SOY LARA, UNA MUJER DE TREINTA Y OCHO AÑOS que ha hecho de la libertad sexual del siglo XXI su mantra. Me gusta follar, correrme, dejar que el placer me atraviese hasta que mi cuerpo se rinda al éxtasis. Pero lo que realmente me consume es el shibari avanzado, ese arte japonés de atar con cuerdas que convierte el cuerpo en una obra de deseo y sumisión. "¿Me follarías? ¿Me atarías con tus cuerdas, harías temblar mi coño y me llevarías a correrme una y otra vez? Hazlo, te espero", pensé al conocer a Nora, una maestra en shibari de treinta y cinco años cuya mirada prometía un placer tan intenso como restrictivo. Esta es la historia de una noche donde el bondage elevado al arte se fundió con un deseo lésbico explícito, sensual y ardiente.
La conocí en un taller de shibari en un estudio clandestino, un lugar donde los iniciados en el BDSM se reúnen para explorar sin juicios. Nora era la instructora, su presencia magnética: cabello largo y negro recogido en un moño alto, cuerpo esculpido en un kimono negro que dejaba entrever tatuajes intrincados, y manos que manejaban las cuerdas con la precisión de una artista. Durante una demostración, sus ojos se clavaron en los míos mientras ataba a una voluntaria, y supe que quería ser su lienzo. Después del taller, me acerqué. "Me gusta el shibari, el control, el placer de estar atada", confesé. "Me gusta follar y correrme. ¿Me atarías? ¿Me harías gritar mi coño hasta correrme?". Ella sonrió, sus dedos rozando mi brazo. "Te ataré hasta que tu cuerpo sea mío, y te haré correrme hasta que no puedas más. Te espero en mi dojo privado".
Quedamos en su loft, un espacio minimalista con vigas expuestas y un área dedicada al shibari: cuerdas de yute y cáñamo colgadas en la pared, un tatami acolchado, y un sistema de poleas en el techo. Llegué con un vestido negro ajustado, sin nada debajo, mi coño ya palpitando de anticipación. Nora me recibió en ropa interior de cuero, cuerdas en la mano, su aura dominante haciéndome estremecer. "Desnúdate, mi lienzo", ordenó, y obedecí, dejando mi ropa en el suelo. Mis pechos se irguieron, mis pezones duros bajo su mirada, mi piel lista para ser moldeada.
"Arrodíllate y entrégame tu cuerpo", dijo, y lo hice, ofreciendo mis muñecas. Comenzó con un nudo básico, atando mis manos frente a mí con cuerdas de yute rojo, pero pronto pasó a un shibari avanzado. Tejió un arnés torácico complejo, las cuerdas abrazando mis pechos, apretándolos hasta que se hincharon, sensibles al menor roce. "Joder, qué tetas tan perfectas para mis cuerdas", murmuró, y yo gemí: "Toca mis pechos, hazlos tuyos". Ella pellizcó mis pezones, enviando una corriente directa a mi clítoris, y luego continuó, atando mis brazos detrás de mi espalda en un box-tie que inmovilizó mi torso, dejándome expuesta y vulnerable.
Me llevó bajo las poleas, donde comenzó una suspensión parcial. Ató mis muslos, abriéndolos en un ángulo que dejaba mi coño al descubierto, y aseguró las cuerdas al techo, levantándome hasta que mis pies apenas tocaban el suelo. La tensión de las cuerdas era exquisita, un equilibrio entre restricción y placer. "Voy a lamer tu coño hasta que grites", dijo, arrodillándose frente a mí. Su lengua rozó mi clítoris, lento, deliberado, saboreando mi humedad. "Lame mi clítoris, chúpalo hasta hacerme correrme", supliqué, las cuerdas amplificando cada sensación. Ella succionó mi botón hinchado, su lengua trazando círculos rápidos. "Pasa tu lengua por mi coño, más fuerte", gemí, y mi primer orgasmo llegó como un relámpago, mi coño contrayéndose, mis jugos goteando al tatami. "¡Me corro, joder, me corro en tu boca!", grité, mi cuerpo temblando contra las cuerdas.
