SOY LUCÍA, TENGO 29 AÑOS, y mi cuerpo es un imán para el placer, un lienzo donde la libertad sexual del siglo XXI se desborda sin límites. Siempre he sentido que el mar despierta algo salvaje en mí: la brisa salada, el sol abrasador y la sensación de estar desnuda, vulnerable y poderosa a la vez. Hace unos días, una amiga me habló de un crucero nudista privado que zarpa desde el puerto de Barcelona, un barco donde parejas y solteros se reúnen para celebrar el deseo en alta mar. La idea de follar bajo el sol, con el oleaje como testigo, hizo que mi coño palpitara al instante. Ayer, me embarqué en esa aventura, y lo que viví me hizo correrme hasta temblar. Este relato explícito, sensual y ardiente, cargado de palabras guarras, os hará pajearos hasta explotar.
Llegué al puerto al mediodía, con una bolsa que solo llevaba una toalla, protector solar y un vibrador discreto para emergencias. El barco, un yate de lujo, brillaba bajo el sol mediterráneo. Me desnudé antes de subir, dejando mi vestido en el muelle. Mis tetas, firmes y con pezones duros, se irguieron al aire salado; mi coño, depilado y ya húmedo, sentía la brisa marina como una caricia. A bordo, unos veinte pasajeros, todos desnudos, se movían con naturalidad: cuerpos bronceados, pollas y coños expuestos sin pudor. El capitán, una mujer de unos 40 con curvas impresionantes, explicó las reglas: "Consentimiento absoluto, protección obligatoria, 'rojo' para parar, 'amarillo' para pausar". Mi clítoris latía; los jugos resbalaban por mis muslos.
El yate zarpó, y el movimiento del mar me excitó más. Me instalé en la cubierta principal, donde había tumbonas acolchadas y una zona con colchonetas para "juegos". El sol quemaba mi piel, y el balanceo del barco hacía que mis tetas se movieran suavemente. Una pareja, él musculoso y ella con un piercing en el clítoris, follaba a pocos metros, sus gemidos mezclándose con el sonido de las olas. Mi mano bajó a mi coño, frotando mi clítoris en círculos lentos. "Joder, qué mojada estoy", murmuré, guarra, imaginando una polla dentro de mí. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño caliente", susurré para mí misma, metiendo un dedo en mi agujero resbaladizo. "Fóllame duro, lléname con tu leche". El orgasmo llegó rápido, un espasmo que hizo temblar mis piernas, pero mi coño seguía hambriento.
Un hombre, de unos 35, con una polla gruesa y ojos oscuros, se acercó. "Te vi, estás ardiendo", dijo, sonriendo. "¿Quieres lamer mi coño?", respondí, guarra y directa. Se arrodilló en la colchoneta, su aliento caliente contra mis labios hinchados. "Pasa tu lengua por mi clítoris, chúpame toda", le ordené. Su lengua lamió mis jugos, succionando mi botón con maestría. "Joder, chupa mi chochito hasta que me corra", gemí, agarrando su pelo. Una mujer, morena y con tetas grandes, se acercó, masturbándose mientras miraba. "¿Puedo?", preguntó. "Chúpame las tetas, hazme sentir tu boca", le dije. Sus labios succionaron mis pezones, enviando descargas a mi coño. El morbo de ser vista por otros pasajeros, algunos pajeándose, me encendió más. "Lame mi clítoris, cabrón, hazme squirtear". Me corrí gritando, squirteando en su boca, mi coño convulsionándose bajo el sol.
"Quiero follarte", dijo él, su polla dura como roca. "Ponte un condón", respondí, sacando uno de mi bolso. Se lo puso y me penetró en misionero, el balanceo del barco amplificando cada embestida. "Fóllame duro, méteme esa verga gorda", gemí, guarra. Mi coño se abrió para él, apretando su polla. "Sí, rompe mi coño, lléname con tu leche", grité, aunque el condón lo contenía. La mujer seguía chupando mis tetas, y un hombre se acercó, pajeándose. "Pajea esa polla, pero mirad cómo me follan", dije, excitada por el control. Cambiamos a perrito, mi culo al aire, el mar rugiendo bajo nosotros. "Dame más, hazme tu puta", gemí. Me corrí de nuevo, squirteando en la colchoneta, mientras él gruñía, corriéndose.
Exploré la cubierta inferior, donde había una cabina con colchonetas y espejos. Una orgía pequeña estaba en marcha: dos mujeres y tres hombres, entrelazados. Me uní sin dudar. Una mujer, con el coño peludo y mojado, me pidió: "Lame mi clítoris, guarra, pasa tu lengua por mi coño". Me incliné, saboreando sus jugos dulces, mientras un hombre me tocaba el culo. "¿Puedo follarte?", preguntó. "Con goma, sí", respondí. Me penetró por detrás mientras yo lamía. "Fóllame duro, méteme todo, lléname", gemí entre lamidas. Otra mujer se unió, chupando mis tetas. "Chúpamelas, hazme correr", le dije. El placer era abrumador: un coño en mi boca, una polla en mi coño, manos y lenguas por todas partes. Me corrí gritando, squirteando, mientras la mujer se corría en mi boca y él explotaba.
El clímax llegó en la cubierta principal al anochecer, con el cielo teñido de rojo. Quería exhibirme. Me tumbé en una colchoneta, rodeada de pasajeros que follaban o se masturbaban. Cogí mi vibrador, un succionador de clítoris que me enloquece. "Mirad mi coño, cómo gotea para vosotros", dije, abriendo las piernas. Encendí el vibrador, el succionador atacando mi clítoris hinchado. "Oh, joder, chupa mi clítoris, qué rico", gemí, guarra. El público gemía, algunos corriéndose al verme. Metí el vibrador en mi coño, follándome lento. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuré, acelerando. Un hombre se acercó, con condón, y me folló mientras el vibrador trabajaba mi clítoris. "Fóllame duro, lléname con tu leche", grité. El orgasmo fue público, mi coño squirteando frente a todos, mi cuerpo temblando bajo las estrellas. El público rugió, corriéndose conmigo.
Salí del barco al amanecer, mi piel salada y sudada, mi coño satisfecho pero ansioso por más. En este mundo de libertad sexual, los barcos nudistas son un paraíso flotante donde el deseo navega libre. Si os ha dado morbo, imaginaos frente a Barcelona, follando en alta mar.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

Comentarios
Publicar un comentario