que si el móvil no le funcionaba, que si necesitaba que le subiera una bolsa pesada, que si le ayudara con la televisión.Aquella mañana no fue diferente. Acababa de secarme el pelo con la toalla cuando sonó el timbre. Me envolví la cintura con ella, sin ponerme nada debajo, y abrí. Allí estaba Conchi, con una bata ligera de verano que dejaba ver el escote profundo y unas sandalias que mostraban sus pies cuidados.—Juan, perdona que te moleste otra vez… Es el maldito móvil, no me entra el WhatsApp —dijo con esa sonrisa pícara que ya empezaba a conocer.—Pasa, mujer, pasa —le dije, apartándome para dejarla entrar.Ella entró contoneándose, el olor de su perfume barato pero dulce invadiendo el salón. Me agaché para coger el móvil del bolso que llevaba, y fue entonces cuando pasó. La toalla, mal sujeta, se soltó y cayó al suelo. Quedé completamente desnudo delante de ella. Mi polla, recién duchada y aún algo húmeda, colgaba flácida pero gruesa, unos quince centímetros de carne pesada, con el capullo rosado y brillante.Conchi se quedó mirando sin disimulo. Sus ojos se abrieron como platos y se mordió el labio inferior. Vi cómo sus mejillas se ponían rojas, pero no apartó la vista. Al contrario, se acercó un paso.—Madre mía, Juan… —susurró, la voz ronca—. Ahora entiendo por qué oigo gritar a tu mujer algunas noches… Qué pedazo de rabo tienes, hijo mío…Sentí cómo la sangre empezaba a bombear. Mi polla dio un leve salto, engordando delante de sus ojos. Conchi tragó saliva, y noté que sus pezones se marcaban bajo la bata.—Conchi… —empecé a decir, pero ella me cortó.—No, no te disculpes. Llevo años escuchándoos follar como animales… Oyendo cómo Toñi se corre gritando tu nombre… y yo aquí sola, con el coño seco desde que murió Javier… Hasta hoy. Ver esto… —bajó la mirada otra vez a mi polla, que ya estaba medio dura— me ha puesto como una moto.Sin más, dio un paso más y me agarró la polla con la mano. Estaba caliente, suave, y empezó a masturbarme despacio, arriba y abajo, mirándome a los ojos.—Quiero follar contigo, Juan. Ahora. Aquí o en mi casa. Pero quiero sentir esta verga dentro de mí otra vez después de tanto tiempo.No pude decir que no. Mi relación con mi mujer era abierta desde hacía cuarenta años; nos lo contábamos todo, nos excitaba. Y Conchi… Conchi me estaba poniendo como un toro.—Vamos a tu casa —le dije con la voz ronca—. Quiero follarte en la cama donde Javier te hacía gritar.Sus ojos brillaron. Me agarró de la mano, aún con mi polla en la otra, y cruzamos el descansillo casi corriendo. Cerró la puerta de su casa y me llevó directamente al dormitorio. El olor a mujer mayor, a crema Nivea y a deseo contenido me golpeó.La cama era grande, con sábanas blancas y un cabecero de madera antigua. En la pared de enfrente, un espejo enorme de cuerpo entero. Conchi se quitó la bata de un tirón. Debajo no llevaba nada. Sus tetas grandes y caídas se balancearon, los pezones oscuros y grandes como monedas. Su coño, cubierto de vello grisáceo pero bien recortado, ya brillaba de humedad.—Quiero verte follarme en el espejo —dijo, empujándome hacia la cama—. Quiero verme cabalgar esta polla gorda.Me tumbé boca arriba. Mi polla ya estaba dura como una barra de hierro, apuntando al techo, venosa y con el capullo hinchado y morado. Conchi se subió encima de mí, a horcajadas. Agarró mi verga con las dos manos, la apuntó a su entrada y se dejó caer despacio.—Ay, Dios… Qué gruesa… —gimió mientras se empalaba—. Me estás partiendo el coño, cabrón…Su coño estaba sorprendentemente apretado para una mujer de su edad. Caliente, húmedo, resbaladizo. Empezó a moverse arriba y abajo, sus tetas balanceándose, los pezones rozando mi pecho. Yo agarré sus caderas anchas y la ayudé a subir y bajar.