TENGO 34 AÑOS, Y MI VIDA HASTA ahora ha sido un vaivén de lealtad y frustración. Mi marido, de 70 años, yacía en su fase terminal, conectado a máquinas que pitaban sin cesar en un hospital estéril. Nunca le fui infiel, aunque nuestro matrimonio fue un desierto de emociones y sexo. No he sido feliz, no de verdad, pero me mantuve fiel por una mezcla de deber y costumbre, esa moral antigua que ahora siento como grilletes. Hace tres años que no follo, que no siento el calor de otro cuerpo. Solo me masturbo en la soledad de mi cuarto, con los dedos o un vibrador pequeño que compré online, imaginando escenas que me hacen correrme en silencio, pero nunca con la intensidad que anhelo. El médico cubano que atendía a mi marido, el Dr. Alejandro, me ha tirado los tejos varias veces: una sonrisa traviesa en el pasillo, un roce intencionado en el brazo, comentarios sobre lo guapa que estoy incluso con ojeras de cansancio. Es alto, moreno, con piel bronceada y un acento caribeño que me hace estremecer. Sé que está casado, pero en esta era de moral liberal, donde el poliamor y el sexo sin ataduras son tan normales como un like en redes, eso no me frena. Solo pienso en su boca, en cómo podría lamerme el coño hasta hacerme explotar.
Los días en el hospital eran eternos. Yo estaba allí, junto a la cama de mi marido, sosteniendo su mano fría mientras dormía bajo los efectos de la morfina. Alejandro entraba a revisar los signos vitales, y sus ojos se clavaban en mí más de lo necesario. “Señora, tiene que cuidarse usted también”, me decía con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina. “No puede estar tan tensa siempre. Déjeme invitarla a un café, para que respire”. Yo sonreía, coqueteaba con sutileza, pero no daba el paso. Todavía no. Esa noche, en casa, me masturbé pensando en él: imaginé su polla grande, dura, entrando en mí, y su lengua experta en mi clítoris. Me corrí dos veces, pero no era suficiente. Quería sexo real, explícito, sensual y ardiente.
El día llegó. Mi marido murió una madrugada fría. Sentí dolor, sí, pero también un alivio culpable que me pesaba en el pecho. Organicé el funeral, atendí a familiares, pero en el fondo, un vacío ardía en mí, uno que solo el placer podía llenar. Dos semanas después, Alejandro me llamó. “Lo siento mucho por tu pérdida”, dijo, pero su tono era cálido, invitador. “Si necesitas hablar, o… algo más, estoy aquí”. Acepté una cena en su apartamento. ¿Por qué no? En el siglo XXI, las viudas no tienen que vestir luto eterno; podemos follar para sanar, para redescubrirnos. Llegué a su piso, un lugar moderno con vistas al mar, decorado con arte cubano y botellas de ron. Él me recibió con una camisa ajustada que marcaba sus músculos, y yo llevaba un vestido ligero que dejaba ver mis curvas, mis tetas firmes y mi culo redondo, que no he dejado de entrenar en el gimnasio.
La cena fue un juego erótico desde el principio. Hablamos de la vida, de Cuba, de cómo el sexo es liberación. “En mi isla, el placer no tiene barreras”, me dijo, rozando mi mano. Sentí un calor subiendo por mis muslos. Bebimos ron, reímos, y de pronto, sus labios estaban sobre los míos. Besos apasionados, lenguas enredadas, manos explorando. Me levantó el vestido, tocó mi tanga empapada. “Estás mojadísima, mi reina”, murmuró. Yo gemí, “Sí, Alejandro, la verdad que lo necesito, necesito que me folles. Llevo años que no siento una polla dentro de mi coño ni sintiendo como se corre ”. Me llevó al sofá, me quitó la ropa con urgencia. Su polla era como la imaginaba: grande, venosa, unos 20 centímetros de grosor impresionante. Me arrodillé, la chupé con avidez, lamiendo la cabeza, tragándomela hasta la garganta. “Joder, qué puta boca tienes”, gruñó él. Pero lo mejor vino cuando me tumbó y bajó su cabeza entre mis piernas.
