ERA VIERNES, la ciudad tenia ese toque fresco que invita a salir. Había quedado con Lucas, un chico que contacté por Telegram tras unos mensajes subidos de tono que me dejaron con un cosquilleo en la piel. Lucas, de 35 años, tenía una voz grave que me erizó la nuca desde el primer audio que me envió. “Quiero verte, Bella. Quiero saber si eres tan ardiente como suenas”, escribió. Y yo, con una sonrisa pícara, respondí: “Ven y descúbrelo”. Quedamos en un bar en la Zona T, un lugar con luces tenues, música suave y un ambiente que prometía complicidad.
Me puse un vestido negro ajustado, con un escote que dejaba poco a la imaginación y una falda que abrazaba mis caderas como una caricia. Mis tacones resonaban en el pavimento mientras caminaba hacia el bar, sintiendo las miradas de los transeúntes. Me encanta esa sensación, saber que mi cuerpo despierta deseos, que mi energía atrae como un imán. Entré al lugar, y allí estaba Lucas, sentado en una esquina, con una camisa blanca que marcaba sus hombros anchos y una mirada que me desnudó en segundos.
—Bella, eres aún más hermosa en persona —dijo, levantándose para saludarme con un beso en la mejilla que rozó peligrosamente la comisura de mis labios.
—Tú no estás nada mal, Lucas —respondí, dejando que mi voz se volviera un susurro seductor mientras me sentaba frente a él.
La conversación fluyó como el licor que pedimos. Hablamos de todo y de nada: de mi vida en Bogotá, de nuestras fantasías eróticas, de esos momentos en los que el deseo se apodera de todo. Cada palabra suya era un anzuelo, y yo me dejaba atrapar. Sus manos, fuertes y definidas, jugaban con el borde de su vaso, y yo no podía evitar imaginarlas recorriendo mi piel. La tensión entre nosotros crecía, y el aire se cargaba de una electricidad que hacía que mis muslos se apretaran bajo la mesa.
—¿Sabes, Bella? —dijo, inclinándose hacia mí, su voz baja y cargada de intenciones—. Creo que no deberíamos quedarnos solo en palabras. Sonreí, dejando que mi lengua rozara mi labio inferior. —Entonces, ¿qué propones? —pregunté, sabiendo perfectamente a dónde nos llevaba esto. —Mi apartamento está a unas calles. Quiero mostrarte algo más… personal. No necesité más. Pagué mi parte de la cuenta, aunque él insistió en cubrirlo todo, y salimos del bar. La noche malagueña nos envolvió mientras caminábamos, mi mano rozando la suya, nuestros cuerpos cada vez más cerca. Cuando llegamos a su edificio, el ascensor fue el primer escenario de nuestra urgencia. Apenas se cerraron las puertas, sus labios encontraron los míos. El beso fue hambriento, desesperado, nuestras lenguas danzando con una intensidad que me hizo gemir contra su boca. Sus manos se deslizaron por mi cintura, bajando hasta apretar mi trasero con fuerza. —Eres puro fuego, Bella —murmuró contra mi piel, mientras sus labios bajaban por mi cuello. —Y tú no tienes idea de lo que te espera —respondí, mordiendo su lóbulo con suavidad. Entramos a su apartamento, una mezcla perfecta de modernidad y calidez. No hubo tiempo para recorrerlo. Me empujó suavemente contra la pared, y nuestras bocas volvieron a encontrarse. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando con fuerza mientras él levantaba mi vestido, dejando al descubierto el encaje negro de mi ropa interior. Sus dedos encontraron el borde de mis bragas, y un jadeo escapó de mis labios cuando rozó mi piel sensible. —Estás tan mojada —susurró, y su voz era pura lujuria. —Lame mi clítoris, Lucas —dije, sin rodeos, mi voz cargada de deseo—. Quiero sentir tu lengua en mi coño. No necesitó más invitación. Se arrodilló frente a mí, y sus manos separaron mis muslos con una mezcla de delicadeza y