En el salón, las luces de las arañas destellaban, y el murmullo de las voces se mezclaba con el tintineo de las copas. Me movía entre la multitud con la gracia de una pantera, consciente de las miradas que me seguían. Entonces la vi: Valeria, una mujer de unos 45 años, impecable en un traje sastre negro que abrazaba su figura esbelta. Su cabello castaño caía en ondas perfectas, y sus labios, pintados de un rojo oscuro, parecían prometer pecados. Era la epitome de la elegancia, pero sus ojos, al cruzarse con los míos, desprendían una chispa de curiosidad y deseo.
Me acerqué, copa en mano, dejando que mi perfume floral envolviera el aire entre nosotras.
—Valeria, ¿verdad? —dije, extendiendo la mano con una sonrisa—. Soy Bella. He oído hablar de ti, pero verte en persona es… otra cosa.
Ella tomó mi mano, su tacto firme pero cálido, y su mirada recorrió mi cuerpo sin disimulo.
—Bella, un placer —respondió, su voz un terciopelo que me erizó la piel—. No esperaba encontrar a alguien tan… magnética esta noche.
Nos sentamos en un rincón del salón, donde la luz era más íntima. Hablamos de arte, de viajes, de la vida, pero cada palabra estaba cargada de una tensión que crecía como una tormenta. Sus dedos jugaban con el borde de su copa, y yo no podía evitar imaginarlos deslizándose por mi piel. La conversación derivó hacia temas más personales, y pronto confesó que, aunque su vida era un desfile de elegancia, anhelaba romper las reglas de vez en cuando.
—¿Y tú, Bella? —preguntó, inclinándose hacia mí, su aliento rozando mi oído—. ¿Qué te hace romper las reglas?
Sonreí, dejando que mi lengua humedeciera mis labios.
—Un buen desafío —susurré—. Alguien que no tenga miedo de llevarme al límite.
Sus ojos se oscurecieron, y supe que el juego había comenzado. Me invitó a su suite en el hotel, “para tomar una última copa”, dijo, pero ambas sabíamos que no se trataba de licor. Subimos en el ascensor en silencio, la tensión tan densa que casi podía tocarse. Cuando las puertas se abrieron, me tomó de la mano y me guio hacia su habitación, un espacio de lujo con vistas a la ciudad y una cama que parecía gritar posibilidades. Apenas cerró la puerta, me empujó suavemente contra ella, sus labios encontrando los míos en un beso lento pero hambriento. Sus manos, elegantes y seguras, recorrieron mi cintura, subiendo hasta rozar mis pechos por encima de la seda. Gemí contra su boca, y ella respondió con un mordisco suave en mi labio inferior. —Eres una tentación, Bella —murmuró, mientras sus dedos desabrochaban el cierre de mi vestido, dejándolo caer al suelo. —Y tú eres puro fuego, Valeria —respondí, deslizando su chaqueta por sus hombros, revelando una blusa de encaje que dejaba ver su piel pálida. La llevé a la cama, donde la despojé de su ropa con una mezcla de urgencia y reverencia. Su cuerpo era una obra de arte, maduro y sensual, con curvas que pedían ser exploradas. Me arrodillé entre sus piernas, mis manos separando sus muslos mientras ella me miraba con una mezcla de expectación y lujuria. —Lame mi clítoris, Bella —dijo, su voz temblando de deseo—. Hazme sentir viva. Obedecí, mi lengua trazando círculos lentos alrededor de su centro, saboreando su dulzura. Sus gemidos llenaron la habitación, elegantes incluso en su crudeza, mientras sus manos se enredaban en mi cabello, guiándome. “Pasa tu lengua por mi coño, así, joder”, ordenó, y yo intensifiqué el ritmo, succionando con delicadeza hasta que su cuerpo se arqueó, un grito ahogado escapando de sus labios. Su primer orgasmo fue como una sinfonía, y yo, la directora, no estaba lista para parar. Me levanté, besándola con hambre, dejando que probara su propio sabor en mi boca. Sus manos, ahora más audaces, bajaron por mi cuerpo, explorando cada rincón. Me quitó el sujetador, liberando mis pechos, y sus labios se cerraron alrededor de un pezón, succionando con una intensidad que me hizo gemir fuerte. —Fóllame, Valeria —susurré, mi voz rota por el deseo—. Quiero sentirte dentro. Ella sonrió, una mezcla de elegancia y picardía, y buscó en su mesita de noche un juguete que hizo que mis ojos se abrieran con anticipación. Era un vibrador elegante, como todo en ella, y lo usó con maestría, deslizándolo lentamente dentro de mí mientras sus labios seguían torturando mis pechos. “Mírame, Bella, mira cómo te hago mía”, dijo, y yo obedecí, perdida en el placer que me recorría. Cada embestida del juguete, combinada con su lengua en mi piel, me llevaba más cerca del borde. —Lléname, joder, hazme gritar —le pedí, mis uñas clavándose en sus hombros. El orgasmo me golpeó como una ola, mi cuerpo temblando mientras gritaba su nombre, el placer tan intenso que casi dolía. Pero Valeria no se detuvo. Me dio la vuelta, poniéndome a cuatro patas, y sus manos acariciaron mi trasero antes de que el vibrador volviera a encontrarme, esta vez desde un ángulo que me hizo ver estrellas. “Eres tan apretada, tan perfecta”, murmuró, y sus palabras me encendieron aún más. —Córrete conmigo, Valeria —gemí, mientras ella se tocaba, sincronizando su placer con el mío. El segundo clímax nos alcanzó juntas, nuestros gemidos mezclándose en un coro de éxtasis. Colapsamos en la cama, sudorosas, jadeando, con la ciudad brillando allá afuera como testigo de nuestra pasión. Nos quedamos allí, riendo suavemente, nuestras manos todavía entrelazadas, mientras la noche se desvanecía. —Eres peligrosa, Bella —dijo Valeria, trazando círculos en mi espalda. —Y tú eres adictiva —respondí, besándola una última vez antes de levantarme. Me vestí lentamente, dejando que sus ojos me devoraran una vez más. Sabía que esto no sería un adiós, sino un “hasta pronto”. Porque yo, Bella, siempre busco más. Si quieres ser parte de mi mundo, mi Telegram es BellaAnnet. ¿Te atreves?

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