LA LLUVIA GOLPEABA LAS VENTANAS con un ritmo insistente, como si el cielo mismo quisiera susurrar secretos prohibidos. Era una noche de otoño, fría y húmeda, pero dentro de mi pequeño apartamento en el corazón de la judería en Córdoba, el ambiente era cálido, cargado de una electricidad que casi podía palparse. Soy Paca, una viuda de 57 años, con el cuerpo aún firme y un fuego interno que no se apagaba ni con los años ni con la ausencia de mi difunto esposo. Mi piel ardía, mis deseos bullían, y esa noche, algo en el aire me decía que iba a suceder algo inolvidable.
Laura y Andrés, una pareja muy abierta y campechana, con la que mantengo una bonita amistad desde que los conocí hace tres años en aquel crucero que hice por los Fiordos Noruegos, después de una cena liguera estábamos sentados en el sofá de mi salón, riendo y bebiendo unos 'Gin Tonic' mientras la lluvia caía con fuerza. Laura, con su mata de pelo cayendo en ondas sobre los hombros, tenía esa mirada traviesa que siempre me hacía sospechar que escondía más de lo que decía. Andrés, con su cuerpo atlético y esa sonrisa canalla, no se quedaba atrás. Los tres éramos libres, sin ataduras, y la química entre nosotros siempre había sido un juego peligroso, un coqueteo que nunca había cruzado la línea... hasta esa noche.
—Paca, estás muy callada —dijo Laura, inclinándose hacia mí con una sonrisa traviesa—. ¿Qué tienes en esa cabecita tuya?
Sonreí, sintiendo cómo el vino y mis propios deseos me soltaban la lengua. Me levanté del sillón, mi vestido negro ajustado marcando cada curva de mi cuerpo, y me acerqué a la ventana, dejando que la luz tenue de la calle dibujara mi silueta.
—Estaba pensando... —dije, girándome hacia ellos con una mirada cargada de intención—. Esta noche es perfecta para un juego. Algo... muy íntimo.
Andrés alzó una ceja, sus ojos recorriéndome de arriba abajo, deteniéndose en mis caderas. Sabía que él también sentía esa chispa. Laura se mordió el labio, claramente intrigada.
—¿Un juego? —preguntó, cruzando las piernas de manera que su falda se deslizó, dejando entrever la piel suave de su muslo—. Cuéntanos, Paca. ¿Qué tienes en mente?
Me acerqué al sofá, sentándome entre ellos, mis manos rozando sus piernas con una deliberada lentitud. El ambiente se cargó aún más, como si la lluvia afuera estuviera amplificando nuestra energía sexual.
—Un juego de confesiones —dije, mi voz baja y sensual—. Cada uno debe confesar una fantasía sexual que nunca ha compartido. Algo que los queme por dentro. Y luego... veremos hasta dónde nos lleva la noche.
Laura soltó una risita nerviosa, pero sus ojos brillaban de emoción. Andrés se inclinó hacia mí, su aliento cálido rozando mi oído.
—Paca, siempre supe que eras peligrosa —susurró, y un escalofrío me recorrió la espalda.
—Empiezo yo —dije, sin darles tiempo a dudar. Me recosté en el sofá, dejando que mi vestido se subiera, revelando el encaje negro de mi ropa interior—. Siempre he soñado con estar con dos personas a la vez. Un hombre y una mujer, los dos devorándome, tocándome, follándome sin parar. Quiero sentir sus manos, sus lenguas, sus pollas y coños al mismo tiempo... Quiero correrme hasta que mi cuerpo no pueda más.
El silencio que siguió fue eléctrico. Laura se lamió los labios, sus mejillas sonrojadas. Andrés dejó escapar un gruñido bajo, ajustándose en el sofá como si su pantalón le apretara demasiado.
—Joder, Paca —dijo él, su voz ronca—. Eso es... jodidamente caliente.
Laura se rió, pero había deseo en su risa. Se inclinó hacia mí, su mano descansando en mi muslo, sus dedos trazando círculos peligrosamente cerca de mi entrepierna.
—Mi turno —dijo, su voz temblando de excitación—. Quiero que me follen en un lugar público, en secreto. Como en un cine, en la última fila, con la oscuridad cubriéndonos. Quiero una polla dura dentro de mí mientras trato de no gemir, con la gente a pocos metros sin sospechar nada.
Andrés la miró, sus ojos oscurecidos por el deseo. Yo sentía mi cuerpo reaccionar, mi coño palpitando bajo el encaje, mi piel erizándose.
—Laura, eres una maldita pervertida —dijo Andrés, pero su tono era puro fuego—. Mi turno. Quiero un trío. Pero no cualquier trío. Quiero que las dos mujeres estén tan cachondas que no puedan dejar de tocarse, besarse, lamerse, mientras yo las follo a las dos, turnándome, haciéndolas gritar.
El aire se volvió denso, cargado de lujuria. Nos miramos los tres, y supe que no había vuelta atrás. La lluvia seguía cayendo, pero dentro de mi apartamento, el calor era insoportable.
—¿Y si hacemos esas fantasías realidad? —propuse, mi voz un susurro ardiente.
Laura fue la primera en moverse. Se inclinó hacia mí, sus labios rozando los míos en un beso suave pero cargado de promesas. Su lengua se deslizó dentro de mi boca, y gemí, mi cuerpo encendiéndose al instante. Andrés no se quedó atrás; sus manos encontraron mi cintura, deslizándose bajo mi vestido, acariciando la piel sensible de mi abdomen.
