EL SÁBADO POR LA NOCHE LLOVÍA A CÁNTAROS. Habíamos pedido cuatro pizzas familiares (porque con nueve personas en casa, y después de todo el día follando, el hambre era voraz). El timbre sonó a las diez en punto.
Hugo abrió la puerta en bóxer, empapado de la ducha rápida que nos habíamos dado entre ronda y ronda. Yo estaba detrás, envuelta solo en una camiseta larga de él, sin nada debajo, los pezones duros y el coño todavía palpitando de la última corrida.
Delante teníamos a Alex, el repartidor de siempre de Telepizza: veintisiete años, pelo rizado, brazos tatuados, sonrisa de chico malo y esa voz grave que siempre me ha puesto cachonda cuando pide la dirección por teléfono.
Traía las cuatro cajas en una mano y la visera calada hasta los ojos. Cuando vio a Hugo casi desnudo y a mí detrás con la camiseta subida hasta el ombligo, se le cayó la mandíbula y casi se le caen las pizzas.
—Eh… treinta y ocho con ochenta —balbuceó.
Hugo sonrió, le quitó las cajas y las dejó en la mesa de la entrada.
—Pasa, Alex. Llueve como para perros y aquí estamos en deuda contigo.
Alex dudó medio segundo. Luego entró y cerró la puerta con el talón.
Desde el salón se oían gemidos: Carmen estaba sentada en la cara de Diego mientras Javier la follaba por detrás, Mona y Laura se comían mutuamente en el sofá, Valeria grababa con el móvil y Marta se tocaba viendo todo desde el sillón.
Alex se quedó mirando la escena como si le hubieran dado un mazazo.
—Joder… esto es real —susurró.
Yo me acerqué por detrás, le quité la mochila térmica y le pasé las manos por el pecho mojado.
—Llevas meses trayéndonos pizzas los fines de semana —le dije al oído—. Y siempre te quedas un minuto más de la cuenta mirando por la ventana del jardín. Hoy te quedas del todo.
Alex soltó una risa nerviosa, pero ya se le marcaba la polla dura bajo los vaqueros.
Mona se levantó desnuda, con el coño chorreando, y se plantó delante de él.
—Quítate la ropa, pizzero. Aquí se paga con otra moneda.
En diez segundos Alex estaba tan desnudo como nosotros. Tenía un cuerpo de gimnasio y una polla gruesa, venosa, con la cabeza gorda y ya brillante de presemen.
Hugo le dio una palmada en el hombro.
—Regla de la casa: quien trae comida, se come también lo que hay en la mesa.
Lo llevamos al centro del salón como a un trofeo.
Yo fui la primera: me arrodillé, le metí la polla hasta la garganta de una sola embestida y empecé a chupar como si me fuera la vida en ello. Alex gruñó, agarrándome del pelo.
—¡Hostia puta, qué boca tiene la señora de la casa!
Mona se puso a cuatro patas delante de él y le ofreció el culo.
—Fóllame mientras Sandra te come la polla, pizzero.
Alex obedeció: la agarró de las caderas y la penetró hasta el fondo. Mona gritó de placer y empujó hacia atrás.
—¡Joder, qué gorda la tienes! ¡Rómpeme el coño, repartidor!
Yo seguí chupando sus huevos cada vez que salía de Mona, saboreando la mezcla de sus jugos.
Carmen se acercó gateando, le lamió el culo a Alex mientras él follaba a Mona, y luego metió lengua hasta el fondo.
—¡Toma lengua en el culo mientras te follas a mi hijastra, guapo!
Laura y Valeria se turnaron para sentarse en la cara de Mona y que las comiera mientras era follada.
En menos de cinco minutos Mona se corrió gritando:—¡Me corro con la polla del pizzero, joder! ¡Lléname de leche, cabrón!Alex salió de ella chorreando, se giró hacia mí y me levantó del suelo como si no pesara nada. Me empaló contra la pared, piernas abiertas, y empezó a bombear tan fuerte que los cuadros temblaban.
—¡Ahora te toca a ti, señora! ¡Te voy a dejar el coño lleno de salsa especial!
Yo solo podía gritar:—¡Fóllame más fuerte, Alex! ¡Quiero tu leche caliente dentro mientras todos miran!
Hugo se colocó detrás de Alex y, sin avisar, le metió la polla en el culo despacio. Alex rugió de placer y empujó más fuerte dentro de mí.
—¡Me follan por delante y por detrás! ¡Soy el puto repartidor del año!
Nos turnamos con él como si fuera el postre:
Descargó chorros interminables: en mi lengua, en la cara de Mona, en las tetas de Carmen, en el pelo de Laura, en los ojos de Valeria… Nos besamos entre nosotras, compartiendo su semen caliente como si fuera el mejor topping del mundo.
Cuando terminó, Alex se dejó caer al sofá, jadeando.
—Gratis las pizzas de por vida —dijo entre risas—. Y me apunto al turno de noches.
Hugo le dio una palmada en el muslo.
—Trato hecho, pizzero. Pero la próxima vez traes piña… y te la metemos por el culo.
Todos reímos.
Las pizzas ya estaban frías, pero a nadie le importó.
Nos las comimos desnudos, sentados en el suelo, con la lluvia golpeando las ventanas y el sabor de Alex todavía en la boca.
Delante teníamos a Alex, el repartidor de siempre de Telepizza: veintisiete años, pelo rizado, brazos tatuados, sonrisa de chico malo y esa voz grave que siempre me ha puesto cachonda cuando pide la dirección por teléfono.
Traía las cuatro cajas en una mano y la visera calada hasta los ojos. Cuando vio a Hugo casi desnudo y a mí detrás con la camiseta subida hasta el ombligo, se le cayó la mandíbula y casi se le caen las pizzas.
—Eh… treinta y ocho con ochenta —balbuceó.
Hugo sonrió, le quitó las cajas y las dejó en la mesa de la entrada.
—Pasa, Alex. Llueve como para perros y aquí estamos en deuda contigo.
Alex dudó medio segundo. Luego entró y cerró la puerta con el talón.
Desde el salón se oían gemidos: Carmen estaba sentada en la cara de Diego mientras Javier la follaba por detrás, Mona y Laura se comían mutuamente en el sofá, Valeria grababa con el móvil y Marta se tocaba viendo todo desde el sillón.
Alex se quedó mirando la escena como si le hubieran dado un mazazo.
—Joder… esto es real —susurró.
Yo me acerqué por detrás, le quité la mochila térmica y le pasé las manos por el pecho mojado.
—Llevas meses trayéndonos pizzas los fines de semana —le dije al oído—. Y siempre te quedas un minuto más de la cuenta mirando por la ventana del jardín. Hoy te quedas del todo.
Alex soltó una risa nerviosa, pero ya se le marcaba la polla dura bajo los vaqueros.
Mona se levantó desnuda, con el coño chorreando, y se plantó delante de él.
—Quítate la ropa, pizzero. Aquí se paga con otra moneda.
En diez segundos Alex estaba tan desnudo como nosotros. Tenía un cuerpo de gimnasio y una polla gruesa, venosa, con la cabeza gorda y ya brillante de presemen.
Hugo le dio una palmada en el hombro.
—Regla de la casa: quien trae comida, se come también lo que hay en la mesa.
Lo llevamos al centro del salón como a un trofeo.
Yo fui la primera: me arrodillé, le metí la polla hasta la garganta de una sola embestida y empecé a chupar como si me fuera la vida en ello. Alex gruñó, agarrándome del pelo.
—¡Hostia puta, qué boca tiene la señora de la casa!
Mona se puso a cuatro patas delante de él y le ofreció el culo.
—Fóllame mientras Sandra te come la polla, pizzero.
Alex obedeció: la agarró de las caderas y la penetró hasta el fondo. Mona gritó de placer y empujó hacia atrás.
—¡Joder, qué gorda la tienes! ¡Rómpeme el coño, repartidor!
Yo seguí chupando sus huevos cada vez que salía de Mona, saboreando la mezcla de sus jugos.
Carmen se acercó gateando, le lamió el culo a Alex mientras él follaba a Mona, y luego metió lengua hasta el fondo.
—¡Toma lengua en el culo mientras te follas a mi hijastra, guapo!
Laura y Valeria se turnaron para sentarse en la cara de Mona y que las comiera mientras era follada.
En menos de cinco minutos Mona se corrió gritando:—¡Me corro con la polla del pizzero, joder! ¡Lléname de leche, cabrón!Alex salió de ella chorreando, se giró hacia mí y me levantó del suelo como si no pesara nada. Me empaló contra la pared, piernas abiertas, y empezó a bombear tan fuerte que los cuadros temblaban.
—¡Ahora te toca a ti, señora! ¡Te voy a dejar el coño lleno de salsa especial!
Yo solo podía gritar:—¡Fóllame más fuerte, Alex! ¡Quiero tu leche caliente dentro mientras todos miran!
Hugo se colocó detrás de Alex y, sin avisar, le metió la polla en el culo despacio. Alex rugió de placer y empujó más fuerte dentro de mí.
—¡Me follan por delante y por detrás! ¡Soy el puto repartidor del año!
Nos turnamos con él como si fuera el postre:
- Laura se sentó encima de su cara mientras yo lo cabalgaba.
- Marta y Carmen le chuparon las tetas y los huevos al mismo tiempo.
- Diego y Javier se corrieron en sus manos y él se untó la leche por el pecho como si fuera queso rallado.
- Al final lo pusimos en el centro del sofá, las cinco mujeres arrodilladas delante y los chicos detrás, y Alex se pajeó mirando cómo nos tocábamos.
Descargó chorros interminables: en mi lengua, en la cara de Mona, en las tetas de Carmen, en el pelo de Laura, en los ojos de Valeria… Nos besamos entre nosotras, compartiendo su semen caliente como si fuera el mejor topping del mundo.
Cuando terminó, Alex se dejó caer al sofá, jadeando.
—Gratis las pizzas de por vida —dijo entre risas—. Y me apunto al turno de noches.
Hugo le dio una palmada en el muslo.
—Trato hecho, pizzero. Pero la próxima vez traes piña… y te la metemos por el culo.
Todos reímos.
Las pizzas ya estaban frías, pero a nadie le importó.
Nos las comimos desnudos, sentados en el suelo, con la lluvia golpeando las ventanas y el sabor de Alex todavía en la boca.

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