Nora me bajó con cuidado, pero el shibari no terminó. Me colocó en el tatami, boca arriba, y comenzó un nudo más avanzado: un futomomo que ataba mis piernas dobladas, muslo contra pantorrilla, abriendo mi coño como una ofrenda. Luego tejió una red de cuerdas alrededor de mi pelvis, con un nudo estratégico que presionaba mi clítoris con cada movimiento. "Estás chorreando, Lara", dijo, deslizando dos dedos en mi coño, bombeando con un ritmo que me hizo jadear. "Fóllame con tus dedos, mételos hasta el fondo", pedí, y ella curvó los dedos, rozando mi punto G. "¡Sí, fóllame el coño, hazme correrme!", grité, el nudo en mi clítoris intensificando el placer. Mi segundo orgasmo fue brutal, mi cuerpo luchando contra las cuerdas, mis jugos mojando sus manos. "¡Me corro como puta, joder!", aullé, perdida en la lujuria.
No satisfecha, Nora cambió la escena. Me desató solo para suspender me completamente, un karada avanzado que envolvía todo mi cuerpo, cuerdas cruzando mi torso, muslos y caderas. Colgaba a un metro del suelo, girando lentamente, mi coño expuesto y goteando. "Voy a follarte con mi polla", dijo, poniéndose un arnés con un dildo negro grueso. Lubricó mi entrada con mis propios jugos y empujó, llenándome por completo. "Méteme esa polla, fóllame duro", gemí, las cuerdas sosteniendo mi peso mientras ella embestía. "¡Joder, fóllame como perra, hazme gritar!", grité, el dildo golpeando profundo. Sus manos agarraron las cuerdas, controlando mi balanceo, cada embestida amplificada por la suspensión. Mi tercer orgasmo llegó rápido, mi coño apretando el dildo, mi cuerpo temblando en el aire. "¡Me corro, lléname el coño!", aullé, el placer casi insoportable.
Nora me bajó con cuidado, masajeando mi piel marcada por las cuerdas, pero el juego continuó. Me ató en una posición de loto, sentada con las piernas cruzadas y atadas, las cuerdas presionando mi clítoris. Tomó un vibrador y lo presionó contra mi botón sensible. "Voy a hacerte correrme hasta que supliques parar", dijo. "Fóllame con ese vibrador, hazme gritar", pedí, y el zumbido me llevó al borde. Mientras, ella chupó mis pezones, mordisqueándolos. "Chupa mis tetas, fóllame el coño", gemí, y mi cuarto orgasmo me sacudió, mi cuerpo convulsionando contra las cuerdas. "¡Me corro, joder, me corro otra vez!", grité, mis jugos chorreando.
Para el clímax, Nora me desató parcialmente, dejándome solo el arnés torácico, y nos tumbamos en el tatami. "Frótame el coño con el tuyo", susurré, y nos posicionamos en tijera, nuestros clítoris rozándose, húmedos y calientes. "Frota mi coño, córrete conmigo", gemí, y ella aceleró, sus gemidos mezclándose con los míos. "Lléname con tu placer", dijo, y nos corrimos juntas, un orgasmo compartido que nos dejó jadeando, las cuerdas aún marcando mi piel como un recordatorio de nuestra entrega.
Nos duchamos juntas, el agua aliviando las marcas, pero no el fuego. Hablamos de nuestra libertad, de cómo el shibari avanzado nos conecta con nuestra sexualidad sin límites. "Me gusta follar y correrme contigo", le dije, y ella respondió: "Vuelve, mi lienzo, hay más nudos por explorar".
Seguimos viéndonos, cada sesión más intensa: suspensiones completas, cuerdas con nudos vibratorios, azotes suaves para complementar. Siempre con dirty talk: "Fóllame el coño", "Lame mi clítoris", "Hazme correrme como puta". En el siglo XXI, esto es empoderamiento: dos mujeres celebrando el placer sin culpas.
Escribo esto ahora, mi mano entre mis piernas, reviviendo las cuerdas, el dildo, su lengua. Me gusta follar y correrme, y con Nora, el shibari es un arte. ¿Me follarías? Hazlo, te espero.
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario