La tarde cayó lenta y pesada sobre la casa. Hugo había salido a jugar al pádel con amigos y no volvería hasta la noche. Yo seguía flotando en la nube de lo que había pasado por la mañana con Laura: su sabor aún me rondaba la lengua, sus gemidos resonaban en mi cabeza cada vez que cerraba los ojos. Ella se había quedado dormida en mi cama después de la tercera ronda, con las piernas temblorosas y mi sabor entre sus muslos. Yo bajé a ducharme y a preparar algo de cena, intentando parecer normal, como si no acabara de abrir la caja de Pandora.
Entonces llegó Mona.Entró con su llave, tirando la mochila al suelo del recibidor y gritando un “¡Ya estoy en casa!” que retumbó en toda la planta baja. Subí las escaleras deprisa, con el albornoz todavía puesto y el pelo húmedo.—Hola, cariño —la saludé, intentando que la voz no me temblara.
Mona tiene veintidós años, es la viva imagen de su padre pero con mi carácter: alta, morena, con curvas que no pasa desapercibidas y esa seguridad que da saber que te miran. Llevaba un top corto y unos leggings que marcaban cada músculo de sus piernas. Me dio un abrazo rápido y subió directa al cuarto de invitados.—Voy a cambiarme y a despertar a Laura, que la tía lleva todo el día durmiendo —dijo riéndose.El corazón me dio un vuelco.—Espera, Mona… —empecé, pero ya estaba abriendo la puerta.Silencio. Un silencio denso y peligroso.Yo subí detrás de ella. Cuando llegué al umbral, Mona estaba parada en mitad de la habitación, mirando la cama donde Laura seguía desnuda, boca abajo, con las sábanas enredadas en los tobillos y marcas de mis dientes en el culo. El aire olía a sexo, a nosotras.Laura se despertó sobresaltada, se incorporó de golpe y se cubrió con la almohada.Mona giró la cabeza lentamente hacia mí. Sus ojos eran dos lagos negros, brillantes.—¿En serio, Sandra? —dijo, pero no sonaba enfadada. Sonaba… intrigada.Yo tragué saliva. No había escapatoria.—No ha sido planeado —murmuré—. Ha pasado y… ha sido increíble.Mona cerró la puerta con el pie. Se quitó la goma del pelo, dejando que su melena cayera en cascada, y se acercó a la cama con una sonrisa lenta, casi felina.—¿Y a mí no me vais a invitar? —preguntó, con esa voz grave que pone cuando está cachonda.Laura me miró, asustada y excitada a la vez. Yo solo asentí, sintiendo cómo el coño se me volvía a empapar al instante.Mona se quitó el top sin prisa. Debajo no llevaba sujetador; sus tetas son más grandes que las mías, firmes, con pezones oscuros que ya estaban duros. Se bajó los leggings y las bragas de una vez, quedándose tan desnuda como nosotras. Su coño estaba perfectamente depilado, los labios gordos y ya brillantes.—Siempre he querido saber cómo sabe mi madrastra —dijo, mirándome fijamente.Se acercó a mí primero. Me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca mientras sus manos bajaban directas a mi culo. Yo gemí contra sus labios; era como besarme a mí misma pero más joven, más salvaje. Laura nos miraba con los ojos muy abiertos, tocándose ya otra vez.Mona me empujó hacia la cama y se puso a cuatro patas encima de mí, su coño justo encima de mi cara.—Lámeme, Sandra. Quiero correrme en tu lengua mientras miro cómo mi amiga se toca pensando en ti.No me hice de rogar. La agarré de las caderas y hundí la cara entre sus piernas. Estaba empapada, sabía más fuerte que Laura, más mujer, más prohibido. Lamí su clítoris con avidez, chupándolo, metiendo la lengua dentro de ella mientras ella gemía alto y se mecía contra mi boca.Laura se acercó gateando, se colocó entre mis piernas abiertas y empezó a lamerme a mí, imitando lo que yo le había hecho por la mañana. Sentí su lengua inexperta pero ansiosa, lamiendo mi coño como si fuera un helado que se le escapaba.