SOY MARINA, TENGO 26 AÑOS, y mi cuerpo siempre ha sido un imán para el deseo, un lienzo donde la libertad sexual del siglo XXI se pinta sin restricciones. Desde que descubrí las playas nudistas, supe que desnudarme bajo el sol, con el mar acariciando mi piel, era mi paraíso.
En Barcelona, la playa de la Mar Bella es un rincón donde el nudismo y el morbo se entrelazan sin tabúes. Ayer, bajo un sol abrasador, me sumergí en una experiencia que hizo palpitar mi coño hasta explotar de placer. Este relato explícito, sensual y ardiente os llevará al borde del éxtasis, con palabras guarras que me hicieron correrme y que os harán pajearos sin parar.
Llegué a la playa al mediodía, con una bolsa que solo llevaba una sábana, protector solar y un vibrador pequeño que guardo para emergencias. Me desnudé al instante, dejando caer mi vestido. Mis tetas, firmes y con pezones oscuros, se irguieron al aire libre; mi coño, depilado y ya húmedo por la anticipación, brillaba bajo el sol.
La playa estaba viva: cuerpos desnudos de todas las edades, algunos bronceándose, otros rozándose con miradas cómplices. El ambiente era libre, pero cargado de tensión sexual. Extendí mi sábana en una zona apartada, cerca de unas dunas, donde el morbo parecía más intenso. Mi clítoris latía; sentía los jugos resbalando por mis muslos.
Me tumbé boca arriba, piernas ligeramente abiertas, dejando que el sol lamiera mi coño. A pocos metros, una pareja joven se besaba, sus manos explorando sin pudor. Él acariciaba el coño de ella, que gemía suavemente. Mi mano bajó instintivamente a mi clítoris, frotándolo en círculos lentos. "Joder, qué mojada estoy", murmuré, excitándome con mi propia voz guarra. Imaginé que me follaban allí mismo: "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño caliente".
Mis dedos aceleraron, metiendo uno en mi agujero resbaladizo. "Fóllame duro, lléname con tu leche", susurré, perdida en la fantasía. El orgasmo llegó rápido, un espasmo que hizo temblar mis piernas, pero mi coño pedía más.
Un hombre, de unos 35 años, bronceado y con una polla semierecta, se acercó. Había estado observándome desde lejos. "¿Puedo unirme?", preguntó, su voz grave. En una playa nudista, el consentimiento es clave, y yo estaba cachonda. "Sí, pero lame mi coño primero", respondí, guarra y directa. Se arrodilló en la sábana, su aliento cálido rozando mis labios hinchados. "Pasa tu lengua por mi clítoris, chúpame toda", le ordené. Su lengua lamió mis jugos, succionando mi botón con maestría. "Joder, chupa mi chochito hasta que me corra", gemí, agarrando su pelo.
Una mujer cercana, masturbándose mientras miraba, se acercó. "¿Puedo tocarte?", preguntó. Asentí, y sus manos acariciaron mis tetas, pellizcando mis pezones. "Chúpamelas, hazme sentir tu boca", le dije. Ella lamió mis pezones mientras él seguía comiendo mi coño. El morbo de ser vista por otros bañistas me encendió más. "Sí, lame mi clítoris, fóllame con tu lengua". El orgasmo fue brutal, squirteando en su boca mientras gemía sin control.
"Quiero follarte", dijo él, su polla ahora dura como roca. "Ponte un condón", respondí, señalando mi bolsa, donde siempre llevo protección. Se lo puso y me penetró despacio, mi coño apretado abriéndose para él. "Fóllame duro, méteme esa verga gorda", gemí, guarra. Me folló en misionero, el sol quemando mi piel, la arena pegándose a mi espalda. "Sí, rompe mi coño, lléname con tu leche", grité, aunque el condón lo contenía.
La mujer seguía chupando mis tetas, y otra pareja se acercó a mirar, masturbándose. Cambiamos a perrito, mi culo al aire, sus embestidas golpeando mi punto G. "Dame más, cabrón, hazme tu puta", gemí. Me corrí de nuevo, squirteando sobre la sábana, mientras él gruñía, corriéndose.
Quería más morbo, así que me dirigí a las dunas, una zona conocida por encuentros más explícitos. Allí, un grupo de cuatro –dos hombres y dos mujeres– estaba en plena acción. Una mujer chupaba una polla mientras la otra era follada por detrás. Me uní sin dudar. "Quiero probar", dije, arrodillándome junto a una de las mujeres, una morena con el coño peludo y mojado. "Lame mi clítoris, guarra, pasa tu lengua por mi coño", me pidió. Lamí sus jugos, saboreando su dulzura, mientras un hombre me tocaba el culo. "¿Puedo follarte?", preguntó. "Sí, pero con goma", respondí.
Me penetró por detrás mientras yo comía su coño. "Fóllame duro, méteme todo, lléname", gemí entre lamidas. La morena se corrió en mi boca, squirteando, y yo la seguí, mi coño convulsionándose alrededor de la polla. "Sí, rompe mi chochito, hazme correr otra vez". El hombre se corrió, y el grupo aplaudió, cachondo.
El clímax llegó al atardecer, cuando el sol teñía la playa de naranja. Decidí usar mi vibrador para un espectáculo final. Me tumbé en la sábana, rodeada de curiosos que se masturbaban a mi alrededor. "Mirad mi coño, cómo gotea para vosotros", dije, abriendo las piernas. Encendí el vibrador, un succionador de clítoris que me vuelve loca. "Oh, joder, chupa mi clítoris, qué rico", gemí, mientras el succionador trabajaba mi botón hinchado.
Metí la parte penetradora en mi coño, follándome lento. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuré, guarra. El público gemía, algunos corriéndose al verme. Aceleré, el vibrador vibrando contra mi punto G. "Sí, me corro, mirad cómo squirteo para vosotros". El orgasmo fue público, mi coño squirteando en la sábana mientras gritaba, mi cuerpo temblando bajo el sol.
Salí de la playa al anochecer, mi piel salada y mi coño satisfecho, pero ansioso por más. En este mundo de libertad sexual, las playas nudistas son un edén donde el deseo se desata sin límites. Si os ha dado morbo, imaginaos en la Mar Bella, follando bajo el sol.

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