ERA UNA NOCHE, de esas que invitan a perderse en la penumbra. Había quedado con Sofía, una mujer de 34 años que conocí en una app de citas. Sus mensajes eran un juego de seducción: palabras precisas, cargadas de intenciones, que me dejaban con un cosquilleo en la piel. “Quiero probarte, Bella. Quiero saber si eres tan ardiente como dices”, escribió. Mi respuesta fue directa: “Ven a mi apartamento esta noche. Trae tu fuego”. Quedamos a las diez, y el aire ya se sentía cargado de promesas.
Me preparé con cuidado, como si cada detalle fuera parte del ritual. Elegí un conjunto de lencería negro de encaje, apenas cubriendo lo esencial, y un vestido corto de satén que se deslizaba por mi cuerpo como una caricia. Mi cabello suelto caía en ondas sobre mis hombros, y un toque de perfume floral completaba la escena. Cuando sonó el timbre, mi corazón dio un vuelco. Abrí la puerta, y allí estaba Sofía: alta, con una melena rubia que rozaba su cintura, unos jeans ajustados que marcaban sus caderas y una blusa blanca que dejaba entrever la curva de sus pechos. Sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo, y una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios.
—Bella, eres un peligro —dijo, su voz baja, casi un ronroneo.
—Y tú, Sofía, pareces lista para quemarte conmigo —respondí, invitándola a pasar con un gesto lento.
Cerré la puerta, y el mundo exterior quedó atrás. Puse música suave, un ritmo latino que envolvía la habitación, y serví dos copas de vino tinto. Nos sentamos en el sofá, pero la distancia entre nosotras duró poco. Sus dedos rozaron mi rodilla mientras hablábamos, y cada toque era una chispa. Hablamos de nuestras vidas, de nuestras fantasías, de cómo la ciudad nos había unido en este momento. Pero las palabras pronto se volvieron innecesarias. La tensión entre nosotras era un hilo a punto de romperse.
Me acerqué, dejando mi copa en la mesa, y tomé su rostro entre mis manos. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, que pronto se volvió voraz. Su lengua danzó con la mía, y un gemido escapó de mi garganta cuando sus manos se deslizaron por mi cintura, apretándome contra ella. El satén de mi vestido era una barrera frágil, y sus dedos no tardaron en encontrar el borde, levantándolo para acariciar la piel desnuda de mis muslos. —Eres tan suave, Bella —murmuró contra mi boca, mientras sus manos subían, rozando el encaje de mis bragas. —Y tú me estás volviendo loca —respondí, mordiendo su labio inferior antes de empujarla suavemente hacia el sofá. Me senté a horcajadas sobre ella, sintiendo el calor de su cuerpo bajo el mío. Le quité la blusa con urgencia, dejando al descubierto un sujetador de encaje rojo que contrastaba con su piel clara. Mis manos exploraron sus pechos, liberándolos, y mis labios encontraron un pezón, succionando con suavidad mientras ella gemía, arqueando la espalda. —Lame mi clítoris, Bella —susurró, su voz temblando de deseo—. Quiero tu boca en mí. La obedecí sin dudar. La hice recostarse, desabrochando sus jeans y deslizándolos por sus piernas junto con su ropa interior. Su cuerpo era una obra maestra, y yo estaba lista para adorarlo. Me arrodillé entre sus muslos, mi lengua trazando un camino lento desde su ombligo hasta su centro. Cuando la toqué, su sabor me envolvió, dulce y embriagador. “Pasa tu lengua por mi coño, joder, así”, gimió, y yo intensifiqué el ritmo, succionando su clítoris mientras mis dedos se deslizaban dentro de ella, explorando su calor. Sus manos se enredaron en mi cabello, guiándome, mientras sus caderas se movían contra mi boca. Sus gemidos eran música, cada vez más altos, más desesperados. “No pares, Bella, me voy a correr”, gritó, y segundos después, su cuerpo tembló bajo el primer orgasmo, un grito ronco escapando de sus labios. La miré, con su rostro sonrojado y sus ojos brillando de placer, y supe que esto era solo el comienzo. Me levanté, besándola con hambre, dejando que probara su propio sabor en mi lengua. Sus manos, ahora más audaces, bajaron por mi cuerpo, arrancándome el vestido y el sujetador en un movimiento rápido. Sus labios recorrieron mi cuello, mis pechos, deteniéndose en cada pezón hasta hacerme gemir. “Fóllame, Sofía”, le pedí, mi voz rota por la urgencia. “Quiero sentirte dentro”. Ella sonrió, una chispa de picardía en sus ojos, y me llevó a la cama. Me tumbó con suavidad, pero no había nada suave en la forma en que me miraba, como si quisiera devorarme. Buscó en su bolso un pequeño vibrador, y la anticipación me hizo estremecer. Se colocó entre mis piernas, sus dedos abriendo paso mientras el juguete se deslizaba dentro de mí, enviando ondas de placer por todo mi cuerpo. “Mírame, Bella, mira cómo te hago mía”, dijo, y yo obedecí, perdida en sus ojos mientras el vibrador encontraba mi punto más sensible. —Más rápido, joder, rómpeme —gemí, mis uñas clavándose en sus brazos. Ella aumentó el ritmo, sus labios volviendo a mis pechos, succionando con fuerza mientras el vibrador me llevaba al borde. El primer orgasmo me golpeó como un relámpago, mi cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre. Pero Sofía no se detuvo. Me dio la vuelta, poniéndome a cuatro patas, y sus manos acariciaron mi trasero antes de que el vibrador volviera a encontrarme, esta vez desde un ángulo que me hizo ver estrellas. “Eres tan apretada, tan perfecta”, murmuró, y sus palabras me encendieron aún más. —Córrete conmigo, Sofía —le pedí, mientras ella se tocaba, sincronizando su placer con el mío. El segundo clímax nos alcanzó juntas, nuestros gemidos mezclándose en un coro de éxtasis. Colapsamos en la cama, sudorosas, jadeando, con nuestros cuerpos todavía entrelazados. Nos quedamos allí, riendo suavemente, nuestras manos explorando con calma lo que antes habíamos devorado con urgencia. Hablamos hasta la madrugada, compartiendo sueños, deseos y un cigarrillo que selló la noche. —Eres un huracán, Bella —dijo Sofía, trazando círculos en mi espalda. —Y tú eres mi tormenta perfecta —respondí, besándola una última vez antes de que el sueño nos reclamara. A la mañana siguiente, nos despedimos con una promesa tácita de volver a encontrarnos. Porque yo, Bella, siempre busco más. Si quieres ser parte de mi mundo, mi Telegram es BellaAnnet. ¿Te atreves?
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