urgencia. Cuando su lengua tocó mi centro, un relámpago de placer recorrió mi cuerpo. Gemí fuerte, sin importarme quién pudiera escucharnos. Su boca era experta, succionando, lamiendo, explorando cada rincón de mi intimidad. “Pásala más rápido, así, joder”, le ordené, y él obedeció, intensificando el ritmo hasta que mis piernas temblaron. Mis manos se aferraron a su cabeza, guiándolo, mientras mi cuerpo se arqueaba contra la pared. —Eres deliciosa, Bella —dijo entre lamidas, y sus palabras me encendieron aún más. El primer orgasmo llegó como una ola, arrasando con todo. Grité su nombre, mis uñas clavándose en sus hombros mientras el placer me desgarraba. Pero no estaba satisfecha, no aún. Quería más, mucho más. Lo jalé hacia arriba, besándolo con hambre, saboreándome en su boca. Le quité la camisa con un movimiento rápido, dejando al descubierto su pecho firme, y mis manos bajaron hasta desabrochar su cinturón. —Fóllame, Lucas —susurré, mirándolo a los ojos mientras deslizaba su pantalón hacia abajo—. Quiero sentirte dentro, ahora. —Quiero sentir como tu polla taladra mi coño, me lo penetra y lo deshace de placer—seguí diciéndole.
Me levantó en sus brazos como si no pesara nada, llevándome al sofá. Me acostó con suavidad, pero no había nada suave en la forma en que me miraba, como si quisiera devorarme. Se deshizo de su ropa interior, y mi respiración se cortó al ver su erección, dura y lista para mí. Me quité las bragas, dejándolas caer al suelo, y abrí las piernas, invitándolo.
—Lléname con tu leche —le dije, mi voz un gemido mientras me tocaba frente a él, provocándolo.
Se acercó, posicionándose entre mis piernas, y la primera embestida me arrancó un grito. Era perfecto, llenándome por completo, cada movimiento suyo enviando ondas de placer a través de mi cuerpo. “Más fuerte, joder, rómpeme”, le pedí, y él aumentó el ritmo, sus caderas chocando contra las mías con una intensidad que me hacía perder el control. Mis uñas se clavaron en su espalda, marcándolo, mientras él gruñía mi nombre.
—Eres tan apretada, Bella, mierda —dijo, su voz rota por el deseo.
—Córrete dentro, quiero sentirte —respondí, mis palabras entrecortadas por los gemidos.
El segundo orgasmo me golpeó con fuerza, mi cuerpo convulsionando bajo el suyo mientras él seguía moviéndose, prolongando mi éxtasis. Sentí su calor llenándome, y sus propios gemidos se mezclaron con los míos mientras alcanzaba su clímax. Nos quedamos allí, jadeando, sudorosos, con nuestros cuerpos todavía entrelazados.
Pero la noche no terminó ahí. Nos movimos a su cama, donde exploramos cada rincón del otro. Me puse encima, cabalgándolo con una lentitud torturante al principio, dejando que cada movimiento nos llevara al borde. —Mírame, Lucas, mira cómo te follo—le dije, y sus manos apretaron mis caderas, guiándome mientras yo marcaba el ritmo. Era excitante estar encima de el con su polla cubriendo todo mi coño, sintiendo como palpitaba y me rozaba las pareces de mi vagina. Otro orgasmo, más intenso que los anteriores, me hizo gritar hasta quedar sin voz. Pero notaba como me venia otro, estaba super cachonda. —Ves hijo de puta, como te follo, ¿te han follado así alguna vez, cabrito?—le insultaba en el fragor de mi éxtasi.
Horas después, exhaustos pero satisfechos, nos quedamos tumbados, con la sábana apenas cubriendo nuestros cuerpos. Hablamos, reímos, y compartimos un cigarrillo mientras la ciudad seguía su ritmo allá afuera. Lucas fue solo el comienzo, porque yo, Bella, no me conformo con una sola noche. Quiero más, siempre más. Si quieres ser parte de mi mundo, ya sabes dónde encontrarme: BellaAnnet en Telegram.

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