—Joder, qué rico sabe tu coño, Sandra —dijo Mona entre jadeos—. Siempre me he imaginado esto cuando te veía en bikini en la piscina.Yo solo podía gemir contra su sexo, follándola con la lengua mientras Laura me comía con más y más confianza, metiendo dos dedos dentro de mí y curvándolos justo donde más me gusta.Mona se giró de pronto, se puso en posición 69 conmigo. Su boca cayó sobre mi clítoris como una loba hambrienta.—Ahora te voy a hacer gritar, mamá —susurró antes de succionar tan fuerte que vi estrellas.Laura se colocó detrás de Mona, le abrió el culo con las manos y empezó a lamerle el ano mientras yo la comía por delante. Mona gritó contra mi coño, el sonido vibrando en mi clítoris.—¡Sí, lameme el culo, zorra! ¡Las dos, no paréis!El cuarto era un caos de gemidos, lenguas y jugos. Mona se corrió primero, temblando entera, chorros calientes cayendo sobre mi cara mientras gritaba “¡Me corro, joder, me corro en la boca de mi madrastra!”.Yo no aguanté más. Con Laura metiéndome tres dedos y Mona chupándome el clítoris como si quisiera arrancármelo, exploté en un orgasmo brutal, gritando:—¡Soy vuestra puta, corredme las dos, quiero vuestros coños en mi cara toda la vida!Laura fue la última. La pusimos en el centro de la cama, Mona sentada sobre su cara y yo entre sus piernas con cuatro dedos dentro de su coño apretado, follándola sin piedad mientras le chupaba el clítoris hinchado.—Ahora te toca a ti, pequeña guarra —le dijo Mona, moviéndose encima de su boca—. Cómete mi coño mientras Sandra te revienta el tuyo.Laura se corrió gritando contra el coño de Mona, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza, chorros de corrida empapando las sábanas otra vez. Nos derrumbamos las tres, sudorosas, temblando, riéndonos como locas.Mona me miró, acariciándome el pelo.—Esto va a ser nuestro secreto de fin de semana… o no —dijo, guiñándome un ojo.Laura, con la cara brillante de jugos, solo sonrió.Yo besé a las dos, una tras otra, saboreando la mezcla de todas nosotras en sus labios.—Tenemos toda la noche por delante —susurré.Y la tuvimos. Y la mañana siguiente. Y nadie volvió a dormir en el cuarto de invitados.
Mona tiene veintidós años, es la viva imagen de su padre pero con mi carácter: alta, morena, con curvas que no pasa desapercibidas y esa seguridad que da saber que te miran. Llevaba un top corto y unos leggings que marcaban cada músculo de sus piernas. Me dio un abrazo rápido y subió directa al cuarto de invitados.—Voy a cambiarme y a despertar a Laura, que la tía lleva todo el día durmiendo —dijo riéndose.El corazón me dio un vuelco.—Espera, Mona… —empecé, pero ya estaba abriendo la puerta.Silencio. Un silencio denso y peligroso.Yo subí detrás de ella. Cuando llegué al umbral, Mona estaba parada en mitad de la habitación, mirando la cama donde Laura seguía desnuda, boca abajo, con las sábanas enredadas en los tobillos y marcas de mis dientes en el culo. El aire olía a sexo, a nosotras.Laura se despertó sobresaltada, se incorporó de golpe y se cubrió con la almohada.Mona giró la cabeza lentamente hacia mí. Sus ojos eran dos lagos negros, brillantes.—¿En serio, Sandra? —dijo, pero no sonaba enfadada. Sonaba… intrigada.Yo tragué saliva. No había escapatoria.—No ha sido planeado —murmuré—. Ha pasado y… ha sido increíble.Mona cerró la puerta con el pie. Se quitó la goma del pelo, dejando que su melena cayera en cascada, y se acercó a la cama con una sonrisa lenta, casi felina.