Soy Alba, tengo 26 años, y mi cuerpo es un lienzo donde el placer se dibuja con cuerdas y deseo. En el siglo XXI, la libertad sexual me permite explorar mis fantasías más profundas sin temor, y el shibari, el arte japonés del bondage, es mi obsesión. Las cuerdas apretando mi piel, la entrega total al control de otro, hacen que mi coño palpite sin control.
Hace unos días, una amiga me habló de una mazmorra privada en el Born de Barcelona, un espacio dedicado al shibari donde dominantes y sumisos crean esculturas vivas de placer. Anoche, me sumergí en ese mundo de cuerdas y lujuria, y lo que viví me llevó a orgasmos que me hicieron temblar. Este relato explícito, sensual y ardiente, cargado de palabras guarras, os hará pajearos hasta correros sin parar.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X
Llegué a la mazmorra al anochecer, con un body de encaje negro que apenas cubría mis tetas, sin bragas, mi coño depilado goteando bajo la tela fina. Mis pezones, duros, se marcaban, y los jugos resbalaban por mis muslos. El lugar era un santuario del BDSM: paredes oscuras, luces rojas tenues, cuerdas de yute colgadas en ganchos, cruces de San Andrés, y un escenario central donde se exhibían sesiones de shibari frente a un público voyeur.
El aire olía a cera, cuero y sexo crudo. La señora, una mujer de unos 40 con un kimono de seda y cuerdas en la mano, me recibió: "Consentimiento es todo. Usa 'rojo' para parar, 'amarillo' para pausar. ¿Sumisa?". "Sí, y amo las cuerdas", respondí, mi coño empapado. Ella sonrió y me guió al interior.
Empecé observando una escena. Una sumisa, suspendida en un intrincado nudo shibari, gemía mientras su amo rozaba un vibrador por su coño. "Átame más, amo, hazme tuya", suplicaba. Mi clítoris latió; quería esas cuerdas en mi piel. Me quité el body, quedándome en tacones, mi piel brillando bajo las luces. Un hombre, de unos 35, con manos fuertes y ojos intensos, se acercó.
Llevaba una cuerda de yute en la mano. "¿Lista para el shibari?", preguntó. "Átame y lámeme el coño", respondí, guarra. Negociamos límites: ataduras firmes, dolor suave, palabra de seguridad "rojo". Me llevó a una zona con un gancho de suspensión, y el público empezó a reunirse.
Comenzó atándome las muñecas detrás de la espalda, las cuerdas de yute mordiendo mi piel con precisión. "Mirad mi coño, cómo gotea para vosotros", dije al público, abriendo las piernas. Él tejió un arnés alrededor de mis tetas, apretándolas, mis pezones duros como piedras. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño mojado", supliqué, la voz temblando. Me vendó los ojos, y la oscuridad intensificó cada roce de la cuerda. Su lengua lamió mis labios hinchados, succionando mi clítoris con maestría. "Joder, chúpame más, lame mi chochito hasta que me corra", gemí, guarra, tirando de las cuerdas. Una mujer se unió, sus dedos rozando mis pezones atados. "Chúpamelas, hazme sentir tu boca", le pedí. Sus labios succionaron, enviando descargas a mi coño. "Lame mi clítoris, cabrón, hazme squirtear". Me corrí gritando, squirteando en su boca, mi coño convulsionándose contra las cuerdas.
Me desató parcialmente y me suspendió del gancho, las cuerdas sosteniendo mi peso, mi coño expuesto al aire. "Voy a azotarte", dijo, mostrando una fusta suave. "Castígame, amo, haz que mi coño arda", respondí. Los azotes fueron precisos, un calor delicioso en mis nalgas y muslos. "Más, rómpeme", gemí. Cada golpe enviaba descargas a mi clítoris. "Fóllame ahora, méteme esa verga gorda", supliqué.
Se puso un condón, regla del club, y me penetró desde abajo, mi coño apretado abriéndose para su polla gruesa. "Fóllame duro, rompe mi coño, lléname con tu leche", grité, guarra, aunque el condón lo contenía. Las cuerdas me mantenían inmóvil, amplificando cada embestida. Una mujer se acercó, lamiendo mi clítoris mientras me follaban. "Lame mi clítoris, chúpame toda", gemí. El orgasmo fue brutal, squirteando en su cara mientras él gruñía, corriéndose.
Quería exhibirme en el escenario central. Me llevó allí, atándome en un nudo shibari que dejaba mi coño y culo expuestos, suspendida a baja altura. "Mirad mi coño, cómo palpita por vosotros", dije, guarra, al público que se masturbaba y follaba a mi alrededor. Mi amo usó un vibrador de alta tecnología, un succionador de clítoris. "Chupa mi clítoris, joder, qué rico", gemí al sentir la succión.
El público gemía, excitado. Metió el vibrador en mi coño, follándome lento. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuré, acelerando. Una dominatrix se unió, azotando mis tetas con una fusta suave. "Castígame, hazme correr", le pedí. El vibrador, las cuerdas y los azotes me llevaron al límite. "Sí, me corro, mirad cómo squirteo para vosotros". El orgasmo fue público, mi coño squirteando frente a todos, mi cuerpo temblando en las cuerdas.
El clímax final fue en una orgía en la sala de espejos. Me uní a un grupo: dos hombres, dos mujeres y mi amo. Me ataron en una mesa, un nudo shibari que exponía mi coño y culo. "Folladme todos, rompedme", supliqué. Un hombre lamió mi clítoris mientras otro me follaba con condón. "Lame mi clítoris, chúpame toda, fóllame duro", gemí, guarra. Una mujer montó mi cara, su coño mojado rozando mi lengua. "Pasa tu lengua por mi coño, hazme correr", me pidió.
Otro hombre metió un dedo lubricado en mi culo. "Fóllame el culo, lléname", grité. La doble penetración fue abrumadora: una polla en mi coño, otra en mi culo, una lengua en mi clítoris, un coño en mi boca. "Sí, hacedme vuestra puta, llenadme con vuestra leche". Los orgasmos se encadenaron, mi coño y culo contrayéndose, squirteando sin control. Todos se corrieron, gimiendo en un frenesí.
Salí de la mazmorra al amanecer, mi piel marcada por las cuerdas, mi coño satisfecho pero ansioso por más. En este mundo de libertad sexual, el shibari es un arte donde el placer y la sumisión se funden. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, en esta mazmorra, atados y follando sin límites.
Mary Love (@tequierodori) / X
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