MI VIDA CON ALEJANDRO SEGÍA TEJIENDOSE como una novela erótica interminable, llena de pasión ardiente y amor prohibido que desafiaba las convenciones de mi círculo político en Madrid. A mis 46 años, como viuda seductora y figura influyente en los pasillos del poder, había descubierto en este joven atractivo de 26 años no solo un amante experto, sino un compañero que me hacía sentir viva en cada roce, cada mirada cargada de misterio. Después de resolver parcialmente el enigma familiar que nos unía –el vínculo entre mi difunto esposo y la desaparición de su padre–, entramos en una fase de exploración mutua, donde cada encuentro era una vivencia sensual que nos llevaba a lugares misteriosos y situaciones excitantes. En la primavera del año siguiente, con España bullendo de cambios políticos post-electorales, nuestra relación se convirtió en un secreto bien guardado, pero el deseo nos impulsaba a arriesgarlo todo por momentos de erotismo puro. Esta continuación relata más aventuras, desde escapadas apasionadas hasta confrontaciones que avivaban el fuego entre nosotros, siempre con un toque de intriga que hacía nuestra unión aún más picante.
Era abril, y las flores de los Jardines del Buen Retiro explotaban en colores vibrantes, simbolizando el renacer de mi deseo. Alejandro, ahora ascendido a coordinador en mi equipo de lobby, me acompañaba a eventos oficiales, pero nuestros verdaderos encuentros ocurrían en las sombras. Una tarde, después de una reunión en el Ministerio de Asuntos Exteriores sobre tratados europeos, nos escabullimos al sótano del edificio, un laberinto misterioso de archivos olvidados y pasillos con luces fluorescentes parpadeantes. El lugar olía a papel viejo y confidencialidad, un escenario perfecto para nuestro amor misterio. "Aquí nadie nos buscará", susurró Alejandro, su voz ronca enviando escalofríos por mi espina dorsal. Me presionó contra una estantería llena de dossiers clasificados, sus manos subiendo por mis muslos bajo la falda pencil (lápiz) de mi traje.
Sus dedos, hábiles y fuertes, rozaron el encaje de mis medias, subiendo hasta mi intimidad ya húmeda por la anticipación. "Eres tan sensual, Elena, siempre lista para mí", murmuró, besando mi cuello mientras desabrochaba mi blusa. Mis senos se liberaron, y él los devoró con hambre, succionando un pezón hasta hacerme gemir suavemente. El riesgo de ser descubiertos –un funcionario podía aparecer en cualquier momento– añadía un picante irresistible a la situación. Lo besé con urgencia, mis manos desabrochando su cinturón para liberar su miembro erecto, grueso y pulsante. Me arrodillé en el suelo polvoriento, tomándolo en mi boca, saboreando su esencia salada mientras mis labios se movían en un ritmo ardiente. Sus gemidos acudían en el silencio, y pronto me levantó, girándome para penetrarme desde atrás. Sus embestidas eran profundas, rítmicas, chocando contra mis glúteos mientras sus dedos estimulaban mi clítoris. Alcanzamos el clímax juntos, mi cuerpo convulsionando en ondas de placer que me dejaron temblando contra los archivos.
Esa noche, en mi ático con vistas a la Gran Vía, revivimos el momento con más calma. Alejandro me desnudó lentamente en la terraza, el viento primaveral acariciando mi piel desnuda. "Quiero explorarte toda la noche", dijo, tendiéndome en una chaise longue acolchada. Su lengua trazó patrones en mi vientre, bajando hasta mi sexo, lamiendo con devoción sensual. Grité su nombre, mis caderas arqueándose mientras ondas de éxtasis me invadían. Luego, lo cabalgué con pasión, mis senos rebotando al ritmo de mis movimientos, hasta que su liberación caliente dentro de mí selló nuestra unión. Pero el misterio persistía: un anónimo me había enviado un sobre con fotos antiguas de mi esposo en reuniones sospechosas. ¿Alguien nos vigilaba? La intriga solo avivaba nuestro deseo.
En mayo, un congreso internacional en Lisboa nos dio la excusa perfecta para una escapada. Volamos en un vuelo comercial para no levantar sospechas, pero en la capital portuguesa, nos instalamos en un hotel boutique en el Barrio Alto, un lugar misterioso con calles empedradas y vistas al Tajo que invitaban al romance. Durante el día, asistía a paneles sobre política ambiental, mi mente distraída por visiones de Alejandro. Por la noche, exploramos la ciudad: un tranvía antiguo nos llevó a un mirador oculto, donde el sol poniente teñía el cielo de rojos ardientes. Allí, en un banco solitario rodeado de azulejos centenarios, Alejandro me besó con fiereza. "No puedo esperar más", gruñó, sus manos subiendo por mi vestido veraniego.
Me levantó la falda, rozando mi ropa interior con urgencia. El lugar era excitante: turistas pasaban cerca, pero las sombras nos protegían. Sus dedos se colaron dentro de mí, moviéndose en círculos que me hicieron jadear. "Shh, mi viuda seductora, no queremos público", susurró, pero el riesgo me excitaba más. Lo empujé contra la pared, desabrochando sus pantalones para masturbarlo con lentitud, sintiendo su dureza en mi palma. Nos movimos a un callejón adyacente, un rincón misterioso con grafitis y olor a jazmín. Me apoyé en la pared, y él me penetró con un movimiento fluido, sus embestidas sincronizadas con el lejano fado que sonaba en un bar cercano. Gemí contra su hombro, mis uñas clavándose en su espalda mientras el orgasmo me golpeaba como una ola del Tajo.
