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Una noche en la ciudad #Mary #Love

EL RESTAURANTE ESTABA ENVUELTO en una atmósfera de lujo discreto: luces tenues, candelabros de cristal que reflejaban destellos dorados, y el murmullo suave de conversaciones entremezcladas con el tintineo de copas. Sofía ajustó el tirante de su vestido negro, ceñido, que abrazaba sus curvas como una segunda piel. La tela satinada brillaba bajo la luz, y el escote profundo dejaba entrever la suave curva de sus pechos.

Había elegido ese atuendo con cuidado, sabiendo que esa noche no era una cita cualquiera. Frente a ella, al otro lado de la mesa, estaba Daniel, el hombre que había conocido en una conferencia de negocios hacía apenas dos semanas. Sus ojos oscuros la recorrían con una intensidad que la hacía sentir desnuda, aunque el vestido aún la cubría.

—¿Sabes? —dijo Daniel, inclinándose hacia ella, su voz grave resonando como una caricia—. No puedo dejar de mirarte. Ese vestido... es un delito.

Sofía sonrió, sintiendo un calor subirle por el pecho. Jugueteó con el borde de su copa de vino tinto, dejando que sus dedos rozaran el cristal con suavidad.

—Quizá lo elegí para provocarte —respondió, mirándolo a los ojos, su voz baja y seductora—. ¿Funciona?

Daniel soltó una risa corta, pero sus ojos se oscurecieron aún más, cargados de deseo.

—Más de lo que imaginas.

La cena transcurrió entre risas, miradas cargadas de intención y roces sutiles. Sus manos se encontraron sobre la mesa, sus dedos entrelazándose mientras él le hablaba de sus viajes, de su vida como empresario, de cómo había construido su imperio desde cero. Pero Sofía apenas prestaba atención a las palabras; estaba más pendiente de cómo sus labios se movían, de la forma en que su camisa blanca se tensaba sobre sus hombros anchos, de la promesa implícita en cada gesto suyo.

Cuando terminaron el postre —un mousse de chocolate que compartieron, sus cucharas rozándose en un juego casi infantil—, Daniel se inclinó hacia ella y murmuró:

—¿Quieres salir de aquí? Mi apartamento está a unas calles. Tiene una vista que te va a encantar.

Sofía sintió un cosquilleo recorrerle la espalda. Sabía lo que eso significaba, y su cuerpo respondió antes que su mente, un calor líquido extendiéndose por su vientre. Asintió, mordiéndose el labio inferior.

—Muéstramela —dijo, su voz un susurro cargado de promesas.

El apartamento de Daniel estaba en el piso 30 de un rascacielos en el corazón de la ciudad. Las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de luces titilantes, como si la ciudad entera estuviera a sus pies. El espacio era moderno, minimalista, con muebles de líneas limpias y un sofá de cuero negro que dominaba el salón. Pero lo que llamó la atención de Sofía fue la chimenea eléctrica, que proyectaba un resplandor cálido sobre la alfombra de pelo largo frente a ella.

Daniel se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla, revelando cómo la camisa se adhería a su torso. Se acercó a ella, que estaba de pie junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad. Él se colocó detrás, tan cerca que Sofía pudo sentir el calor de su cuerpo.

—¿Qué te parece la vista? —preguntó, su aliento rozándole la nuca.

—Es... impresionante —respondió ella, girándose lentamente para enfrentarlo. Sus rostros estaban a centímetros, y el aire entre ellos vibraba con tensión.

—No tanto como tú —dijo él, y antes de que Sofía pudiera responder, sus labios encontraron los de ella.

El beso fue eléctrico, hambriento. Las manos de Daniel se deslizaron por su cintura, atrayéndola contra su cuerpo, mientras ella enredaba los dedos en su cabello oscuro. Sus lenguas se encontraron, explorándose con una urgencia que hizo que el mundo a su alrededor desapareciera. Sofía sintió cómo su cuerpo se encendía, cada roce de sus manos avivando un fuego que amenazaba con consumirla.

—Dios, Sofía —murmuró él contra sus labios, su voz ronca—. Llevo toda la noche imaginando esto.

Ella sonrió, sus manos deslizándose por su pecho, desabrochando lentamente los botones de su camisa.

—¿Solo imaginando? —susurró, mordiendo suavemente su labio inferior—. Quiero que me lo hagas.

Daniel gruñó, un sonido profundo que reverberó en el pecho de Sofía. La levantó con facilidad, sus manos fuertes bajo sus muslos, y la llevó hasta la alfombra frente a la chimenea. La dejó allí, de pie, mientras él se arrodillaba frente a ella. Sus manos subieron por sus piernas, levantando el vestido lentamente, revelando la piel suave de sus muslos.

—Mírate —dijo, su voz cargada de deseo mientras sus dedos trazaban círculos en la cara interna de sus mus

—. Eres perfecta.

Sofía jadeó cuando él presionó un beso justo por encima de la línea de su ropa interior, sus labios cálidos contra su piel. Ella se apoyó en sus hombros, sus piernas temblando ligeramente mientras él deslizaba las bragas por sus muslos, dejándolas caer al suelo.

—Daniel... —susurró, su voz temblorosa de anticipación.

—Shh —dijo él, mirándola desde abajo con ojos encendidos—. Déjame saborearte.

Sin darle tiempo a responder, él acercó su boca a su sexo, su lengua trazando un camino lento y deliberado por sus pliegues. Sofía dejó escapar un gemido, sus manos apretando los hombros de Daniel mientras su lengua encontraba su clítoris, lamiendo con una precisión que la hizo arquearse contra él.

—¡Oh, Dios, sí! —jadeó ella, sus caderas moviéndose instintivamente contra su boca—. Lame mi clítoris, Daniel, no pares...

Él obedeció, su lengua moviéndose en círculos rápidos, luego más lentos, alternando ritmos que la llevaban al borde de la locura. Sus manos sujetaban sus caderas, manteniéndola en su lugar mientras la devoraba con una pasión que la hacía temblar.

—Sabe tan bien —gruñó contra su piel, el sonido de su voz vibrando contra ella—. Quiero hacerte correr así, Sofía.

Ella gimió más fuerte, sus dedos enredándose en su cabello, empujándolo más cerca. El calor de la chimenea a su lado, el resplandor de las luces de la ciudad, todo se desvanecía bajo el placer que él le estaba dando. Cuando Daniel succionó suavemente su clítoris, ella gritó, su cuerpo convulsionándose mientras un orgasmo la atravesaba como un relámpago.

—Dios, Daniel... —jadeó, sus piernas temblando mientras él la sostenía, sus labios aún besando suavemente su piel sensible.
Él se puso de pie, su camisa desabrochada revelando un torso definido, y la besó con fuerza, dejándola saborear su propio sabor en sus labios.

—Ahora me toca a mí —dijo ella, sus manos bajando hacia el cinturón de sus pantalones. Lo desabrochó con dedos rápidos, dejando que la prenda cayera al suelo junto con sus bóxers. Su erección se liberó, dura y pulsante, y Sofía sintió un nuevo calor encenderse en su interior.

Se arrodilló frente a él, sus ojos fijos en los suyos mientras tomaba su polla en la mano, acariciándola lentamente.

—Quiero chupártela —dijo, su voz un susurro travieso—. Quiero sentirte en mi boca.

—Joder, Sofía —gimió él, sus manos enredándose en su cabello mientras ella acercaba los labios a la punta, lamiendo lentamente antes de tomarlo por completo.

Daniel gruñó, sus caderas moviéndose ligeramente mientras ella lo trabajaba con la boca, su lengua trazando círculos alrededor de la cabeza antes de deslizarse por toda su longitud. Ella lo tomó más profundo, sus labios apretándose a su alrededor, mientras sus manos acariciaban sus muslos.

—Así, nena —jadeó él, su voz tensa de placer—. Chúpame la polla, justo así...

Sofía intensificó el ritmo, disfrutando del poder que sentía al verlo deshacerse bajo sus caricias. Pero antes de que él llegara al clímax, la detuvo, levantándola con un movimiento rápido y tumbándola sobre la alfombra.

—Quiero estar dentro de ti —dijo, su voz ronca mientras se posicionaba entre sus piernas.

Sofía abrió las piernas, invitándolo, su cuerpo temblando de anticipación.

—Fóllame, Daniel —susurró, sus ojos brillando con deseo—. Lléname con tu leche.

Él no necesitó más invitación. Se hundió en ella con un movimiento lento pero firme, llenándola por completo. Ambos jadearon al unísono, sus cuerpos encajando perfectamente. Daniel comenzó a moverse, primero con embestidas lentas y profundas, luego más rápidas, sus manos sujetando sus caderas mientras ella se arqueaba contra él.

—Joder, qué apretada estás —gruñó, inclinándose para besar su cuello mientras sus caderas chocaban contra las de ella—. Me vuelves loco.

—¡Más fuerte! —gimió Sofía, sus uñas clavándose en su espalda—. Quiero sentirte todo...

Él obedeció, embistiéndola con más fuerza, el sonido de sus cuerpos chocando llenando el aire. La alfombra bajo ellos era suave, pero el calor de sus cuerpos y el fuego de la chimenea hacían que todo pareciera arder. Sofía envolvió sus piernas alrededor de sus caderas, atrayéndolo más profundo, sus gemidos mezclándose con los de él.

—Córrete para mí —le susurró Daniel al oído, su mano deslizándose entre ellos para acariciar su clítoris mientras la penetraba—. Quiero sentir cómo te corres en mi polla.

Esas palabras fueron suficientes. Sofía gritó, su cuerpo convulsionándose mientras un segundo orgasmo la atravesaba, más intenso que el primero. Daniel no se detuvo, sus embestidas volviéndose más erráticas mientras perseguía su propio clímax.

—Voy a llenarte —gruñó, sus manos apretando sus caderas—. ¿Quieres mi leche, Sofía?

—¡Sí! —jadeó ella, aún temblando por su propio orgasmo—. Lléname, Daniel, dámelo todo...

Con un gemido gutural, él se dejó ir, su cuerpo tensándose mientras se derramaba dentro de ella. Permanecieron así, jadeantes, sus cuerpos entrelazados mientras el placer se desvanecía lentamente, dejando solo el calor de sus pieles y el latido de sus corazones.

Se tumbaron juntos en la alfombra, la ciudad brillando a través de las ventanas. Daniel la atrajo contra su pecho, sus dedos trazando círculos perezosos en su espalda.

—Esto no fue solo una noche, ¿verdad? —preguntó él, su voz suave pero seria.

Sofía sonrió, besando su pecho.

—No, no lo fue.

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