El martes al mediodía el sol pegaba fuerte en el jardín trasero. Habíamos abierto la piscina climatizada y estábamos las cuatro personas (Hugo había pedido el día libre “por asuntos familiares”) tumbadas en las hamacas, completamente desnudos, aceitados, con las copas de vino blanco en la mano y el aire cargado de sexo reciente. Diego se había quedado a dormir y ahora roncaba plácidamente con la cabeza apoyada en el muslo de Mona, su polla aún medio dura brillando con restos de nuestra mezcla.
Entonces sonó el timbre de la puerta principal. Dos veces, insistente.Hugo se levantó, sin molestarse en ponerse nada, y fue a abrir. Regresó al jardín seguido de Javier, el vecino de enfrente, cuarentón, arquitecto, separado hace un año y con fama de ser el más discreto del barrio… hasta ese momento.Javier se quedó clavado en el césped, con la carpeta de planos bajo el brazo, mirando la escena como si le hubieran dado un mazazo: Hugo desnudo y empalmado, yo tumbada boca abajo con el culo lleno de huellas de manos, Mona con las tetas al aire y Diego roncando, Laura chupándose los dedos llena de semen seco en el vientre.—Perdón… venía a hablar del proyecto de la pérgola —balbuceó Javier, pero sus ojos no se despegaban de mi coño abierto y brillante.Hugo sonrió, le puso una mano en el hombro y cerró la puerta del jardín con el pie.—Javi, colega, creo que la pérgola puede esperar cinco minutos. ¿O prefieres unirte y luego hablamos de medidas?Javier tragó saliva. Vi cómo su pantalón vaquero se tensaba al instante.Yo me incorporé sobre los codos, abrí las piernas un poco más y le guiñé un ojo.—Ven, Javier. Llevas meses saludándome por encima de la valla con esa cara de querer comerme viva. Hoy es tu día de suerte.Él soltó los planos al suelo y, en dos zancadas, se plantó delante de mí. Hugo ya le estaba bajando la cremallera mientras Mona se levantaba y le quitaba la camisa. Diego abrió un ojo, sonrió y murmuró un “bienvenido al club” antes de volver a dormirse.Javier tenía una polla preciosa: larga, recta, venosa, con la cabeza gorda y morada. Yo la lamí despacio, saboreando la gota que ya salía, mientras Hugo se colocaba detrás de él y le bajaba los pantalones hasta los tobillos.—¿Alguna vez te han comido el culo mientras te chupan la polla, vecino? —le preguntó Hugo al oído.Javier solo pudo gemir cuando Hugo se arrodilló y le abrió las nalgas, metiéndole la lengua sin miramientos. Yo me tragué su polla hasta la garganta, sintiendo cómo se ponía aún más dura con la lengua de mi marido en su ano.Mona y Laura se acercaron gateando. Mona se metió debajo de Javier y empezó a chuparle los huevos; Laura se puso a mi lado y nos turnamos la polla, lamiéndola de los lados, besándonos con ella en medio.—¡Joder, no aguanto! —gruñó Javier en menos de un minuto.Hugo se levantó, se untó la polla con aceite de coco y, sin pedir permiso, se la metió a Javier de un solo empujón lento pero implacable. Javier rugió, sus rodillas temblaron, pero empujó hacia atrás pidiendo más.Yo me tumbé en la hamaca, abrí las piernas y tiré de él.—Ahora fóllame mientras mi marido te folla a ti. Quiero sentir cómo te corres dentro con su polla en tu culo.Javier se dejó caer sobre mí, su polla entrando en mi coño hasta el fondo. Hugo empezó a bombear detrás de él, marcando el ritmo. Cada embestida de Hugo empujaba la polla de Javier más adentro de mí. Era como follar con los dos a la vez.Mona se subió a la hamaca, se puso en cuclillas sobre mi cara y me dio su coño recién follado por Diego.—Límpiamelo todo, Sandra, que todavía tengo leche del vecino dentro.Laura se colocó detrás de Hugo y empezó a lamerle el culo mientras él sodomizaba a Javier. Diego, ya despierto del todo, se unió y se metió debajo de Hugo para chuparle las bolas.El jardín era un coro de gemidos, carne contra carne, sudor y aceite.Javier fue el primero en romperse.—¡Me corro, hostia! ¡Me corro dentro de ti mientras tu marido me revienta el culo!Sentí sus chorros calientes inundándome, uno tras otro, mientras él gritaba como un animal. Hugo aceleró, agarrando a Javier por las caderas.—¡Toma, vecino! ¡Lléname el culo de leche tú también!Hugo se corrió con un rugido, clavándose hasta el fondo. Yo, sintiendo sus contracciones dentro de Javier, exploté también:—¡Sí, llenadme de corrida los dos! ¡Quiero vuestras leches mezcladas chorreando de mi coño!Mona se corrió en mi boca al mismo tiempo, chorros dulces y calientes que tragué sin perder una gota.Laura y Diego se corrieron mirándonos, ella sentada en la cara de él, él metiéndole cuatro dedos mientras se pajeaba.Cuando terminamos, Javier se derrumbó a mi lado, temblando, con el culo abierto y goteando semen de Hugo. Yo me senté encima de su cara sin avisar.—Ahora límpiame tú, vecino nuevo. Saca toda la leche que tienes dentro de mí con esa lengua.Él obedeció como un cachorro, lamiendo mi coño lleno de su propia corrida y la de Hugo, gimiendo de placer.Hugo se sirvió otra copa de vino, nos miró a todos y levantó la copa.—Por los buenos vecinos —brindó.Mona se rio, se sentó en la polla ya medio dura de Javier y empezó a moverse despacio.—Y por las buenas pérgolas… que se van a quedar para otro día.

Comentarios
Publicar un comentario