De regreso en el hotel, la suite con balcón al río fue testigo de una noche de vivencias eróticas. Alejandro me ató las muñecas al cabecero de la cama con una corbata de seda, un juego picante que me hacía sentir vulnerable y excitada. Besó cada centímetro de mi cuerpo, desde mis tobillos hasta mis senos, deteniéndose en mi intimidad para lamer con maestría. "Sabes a miel, Elena", murmuró, introduciendo su lengua en mí hasta hacerme suplicar. Luego, me liberó y me volteó, penetrándome por detrás en un ritmo ardiente que nos llevó al éxtasis mutuo. Al amanecer, mientras yacíamos entrelazados, me confesó más sobre su pasado: había sido un hacker juvenil, involucrado en exponer corrupción, lo que explicaba su conocimiento de documentos ocultos. El misterio se profundizaba, pero nuestro amor lo superaba.
Junio trajo el calor sofocante del verano madrileño, y con él, una invitación a una finca privada en Andalucía para una retiro político. Alejandro vino como "seguridad personal", permitiéndonos días de aislamiento. La finca era un paraíso misterioso: olivares centenarios, una piscina infinita y ruinas romanas en los jardines. Durante las sesiones de estrategia, fingíamos profesionalismo, pero por las tardes, nos perdíamos en los olivares. Un día, bajo un olivo milenario, extendimos una manta y nos desnudamos mutuamente. Su cuerpo bronceado relucía al sol, y yo, con mi piel madura y curvas sensuales, me sentía como una diosa. Me untó con aceite de oliva, masajeando mis senos hasta que mis pezones se endurecieron. "Eres perfecta", dijo, bajando sus manos a mi sexo, frotando con círculos lentos.
Lo monté allí mismo, el suelo terroso bajo nosotros, mis caderas ondulando en un baile apasionado. Sus manos aferraban mis glúteos, guiándome en embestidas profundas. El viento susurraba entre las hojas, y un lejano relincho de caballos añadía un toque salvaje. Me corrí gritando, mi cuerpo temblando sobre el suyo, seguido por su clímax que me llenó de calidez. Esa noche, en la piscina bajo las estrellas, nadamos desnudos, nuestros cuerpos rozándose en el agua fresca. Alejandro me levantó contra el borde, penetrándome con lentitud sensual, el agua chapoteando al ritmo de nuestros movimientos. Era una vivencia erótica inolvidable, con el misterio de la finca –rumores de tesoros enterrados– avivando nuestra imaginación.
Pero julio trajo tensiones: un escándalo político estalló cuando un periódico publicó insinuaciones sobre mi "relación inapropiada" con un empleado joven. ¿Quién nos había delatado? En medio del caos, escapamos a las Islas Baleares, a una villa aislada en Mallorca, un lugar misterioso con calas ocultas y cuevas marinas. Allí, en una playa privada al atardecer, nos amamos en la arena tibia. Alejandro me besó desde los pies hasta los labios, su lengua explorando mi intimidad con devoción. "Olvídate del mundo, solo estamos tú y yo", susurró, penetrándome con pasión mientras las olas lamían nuestros cuerpos. El orgasmo fue intenso, como un tsunami de placer.
En las cuevas cercanas, un sistema laberíntico de estalactitas y aguas subterráneas, exploramos con linternas. El lugar era excitante y misterioso; nos desnudamos en una cámara oculta, el eco amplificando nuestros gemidos. Me tomó de pie, mis piernas envolviéndolo, sus embestidas resonando en la oscuridad. Luego, en el agua fría de un lago interior, flotamos entrelazados, sus dedos juguetearon conmigo hasta otro clímax.
Agosto nos encontró en París para una cumbre de la UE. El hotel en el Marais era un nido de lujo, con habitaciones con balcones hierro forjado. Una noche, después de una cena en la Torre Eiffel, regresamos y nos entregamos en la bañera de mármol, espuma cubriendo nuestros cuerpos. Alejandro me enjabonó, sus manos resbaladizas explorando mis curvas. "Te deseo siempre", dijo, penetrándome en el agua, el vapor empañando los espejos.
Septiembre de ese año trajo resolución: descubrimos que el anónimo era un rival político celoso. En una confrontación en un café subterráneo de Madrid, un lugar misterioso con bóvedas góticas, sellamos nuestra victoria con un beso robado. Esa noche, en mi ático, celebramos con una maratón erótica: posiciones variadas, juguetes sensuales, culminando en orgasmos múltiples.
Octubre nos llevó a Roma para un foro internacional. En el Coliseo de noche, un tour privado, nos amamos en las gradas antiguas, el misterio histórico avivando el fuego. Sus embestidas eran como gladiadores en batalla, mi placer ecoando en las ruinas.
Noviembre, en un castillo en Escocia para una alianza transatlántica, las habitaciones con chimeneas rugientes fueron testigos de noches ardientes. Alejandro me ató a la cama, lamiendo mi cuerpo con fuego en los ojos, penetrándome hasta el éxtasis.
Diciembre, en las Navidades, una cabaña en los Pirineos nevados. Frente al fuego, nos desnudamos, su miembro en mi boca, luego yo sobre él, cabalgando con pasión invernal.
Enero del siguiente año, un crucero por el Mediterráneo. En la cabina, balcón al mar, encuentros diarios: mañanas lentas, tardes salvajes.
Febrero, Carnaval en Venecia. Máscaras ocultando identidades, sexo en góndolas, misteriosos palacios.
Marzo, vuelta a Madrid, pero con planes de futuro. Nuestro amor prohibido se había convertido en algo eterno, lleno de vivencias eróticas que nos definían.
Hoy, sigo siendo la viuda que encontró la pasión en un joven atractivo, y cada día es una nueva página de nuestra novela erótica.
Continuara
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