El lunes por la mañana la casa olía todavía a sexo y a café recién hecho. Hugo se había ido al trabajo con una sonrisa de oreja a oreja y un beso de despedida a cada una de nosotras: primero a mí, luego a Mona en la boca, y por último a Laura, que se había quedado hasta el miércoles. Yo estaba en la cocina en albornoz, preparando tortilla, cuando sonó el timbre.
Abrí sin pensar. Era Diego, el vecino de al lado, cincuenta años, divorciado, profesor de educación física y, según las señoras del barrio, “muy bien puesto”. Llevaba una caja de herramientas en la mano y cara de circunstancias.—Sandra, perdona que moleste tan temprano —dijo, mirando por encima de mi hombro—. Ayer con la tormenta se rompió una rama del cerezo y ha caído en tu jardín. He venido a cortarla antes de que haga más daño.Noté cómo sus ojos bajaban un segundo al escote del albornoz, que apenas se cerraba después del fin de semana. Sonreí.—Pasa, Diego, justo estábamos desayunando.Él dudó, pero entró. Y entonces apareció Mona, completamente desnuda, bajando las escaleras con una naturalidad pasmosa, el pelo revuelto y marcas de chupetones en el cuello y las tetas.—Sandra, ¿dónde dejaste el lubricante de fresa? —preguntó en voz alta, sin verlo aún.Diego se quedó de piedra. Mona se paró en el último escalón, lo miró de arriba abajo y, en vez de taparse, sonrió como una diabla.—Uy, hola, vecino. ¿Vienes a unirte?Laura salió detrás de ella, también desnuda, con el coño aún algo rojo de la noche anterior, y se apoyó en la barandilla.—¿Quién es, Mona?Diego tragó saliva, la caja de herramientas temblándole en la mano.Yo cerré la puerta a su espalda y le quité la caja con suavidad.—Diego, cielo, parece que has llegado en el mejor momento. ¿Café?Él abrió la boca, la cerró, y finalmente soltó una risa nerviosa.—Joder… ¿esto es real?Mona se acercó a él contoneándose, le pasó un dedo por el pecho y le desabrochó el primer botón de la camisa.—Muy real. Y tú llevas meses mirando por encima de la valla cuando tomamos el sol en topless, ¿verdad?Diego se sonrojó, pero no negó nada.—Os he oído… todo el fin de semana —confesó—. Las ventanas estaban abiertas. No he podido dormir pensando en lo que estaría pasando aquí dentro.Laura soltó una carcajada y se acercó también.—¿Y qué has oído exactamente, vecino?—Gritos. “Papi”, “zorra”, “me corro”… cosas que me han tenido con la mano en la polla desde el viernes.Yo me quité el albornoz, dejándolo caer al suelo. Ahora los cuatro estábamos desnudos excepto él.—Entonces ya sabes lo que queremos —dije, arrodillándome delante de Diego y bajándole la cremallera—. Queremos que dejes de mirar y empieces a participar.Su polla salió dura como una barra de acero, más grande de lo que imaginaba. Mona y Laura se miraron, se relamiendo.—Joder, qué pedazo de rabo tiene el vecino —susurró Mona.Yo lo lamí de abajo arriba, saboreando la gota que ya salía de la punta.—¿Quieres follarte a tres generaciones de una misma familia, Diego? —le pregunté, mirándolo a los ojos—. Porque Hugo no llega hasta la noche… y tenemos toda la mañana.Él gruñó, agarrándome del pelo.—Llevadme donde queráis.Lo llevamos al salón. Lo pusimos en el mismo sofá donde Hugo nos había corrido encima la noche anterior. Mona se sentó en su cara sin pedir permiso, restregándole el coño por la boca.—Primero prueba a la hija, vecino. A ver si te gusta cómo sabe una niña de veintidós.Diego gimió contra su coño, lamiendo con hambre. Laura se arrodilló entre sus piernas y empezó a chuparle las bolas mientras yo me sentaba encima de su polla, empalándome hasta el fondo de un solo movimiento.—¡Hostia puta, qué gruesa está! —grité, subiendo y bajando como una posesa.Mona se mecía sobre su lengua, agarrándole el pelo.—¡Lámeme más profundo, cabrón! ¡Quiero correrme en tu cara de vecino cotilla!Laura se subió encima de él también, poniéndose en cuclillas sobre su pecho para que le comiera las tetas mientras yo lo cabalgaba. Diego estaba perdido: una lengua en el coño de Mona, mi coño tragándose su polla hasta los huevos y Laura restregándole las tetas por la cara.En menos de cinco minutos Mona se corrió gritando:—¡Me corro, joder! ¡Toma toda mi corrida, vecino guarro!Sus jugos le empaparon la cara entera. Yo aceleré, sintiendo cómo su polla me rozaba el punto G una y otra vez.—¡Fóllame más fuerte, Diego! ¡Quiero que me abras el coño como Hugo nunca lo hace!Él me agarró de las caderas y empezó a embestir hacia arriba, tan fuerte que el sofá crujía.Laura se puso a cuatro patas en el suelo, culo en alto.—¡Ahora a mí, por favor! ¡Quiero esa polla en mi culo!Diego salió de mí con un sonido húmedo, se puso detrás de Laura y la penetró por el culo sin lubricante extra, solo con mis jugos. Ella gritó de placer y dolor.—¡Sí, rómpeme el culo, vecino! ¡Fóllame como a una puta!Yo me tumbé debajo de ella, lamiéndole el clítoris mientras él la sodomizaba. Mona se sentó en mi cara, dándome su coño recién corrido para que la limpiara.Los gritos volvieron a llenar la casa. Diego nos folló a las tres sin descanso: primero a Laura en el culo hasta que se corrió chorros, luego a Mona boca abajo en el sofá, luego a mí de pie contra la ventana del jardín, sin importarnos que otro vecino pudiera vernos.Cuando ya no podía más, nos arrodillamos las tres en el suelo, bocas abiertas.—Correros en nosotras —supliqué—. Queremos tu leche por toda la cara.Diego se pajeó furioso, rugiendo, y descargó chorros interminables: en mi lengua, en las tetas de Mona, en los ojos de Laura. Nos besamos, compartiendo su semen caliente, riéndonos como locas.Cuando recuperó el aliento, Diego se dejó caer al suelo, jadeando.—Joder… creo que me mudo aquí.Mona le guiñó un ojo.—Trae la sierra para el cerezo después. Primero repetimos.Y repetimos. Tres veces más antes del mediodía.

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