Su técnica para comerme el coño fue divina. Empezó despacio, besando mis muslos internos, rozando mi vagina con su barba incipiente que me hacía cosquillas eróticas. Luego, su lengua plana lamió mi clítoris en círculos amplios, succionando suavemente. “Te voy a comer el coño hasta que te corras como perra en celo”, dijo, y yo respondí, “Sí, cómetelo todo, hazme gritar”. Metió un dedo, luego dos, curvándolos hacia mi punto G mientras su boca chupaba mi botón hinchado. No sé qué técnica usaba –quizá el ritmo, la presión perfecta, o cómo alternaba succiones con lametones rápidos– pero me hizo correrme una y otra vez. El primer orgasmo me sacudió como un terremoto, mis jugos mojando su cara. “Más, no pares”, supliqué. Siguió lamiendo mi coño depilado, mordisqueando los labios vaginales, y el segundo clímax llegó en oleadas, mi cuerpo convulsionando. “Eres una zorra adicta al placer”, me dijo, y yo, en éxtasis, “Fóllame ahora, métemela toda”. Pero su polla grande me molestó al principio; entró despacio, estirándome, un dolor placentero que se mezclaba con el ardor. Follamos en misionero, él embistiendo profundo, pero yo prefería su boca en mi coño. Cambiamos a un 69 ardiente: yo chupando su polla mientras él lamía mi vagina. Me corrí otra vez, gritando guarradas: “Soy tu puta, cómetelo más fuerte”.
Esa noche no acabó ahí. Alejandro sacó juguetes sexuales: un vibrador rabbit que vibraba en mi clítoris mientras penetraba mi coño con sus dedos. “Mira cómo te follo con esto, mi reina”, dijo, y yo, “Sí, hazme correrme con tu juguete, cabrón”. El orgasmo fue múltiple, olas de placer que me dejaron temblando. Follamos en el balcón, con vistas al mar, en postura de perrito: él agarrándome las caderas, embistiendo mientras el viento acariciaba mi piel desnuda. “Te voy a llenar el coño de leche”, gruñó. Yo respondí, “Dámela toda, fóllame como una perra”. Su polla grande dolía un poco, pero el placer lo superaba todo. Me corrí otra vez, mis paredes vaginales contrayéndose alrededor de él.
Al día siguiente, el puto cabrón me llamó para más. Esta vez, en un hotel de lujo, para añadir excitación. Invitamos a una tercera persona: María, una amiga suya, cubana, bisexual, de 28 años, con tetas grandes y un culo perfecto. Era mi primera experiencia lésbica, pero en esta moral liberal, quise probarlo todo. En la suite, con jacuzzi, empezó un trío sensual. María me besó, lamió mis pezones mientras Alejandro me comía el coño. “Qué rico coño tienes, mami”, dijo ella. Yo, excitada, “Lámeme las tetas, puta”. Alejandro folló a María en cowgirl mientras yo montaba su cara, su lengua experta haciéndome maravillas. Me corrí gritando, “Soy una zorra, fóllenme los dos”. Luego, posturas eróticas: yo en reverse cowgirl sobre Alejandro, su polla grande estirándome, mientras María lamía mi clítoris. El dolor inicial se volvió placer puro. “Te molesta mi verga grande, ¿verdad? Pero te encanta”, dijo él. Yo, “Sí, métemela más, hazme correrme”. Usamos un dildo doble para que María y yo folláramos mutuamente, vibrando en nuestros coños mientras Alejandro nos miraba y se pajeaba. “Sois unas perras en celo”, dijo. El orgasmo compartido fue explosivo, jugos mezclándose.