—Mírate en el espejo, Conchi… Mira cómo te follo… Mira cómo te tragas mi polla entera…Ella giró la cabeza. En el reflejo se veía todo: su culo grande abriéndose y cerrándose sobre mi verga, mi polla entrando y saliendo brillante de sus jugos, sus tetas botando, su cara de pura lujuria.—Joder… Me veo como una puta… Me encanta… —jadeó.Aceleró el ritmo. El sonido de sus nalgas chocando contra mis muslos llenaba la habitación. Sus jugos me empapaban las pelotas. Yo subí las manos y le pellizqué los pezones duros.—Más fuerte, Juan… Fóllame como a tu mujer… Quiero correrme como ella…La agarré del culo y empecé a bombear desde abajo, clavándosela hasta el fondo. Ella gritaba, la cabeza echada hacia atrás.—¡Sí, sí, así! ¡Me estás rompiendo el coño, cabrón! ¡Dame más polla!Sentí que se acercaba. Su coño empezó a apretarme en espasmos. Gritó, se clavó hasta el fondo y se quedó temblando.—¡Me corro, me corrooo! ¡Sí, sí, métemela toda, joder!Su orgasmo fue largo, intenso. Me apretó tanto que casi me corro yo también. Cuando terminó, se derrumbó sobre mi pecho, jadeando.—Ahora quiero que me folles tú… —susurró—. Quiero sentirte encima, quiero que me abras de piernas y me folles como un animal hasta que te corras dentro.Me puse encima de ella. Le abrí las piernas hasta casi partirla. Su coño estaba rojo, hinchado, chorreando. Apunté mi polla y la metí de un solo golpe.—Así… Así, Juan… Fóllame fuerte… Quiero sentir cómo me llenas de leche…Empecé a bombear como un poseso. Sus tetas se movían como locas. Ella se mordía los labios, los ojos clavados en el espejo, viendo cómo mi culo subía y bajaba, cómo mi polla entraba y salía de su coño maduro.—Mira cómo te follo, Conchi… Mira cómo te parto el coño con esta polla…—¡Sí, pártemelo! ¡Fóllame más fuerte, coño! ¡Quiero tu leche dentro!No pude aguantar más. Sentí el orgasmo subir desde las pelotas.—Me voy a correr… Me corro dentro, Conchi…—¡Sí, córrete! ¡Lléname el coño de leche caliente, cabrón!Grité y me clavé hasta el fondo. Mi polla explotó, chorro tras chorro, llenándola de semen caliente. Ella volvió a correrse conmigo, arañándome la espalda.Cuando terminamos, nos quedamos abrazados, sudados, jadeando. Su coño aún palpitaba alrededor de mi polla medio dura.Después, mientras recuperábamos el aliento, Conchi me miró preocupada.—Juan… No quiero meterte en líos con tu mujer…Sonreí y le acaricié el pelo.—Tranquila, preciosa. Llevamos cuarenta años con relación abierta. Nos lo contamos todo. Esta noche, cuando Toñi llegue, se lo contaré con todo lujo de detalles… Y se va a poner cachonda perdida.Sus ojos se iluminaron.—¿De verdad? ¿No os importa?—Nunca nos ha importado. El sexo es placer, no propiedad. El amor sí es exclusivo, pero el sexo… El sexo es para disfrutarlo. Y tú acabas de despertar algo que teníamos dormido.Conchi sonrió, pícara, y bajó la mano a mi polla, que volvía a endurecerse.—Pues si es así… Quiero darte las gracias como se merece…Se arrodilló entre mis piernas y se metió mi polla en la boca sin dudar. Chupó con hambre, saboreando sus propios jugos mezclados con mi semen. Me miró a los ojos mientras lamía el capullo, tragándose todo.—Quiero que te corras en mi boca… Quiero tragarme toda tu leche…No tardé mucho. La visión de esa mujer mayor chupándome la polla como una jovencita me volvió loco. La agarré del pelo y me corrí en su boca, chorro tras chorro. Ella tragó todo, lamiéndose los labios.—Delicioso… —susurró.Nos vestimos entre risas y besos. Sabíamos que aquello era solo el principio. Cada mañana, después de la ducha, Conchi tocaría a mi puerta. Y yo la follaría en su cama, delante del espejo, hasta que los dos nos corriéramos gritando.

Comentarios
Publicar un comentario