—¿Y a mí no me vais a invitar? —preguntó, con esa voz grave que pone cuando está cachonda.Laura me miró, asustada y excitada a la vez. Yo solo asentí, sintiendo cómo el coño se me volvía a empapar al instante.Mona se quitó el top sin prisa. Debajo no llevaba sujetador; sus tetas son más grandes que las mías, firmes, con pezones oscuros que ya estaban duros. Se bajó los leggings y las bragas de una vez, quedándose tan desnuda como nosotras. Su coño estaba perfectamente depilado, los labios gordos y ya brillantes.—Siempre he querido saber cómo sabe mi madrastra —dijo, mirándome fijamente.Se acercó a mí primero. Me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca mientras sus manos bajaban directas a mi culo. Yo gemí contra sus labios; era como besarme a mí misma pero más joven, más salvaje. Laura nos miraba con los ojos muy abiertos, tocándose ya otra vez.Mona me empujó hacia la cama y se puso a cuatro patas encima de mí, su coño justo encima de mi cara.—Lámeme, Sandra. Quiero correrme en tu lengua mientras miro cómo mi amiga se toca pensando en ti.No me hice de rogar. La agarré de las caderas y hundí la cara entre sus piernas. Estaba empapada, sabía más fuerte que Laura, más mujer, más prohibido. Lamí su clítoris con avidez, chupándolo, metiendo la lengua dentro de ella mientras ella gemía alto y se mecía contra mi boca.Laura se acercó gateando, se colocó entre mis piernas abiertas y empezó a lamerme a mí, imitando lo que yo le había hecho por la mañana. Sentí su lengua inexperta pero ansiosa, lamiendo mi coño como si fuera un helado que se le escapaba.—Joder, qué rico sabe tu coño, Sandra —dijo Mona entre jadeos—. Siempre me he imaginado esto cuando te veía en bikini en la piscina.Yo solo podía gemir contra su sexo, follándola con la lengua mientras Laura me comía con más y más confianza, metiendo dos dedos dentro de mí y curvándolos justo donde más me gusta.Mona se giró de pronto, se puso en posición 69 conmigo. Su boca cayó sobre mi clítoris como una loba hambrienta.—Ahora te voy a hacer gritar, mamá —susurró antes de succionar tan fuerte que vi estrellas.Laura se colocó detrás de Mona, le abrió el culo con las manos y empezó a lamerle el ano mientras yo la comía por delante. Mona gritó contra mi coño, el sonido vibrando en mi clítoris.—¡Sí, lameme el culo, zorra! ¡Las dos, no paréis!El cuarto era un caos de gemidos, lenguas y jugos. Mona se corrió primero, temblando entera, chorros calientes cayendo sobre mi cara mientras gritaba “¡Me corro, joder, me corro en la boca de mi madrastra!”.Yo no aguanté más. Con Laura metiéndome tres dedos y Mona chupándome el clítoris como si quisiera arrancármelo, exploté en un orgasmo brutal, gritando:—¡Soy vuestra puta, corredme las dos, quiero vuestros coños en mi cara toda la vida!Laura fue la última. La pusimos en el centro de la cama, Mona sentada sobre su cara y yo entre sus piernas con cuatro dedos dentro de su coño apretado, follándola sin piedad mientras le chupaba el clítoris hinchado.—Ahora te toca a ti, pequeña guarra —le dijo Mona, moviéndose encima de su boca—. Cómete mi coño mientras Sandra te revienta el tuyo.Laura se corrió gritando contra el coño de Mona, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza, chorros de corrida empapando las sábanas otra vez. Nos derrumbamos las tres, sudorosas, temblando, riéndonos como locas.Mona me miró, acariciándome el pelo.—Esto va a ser nuestro secreto de fin de semana… o no —dijo, guiñándome un ojo.Laura, con la cara brillante de jugos, solo sonrió.Yo besé a las dos, una tras otra, saboreando la mezcla de todas nosotras en sus labios.—Tenemos toda la noche por delante —susurré.Y la tuvimos. Y la mañana siguiente. Y nadie volvió a dormir en el cuarto de invitados.

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