"Enriqueta y un joven irresistible se sumergen en una conexión ardiente y sin tabúes. Pasión, deseo y poder se mezclan en un encuentro lleno de intensidad que cambiará sus vidas para siempre".
ENRIQUETA ESTABA SENTADA EN EL lobby del hotel, su presencia imponía una elegancia madura que no pasaba desapercibida. Su cabello, ligeramente plateado por el paso de los años, caía en ondas suaves sobre sus hombros, y su blusa de seda y su faldita de cuero resaltaba las curvas que el tiempo había perfeccionado.
Cruzó las piernas con un movimiento calculado, sus tacones altos brillando bajo la luz cálida del lobby. Su mirada, penetrante y segura, escaneó la habitación hasta que se encontró con la de un joven que acababa de entrar. Él, con su camisa desabrochada y jeans ajustados, irradiaba una energía juvenil que contrastaba con la suya, pero la atracción entre ellos era palpable, como si el aire mismo se cargara de electricidad.
El joven se acercó con pasos lentos, su sonrisa pícara y su mirada intensa. Se inclinó hacia ella, su aliento cálido rozando su oído, y susurró con una voz ronca y seductora: "Estás para comerte". Enriqueta no se inmutó; en cambio, respondió con una invitación que quemó el aire entre ellos. "Quieres follarme, ¿verdad? Ven, hazlo. Méteme tu polla y córrete en mi coño. Fóllame en todas las posturas que puedas imaginar y sácame el polvo que llevo dentro. Hazme el amor, lame mis pezones, muerde mis pliegues y haz que me corra como nunca. Quiero sentirte, quiero que goces viendo cómo me vengo".
El joven, sorprendido por su franqueza, sonrió con una mezcla de admiración y deseo. Tomó su mano con firmeza y la guió hacia el ascensor. Sus dedos se entrelazaron, y la corriente de atracción entre ellos se hizo más intensa. Al entrar en la cabina, Enriqueta lo atrajo hacia sí, sus labios encontrándose en un beso voraz. Sus lenguas se enredaron en un baile primitivo, lleno de urgencia y pasión. "Quiero sentir tu polla dura contra mí", susurró ella, su aliento caliente en su oído. Él respondió levantándole la falda, sus manos ávidas recorriendo sus muslos, subiéndola hasta su culo firme. "Tu coño ya está mojado, ¿verdad, Enriqueta?", dijo, su voz cargada de lujuria.
El ascensor se detuvo en el piso de su habitación, y al abrirse las puertas, él la guió hacia el interior. La puerta se cerró tras ellos, sellando su mundo en un espacio íntimo y ardiente. Él la empujó contra la pared, sus labios devorando su cuello, dejando un rastro de besos y mordiscos que la hicieron gemir suavemente. "Desnúdame", ordenó Enriqueta, su voz firme pero cargada de deseo. Él obedeció, desabrochando lentamente su blusa, revelando sus pechos maduros, sus pezones erectos pidiendo atención. "Lámelos", ordenó ella, y él se arrodilló, tomando un pezón entre sus labios, succionando y lamiendo con devoción.
Enriqueta cerró los ojos, dejándose llevar por el placer que le provocaba su boca. "Quiero sentir tu polla en mi boca", dijo, arrodillándose frente a él. Desabrochó su pantalón con manos temblorosas, liberando su erección, dura y palpitante. La tomó con ambas manos, acariciándola, sintiendo su calor antes de llevársela a la boca. Su lengua trazo círculos alrededor de la cabeza, saboreando su pre-eyaculación antes de engullirla hasta la garganta. "Jódeme la boca", gimo él, y ella obedeció, follándose la cara con su polla, sus ojos cerrados en éxtasis.
"Ahora fóllame", exigió Enriqueta, levantándose y guiándolo hacia la cama. Se acostó boca arriba, sus piernas abiertas en invitación. Él se colocó entre ellas, su polla apuntando a su coño húmedo. "Métemela despacio", susurró ella, y él obedeció, penetrándola lentamente, sintiendo su calor envolverlo. "Más rápido", gimió Enriqueta, sus uñas enterradas en sus hombros. Él comenzó a mover las caderas con fuerza, follándola con intensidad, sus cuerpos chocando en un ritmo frenético.
La habitación se llenó con el sonido de sus gemidos y el crujido de los muelles de la cama. "Córrete en mi coño", suplicó Enriqueta, su voz quebrada por el placer. "No aún", respondió él, retirándose de golpe. La colocó a cuatro patas, su culo en alto, su coño expuesto. "Ahora por detrás", ordenó, y ella obedeció, sintiendo su polla entrar en ella desde un nuevo ángulo. Él la agarró por las caderas, follándola con fuerza, sus bolas golpeando contra ella con cada embestida. "Dime lo puta que soy", gimió Enriqueta, y él respondió: "Eres la puta más caliente que he conocido, y tu coño es mío".
El sudor brillaba en sus cuerpos, el aire estaba cargado de gemidos y palabras sucias. "Quiero sentirte en mi boca de nuevo", dijo Enriqueta, girándose para mirarlo. Él se sentó en la cama, y ella se arrodilló frente a él, tomando su polla en la boca una vez más. Esta vez, no se detuvo, follándose la cara con urgencia, sus ojos clavados en los de él. "Me voy a correr", advirtió él, y ella sonrió, apretando su polla con la boca, sacándole el semen, tragando cada gota.
"Ahora es mi turno", dijo Enriqueta, tendiéndose en la cama, sus piernas abiertas. Él se colocó entre ellas, su polla aún dura, y comenzó a lamer su coño con devoción, su lengua trazando patrones en sus pliegues, sus dedos entrando en ella. "Más fuerte", gimió Enriqueta, sus manos enredadas en su cabello. Él obedeció, chupando y lamiendo con intensidad, sus dedos follándola con fuerza. "Me corro", gritó Enriqueta, su cuerpo arqueándose, su coño pulsando alrededor de sus dedos.
El aire estaba cargado de tensión sexual, sus cuerpos brillaban de sudor y satisfacción. "No ha terminado", susurró Enriqueta, su voz ronca. Lo atrajo hacia sí, sus labios encontrándose en un beso apasionado. "Quiero más", dijo ella, su mano guiando su polla hacia su entrada una vez más. La escena quedó suspendida en el aire, la promesa de más placer por venir, sus cuerpos entrelazados en un abrazo post-orgásmico. El futuro era incierto, pero la conexión entre ellos era innegable, una danza de deseo que podría llevarlos a cualquier lugar.

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