MI NOMBRE ES ELENA VARGAS, y a mis 45 años, después de mas de media vida dedicada a la política en la comunidad y las intrigas del círculo político de Madrid, me encontré en un vacío que ningún cóctel o reunión de alto nivel podía llenar. Mi esposo, un senador influyente, había fallecido hacía dos años en un accidente que aún se susurraba en los pasillos del Congreso como un posible escándalo encubierto. Yo, la viuda elegante, la dama de sociedad que aparecía en las revistas de chismes como "la reina del lobby", me había convertido en una sombra de mí misma. Pero todo cambió aquel verano, cuando el calor asfixiante de la ciudad me llevó a un encuentro prohibido, un amor ardiente que despertó en mí deseos que creí dormidos para siempre. Esta es mi historia, una novela erótica de pasión desbordante, donde una viuda seductora se pierde en los brazos de un joven atractivo, en un torbellino de misterio y erotismo que desafía las normas sociales.
Era una tarde sofocante de julio, el sol quemaba el asfalto como si quisiera derretir los secretos de la capital. Mi coche de alta gama de color negro, un relicto de la opulencia de mi difunto marido, necesitaba un lavado urgente después de un viaje a las afueras para una reunión con inversores. No era mi ruta habitual; solía frecuentar estaciones de servicio exclusivas en el centro, pero el tráfico me desviado hacia las periferias, a una gasolinera modesta en las afueras de Madrid, cerca de los barrios obreros. Allí, en el lavadero de coches, lo vi por primera vez: Alejandro, un joven de unos 25 años, con la piel bronceada por el sol y los músculos definidos bajo una camiseta ajustada manchada de jabón y agua. Sus ojos oscuros, enmarcados por mechones de cabello negro que caían rebeldes sobre su frente, me miraron con una intensidad que me recorrió como un escalofrío eléctrico. Era el epítome del hombre sensual, un trabajador humilde con un aura misteriosa que me intrigaba.
Mientras esperaba que realizara su trabajo, observándolo a través de mis gafas de sol, no pude evitar fantasear. Sus manos fuertes manipulaban la manguera con precisión, el agua chorreando por su torso, delineando cada curva de su pecho. "Dios, qué cuerpo", pensé, sintiendo un calor ascender por mis muslos. En mi mundo de trajes a medida y conversaciones calculadas, un hombre como él era un tabú delicioso, un amor prohibido que avivaba mi imaginación erótica. Me ajusté el escote de mi blusa de seda, notando cómo mis pezones se endurecían bajo la tela fina. Era viuda, libre, pero la sociedad política aún me juzgaba; una aventura con un chico de gasolinera sería el escándalo perfecto.
Cuando terminó, se acercó a mi para entregarme las llaves con una sonrisa pícara. "Señora, su coche está impecable. ¿Algo más que pueda hacer por usted?" Su voz era ronca, con un acento madrileño que me hacía imaginar sus labios rozando mi piel. "No, gracias", respondí, pero mis ojos traicionaron mi deseo, deteniéndose en el bulto sugerente de sus pantalones vaqueros. Pagué con una propina generosa, y al rozar sus dedos, una chispa saltó entre nosotros. Esa noche, en mi ático lujoso con vistas al Retiro, me masturbé pensando en él, mis dedos explorando mi intimidad húmeda mientras revivía el encuentro. Era el comienzo de una obsesión, una novela erótica real donde yo era la protagonista viuda en busca de placer ardiente.
Al día siguiente, inventé una excusa para volver. El coche no necesitaba lavado, pero yo sí necesitaba verlo. Aparqué en el mismo sitio, y allí estaba Alejandro, sudando bajo el sol, su cuerpo reluciente como una escultura viva. Esta vez, bajé del coche, mi falda ajustada acentuando mis caderas maduras, mis tacones cliqueando contra el cemento. "Hola de nuevo", dije, fingiendo casualidad. Él levantó la vista, y su mirada se posó en mis piernas, subiendo lentamente hasta mis senos. "Vuelve pronto, ¿eh? Me alegra verte", respondió, con un guiño que me hizo sonrojar. Charlamos brevemente; me contó que estudiaba mecánica por las noches, que provenía de un barrio humilde, pero sus ojos guardaban un misterio, como si ocultara algo más profundo. ¿Un pasado turbio? ¿Un secreto que lo hacía aún más atractivo?
Esa visita se convirtió en rutina. Cada tarde, después de mis reuniones políticas –donde negociaba alianzas con hombres poderosos que me veían como una reliquia–, desviaba mi camino hacia la gasolinera. Alejandro y yo flirteábamos con sutileza al principio: comentarios sobre el clima que derivaban en insinuaciones. "Hace tanto calor que dan ganas de refrescarse de formas creativas", dije una vez, y él rio, respondiendo: "Yo sé de un sitio cerca, un rincón misterioso en el bosque, con un arroyo donde nadie nos molesta". Sus palabras me excitaron; imaginaba un encuentro apasionado en un lugar oculto, nuestros cuerpos entrelazados bajo las sombras de los árboles.