—Joder, Paca, estás ardiendo —murmuró, sus dedos rozando el borde de mi ropa interior.
Laura rompió el beso, sus ojos brillando. Se giró hacia Andrés y lo besó con la misma intensidad, sus manos desabrochando su camisa con urgencia. Yo me levanté, tirando de mi vestido hacia arriba, dejándolo caer al suelo. Quedé en ropa interior, el encaje blanco abrazando mis curvas, mis pezones endurecidos visibles bajo la tela.
—Ven, chupa mi coño —le dije a Laura, mi voz temblando de deseo mientras me sentaba en el sofá, abriendo las piernas.
Ella no dudó. Se arrodilló frente a mí, sus manos deslizando mi ropa interior hacia abajo. Su lengua encontró mi sexo, lamiendo con una lentitud que me hizo arquear la espalda. Gemí, mis manos enredándose en su cabello mientras ella chupaba mi clítoris, sus dedos deslizándose dentro de mí, bombeando lentamente.
—Joder, Laura, así, no pares —gemí, mi cuerpo temblando mientras ella me devoraba.
Andrés se desabrochó el cinturón, dejando caer sus pantalones. Su erección era evidente, dura y palpitante bajo sus bóxers. Me miró, su sonrisa canalla encendiendo aún más mi deseo.
—Quiero ver cómo Laura te come la polla —le dije, mi voz cargada de lujuria mientras seguía moviendo mis caderas contra la boca de Laura.
Él gruñó, quitándose los bóxers. Su polla saltó libre, gruesa y dura. Laura se giró, sus labios húmedos por mí, y la tomó en su boca, chupando con una avidez que me hizo jadear. Yo me incliné hacia ella, besándola mientras compartíamos su polla, nuestras lenguas rozándose, lamiendo juntas.
—Sois unas putas preciosas —gruñó Andrés, sus manos enredándose en nuestros cabellos—. Chupadla más fuerte, quiero vuestras bocas.
El placer era abrumador. Laura volvió a mi coño, lamiendo con más intensidad, mientras yo chupaba a Andrés, mi lengua recorriendo cada centímetro. No podía esperar más. Me levanté, empujando a Andrés al sofá, y me senté a horcajadas sobre él, guiando su polla dentro de mí. La sensación de ser llenada me arrancó un grito, y empecé a moverme, cabalgándolo con fuerza.
—Fóllame, Andrés, más duro —le ordené, mis caderas chocando contra las suyas.
Laura se subió al sofá, sus manos acariciando mis pechos, pellizcando mis pezones. Luego se puso frente a mí, abriendo las piernas, su coño húmedo y brillante a centímetros de mi cara.
—Ven, Paca, chupa mi coño —me dijo, su voz temblando de excitación.
Me incliné hacia ella, mi lengua explorando su sexo, saboreando su dulzura mientras Andrés me follaba sin piedad. Pero yo quería más. Me detuve un momento, jadeando, y miré a Laura con una sonrisa traviesa.
—Laura, fóllame con el arnés en el culo y Andrés que me la meta por el coño —dije, mi voz cargada de deseo.
Laura sonrió, sus ojos brillando de lujuria. Corrió a mi habitación, donde sabía que guardaba mis juguetes, y volvió con un arnés negro y un consolador grueso. Se lo puso con una rapidez que hablaba de su propia excitación, lubricándolo mientras yo me ponía en posición, a cuatro patas en el suelo, con Andrés frente a mí.
—Joder, Paca, eres una zorra increíble —dijo Andrés, guiando su polla a mi coño, entrando lentamente mientras Laura se colocaba detrás de mí.
Sentí la punta del consolador rozando mi culo, y gemí, empujándome hacia atrás. Laura lo deslizó dentro de mí, llenándome por completo, mientras Andrés empezaba a moverse, sus embestidas profundas y rápidas.
—Folladme, joder, folladme los dos —grité, mi cuerpo temblando de placer mientras ellos me penetraban al mismo tiempo.
—Te gusta, ¿verdad, puta? —dijo Laura, su voz ronca mientras empujaba el arnés más profundo, sus manos apretando mi culo.
—Joder, sí, me encanta —gemí, mi cuerpo al borde del colapso mientras el placer me atravesaba.
Andrés gruñó, sus embestidas volviéndose más rápidas. —Mírate, Paca, llena por los dos, qué zorra eres.
Laura se inclinó, besando mi espalda mientras seguía follándome. —Córrete para nosotros, Paca, quiero verte gritar.
El orgasmo me golpeó como una ola, mi cuerpo convulsionando mientras gritaba, mi coño y mi culo apretándose alrededor de ellos. Laura no paró, sus movimientos haciéndome temblar, prolongando mi clímax hasta que casi no podía respirar. Andrés se corrió poco después, su calor llenándome mientras gruñía mi nombre.
Nos derrumbamos en el suelo, sudorosos, jadeantes, pero aún hambrientos. La noche continuó con más posiciones, más guarradas susurradas al oído, más orgasmos que nos dejaron temblando. Follamos contra la pared, en la mesa de la cocina, en mi cama, hasta que la lluvia se detuvo y el amanecer nos encontró exhaustos, pero saciados.

Comentarios
Publicar un comentario