Las semanas siguientes fueron una vorágine de sexo. Una vez, en su coche, en un parking oscuro: sexo rápido, ardiente. Le chupé la polla mientras conducía, luego me folló en el asiento trasero, en postura de cucharita, su mano en mi clítoris. “Trágate mi leche, puta”, ordenó, y obedecí. Otra vez, en la playa al atardecer, en un lugar apartado: sexo al aire libre, con arena en la piel. Me comió el coño en la toalla, las olas rompiendo de fondo, y me corrí múltiples veces. “No pares, cabrón, lame mi coño hasta que me desmaye”, gemí. Su técnica era imbatible: alternaba ritmos, usaba los dientes suavemente, metía la lengua profunda. Follamos en misionero sobre la arena, su polla grande entrando y saliendo, molestando al principio pero llevándome al éxtasis.
Incorporamos más terceros: un amigo de Alejandro, un hombre negro con una polla enorme, para sexo grupal suave. En su casa, me follaron los tres. Primero, Alejandro me comió el coño mientras los otros lamían mis tetas. “Eres nuestra puta, ábrete para nosotros”, dijo el amigo. Yo, “Fóllenme todos, quiero correrme como una perra”. Posturas: doble penetración, Alejandro en mi coño (su polla grande doliendo deliciosamente), el otro en mi culo (mi primera vez anal, con lubricante y juguetes para preparar). María se unió, lamiendo mi clítoris durante. Orgasmos múltiples: me corría con cada embestida, guarradas volando: “Métanmela más profundo, soy vuestra zorra”. Usaron vibradores anales, plugs, para maximizar el placer.
Otra aventura fue en un club swinger, un lugar excitante con luces tenues y música sensual. Allí, sexo en grupo. Alejandro me presentó a parejas, y follamos en una habitación privada. Posturas eróticas como el puente (yo arqueada, él embistiendo), o el loto (sentados, cara a cara, polla profunda). Juguetes: un sybian que vibraba intensamente en mi coño mientras él me follaba la boca. “Córrete en esa máquina, perra”, dijo. Yo, al borde del orgasmo, “Sí, fóllame la garganta mientras vibro”. Involucré mujeres: una rubia que me comió el coño mientras Alejandro me penetraba. “Lame mi clítoris, puta, hazme explotar”, ordené. El placer me invadía, éxtasis puro.
Alejandro sabía follarme como nadie. Sus folladas eran variadas: en la cocina, sobre la encimera, en doggy style con azotes ligeros. “Te gusta mi polla grande, ¿eh? Aunque te moleste”, gruñía. Yo, “Sí, rómpeme el coño, cabrón”. Siempre terminaba comiéndome el coño, su especialidad, haciéndome correrme una y otra vez. En una ocasión, probamos bondage suave: me ató las manos, usó un látigo de plumas para excitarme, luego un vibrador en mi ano mientras lamía mi vagina. “Eres mi esclava sexual”, dijo. Yo, “Domíname, hazme correrme gritando”.
Pasaron meses. Exploré todo: sexo anal profundo (con preparación, lubricante, plugs progresivos), fisting ligero (sus dedos expertos), squirting inducido por su cunnilingus magistral. En una fiesta privada, una orgía con cinco personas: hombres y mujeres follándome en cadena, posturas como el trenecito, donde uno me penetraba mientras lamía a otra. Guarradas constantes: “Fóllenme más, soy una puta insaciable”. Alejandro siempre al centro, su polla grande como protagonista, pero su boca en mi coño como estrella.
Ahora, con 34 años, vivo una vida de placer sin barreras. Alejandro, el médico cubano, me liberó, me folló en todos los sentidos. Sigo masturbándome, pero ahora con recuerdos reales: su lengua en mi coño, orgasmos múltiples, polla grande estirándome. En el siglo XXI, el sexo es libertad, y lo he abrazado todo: situaciones excitantes en hoteles, playas, clubs; posturas eróticas como 69, cowgirl, anal; juguetes como vibradores, dildos, plugs; terceros, hombres y mujeres, para tríos, gangbangs. Las guarradas durante el sexo –“Fóllame como una perra”, “Cómeme el coño hasta que explote”– elevan el éxtasis. He alcanzado la máxima satisfacción, corriéndome como una puta perra en cada encuentro.

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