Una semana después, el misterio se intensificó. Llegué tarde, casi al anochecer, y la gasolinera estaba casi vacía. Alejandro me esperaba en el lavadero, con una toalla sobre el hombro. "Te he estado esperando", murmuró, su voz cargada de promesas. Me invitó a pasar detrás, a un pequeño taller abandonado que olía a aceite y deseo reprimido. El lugar era misterioso, con herramientas oxidadas y luces tenues que proyectaban sombras danzantes en las paredes. "Aquí nadie nos ve", dijo, acercándose. Su aliento cálido en mi cuello me hizo temblar. Lo besé primero, mis labios reclamando los suyos en un beso ardiente, nuestras lenguas danzando en un ritmo sensual. Sus manos, callosas por el trabajo, subieron por mis muslos, levantando mi falda. "Eres tan hermosa, Elena", susurró, mientras sus dedos rozaban mi ropa interior húmeda.
Me apoyé contra una mesa de trabajo, el metal frío contrastando con el calor de mi piel. Alejandro me besó el cuello, bajando hasta mis senos, liberándolos de la blusa. Sus labios succionaron un pezón, mordisqueando suavemente, enviando ondas de placer a mi centro. Grité suavemente, mis manos enredándose en su cabello. "Tócame", le supliqué, y él obedeció, deslizando sus dedos dentro de mí, explorando mi intimidad con maestría. Era erótico, picante; el riesgo de ser descubiertos añadía un misterio excitante. Me corrí en sus manos, mi cuerpo convulsionando en un orgasmo intenso, pero quería más. Lo empujé hacia abajo, arrodillándome para desabrochar sus pantalones. Su miembro erecto saltó libre, grueso y pulsante, y lo tomé en mi boca, saboreando su esencia salada. Sus gemidos llenaron el taller, un eco de nuestro amor prohibido.
Esa noche, en mi cama, reviví cada momento, mi cuerpo aún sensible. Pero el misterio crecía: Alejandro mencionó un "pasado complicado", algo relacionado con un accidente en su juventud que lo había marcado. ¿Era un fugitivo? ¿Un hombre con secretos políticos? La intriga me atraía tanto como su cuerpo sensual.
Pasaron los días, y nuestra relación se profundizó. Lo invité a mi mundo, pero él prefería los lugares misteriosos: un motel olvidado en las afueras, con habitaciones que olían a pasión pasada. Allí, en una habitación con cortinas raídas y una cama que apenas cabíamos los dos, nos entregamos al erotismo puro. Me desnudó lentamente, besando cada centímetro de mi piel madura, alabando mis curvas. "Eres una diosa viuda, Elena, y yo tu devoto", dijo, mientras me tendía en la cama. Su lengua exploró mi vientre, bajando hasta mi sexo, lamiendo con devoción. Grité su nombre, mis caderas arqueándose en éxtasis. Luego, me penetró con fuerza, su miembro llenándome por completo, en un ritmo ardiente que nos llevó al clímax simultáneo.
Pero no todo era placer; el misterio acechaba. Una noche, después de un encuentro apasionado en el bosque cercano a la gasolinera –donde el suelo mullido y las hojas crujientes fueron testigos de nuestra unión salvaje–, Alejandro confesó parte de su secreto. "Mi familia estaba involucrada en política, Elena. Mi padre fue un activista que desapareció en los 90. Creo que tu marido lo conocía". Un shock me invadió; ¿era esto una coincidencia o un plan? El amor misterio se enredaba con peligro, pero eso solo avivaba el fuego erótico.
En las semanas siguientes, investigué discretamente en mis círculos políticos. Descubrí documentos antiguos que vinculaban a mi esposo con desapariciones durante la transición democrática. ¿Alejandro buscaba venganza o justicia? Sin embargo, en nuestros encuentros, el deseo prevalecía. En un yate prestado por un amigo senador, en las aguas del Manzanares al atardecer, nos amamos bajo las estrellas. Su cuerpo sobre el mío, el vaivén de las olas sincronizado con nuestros movimientos, fue una experiencia sensual inolvidable. Lo cabalgué con pasión, mis senos rebotando al ritmo, mientras él masajeaba mis glúteos. "Te amo, Elena, a pesar de todo", jadeó, y yo respondí con un beso profundo.
El clímax del misterio llegó en una mansión abandonada en las colinas, un lugar misterioso que Alejandro conocía de su infancia. Era una antigua finca política, con salones polvorientos y pasadizos secretos. Allí, entre candelabros oxidados, nos desnudamos mutuamente. Sus manos exploraron mi cuerpo con urgencia, pellizcando mis pezones hasta hacerme gemir. Me tomó contra la pared, mis piernas envolviéndolo, el eco de nuestros cuerpos chocando resonando en la oscuridad. Pero en medio del éxtasis, encontró un archivo oculto: pruebas de la implicación de mi marido en la desaparición de su padre.
La confrontación fue intensa, pero el amor prevaleció. "No soy como él", le dije, lágrimas mezclándose con sudor. Nos reconciliamos en la cama principal de la mansión, un lecho antiguo donde hicimos el amor con ternura y fuego. Su lengua en mi clítoris, mis dedos en su espalda, culminando en un orgasmo compartido que selló nuestro vínculo.
Hoy, vivo esta esta historia como si fuera novela erótica en secreto. Alejandro dejó la gasolinera; ahora trabaja en mi equipo, un joven atractivo en mi círculo político. Nuestros encuentros siguen siendo picantes: en oficinas cerradas, en viajes de negocios, siempre con un toque de misterio. Soy la viuda seductora que encontró el amor prohibido, y cada toque, cada beso, es un recordatorio de que la pasión no conoce edades ni clases.
Continua
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