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La confesión de mi consuegra me paralizó #Mary #Love


ERA UNA TARDE SOLEADADE OTOÑO EN MADRID, vinieron a visitarnos mi nuera, Clara, con los niños, y sus padres, Cecilio y Ángeles. Al día siguiente de llegar mi nuera, Cecilio, mi esposa Mari  y los niños fueron a pasar la tarde al zoológico de la ciudad, menos Ángeles que no se sentía bien y se quedo en casa -o eso decía-, pues era una estrategia para quedarse a solas conmigo. Yo soy Juan, un hombre de 69 años, casado felizmente pero con una vida sexual abierta y consensuada con mi esposa, sin muros ni barreras. 

Me quedé en la cocina preparando una tetera de té clásico con unas pastitas que hacia Mari muy ricas. Ángeles era una mujer madura de 62 años, con curvas generosas que el tiempo había moldeado con gracia: pechos grandes y firmes para su edad, caderas anchas y una piel suave que aún conservaba el brillo de su juventud mediterránea. Llevaba un vestido azul claro ajustado que acentuaba su figura voluptuosa, y su cabello rubio con mechas caía en ondas sueltas sobre sus hombros. 

Nos sentamos en el salón invitándola a tomar un taza de té con esas pastitas deliciosas, charlando de banalidades: el trabajo de los chicos, el clima cambiante, las noticias del día, reíamos y nos rozábamos de vez en cuando. De repente fije mis ojos en los suyos, y vi algo en su mirada, un brillo pícaro y nostálgico, me hizo intuir que la conversación tomaría un giro inesperado. En el siglo XXI, la libertad sexual es un derecho que muchos abrazamos sin culpas, explorando deseos con madurez y consentimiento. Ángeles, con su voz ronca y cálida, rompió el hielo de golpe.

"Juan... ¿sabes una cosa?, desde que te vi la primera vez, y de eso hace ya unos años siempre me has atraído", confesó, mirándome directamente a los ojos mientras sorbía su té y se metía una pastita en la boca. "Por conversaciones íntimas con tu esposa sé que aunque tienes una polla no muy grande, la sabes usar y según ella cada vez que la follas la vuelves loca, se corre cuatro o cinco veces. A mí me gustaría probar tu polla y que mi coño se corra con ella dentro, que me lo hagas como a ella, pues no sé lo que es un orgasmo desde que estoy casada con Cecilio. Él solo la mete, y a unos cuantos movimientos se corre y me deja a dos velas". "Le digo que me coma el coño y dice que le da asco, así que siempre termino masturbándome, y quedándome un un mal sabor de boca". 

Me quedé paralizado por un segundo, el calor subiendo por mi cuello. No era la primera vez que oía algo así; mi esposa y yo hemos sido abiertos sobre nuestra intimidad, pero oírlo de Ángeles, con esa franqueza cruda, me excitó al instante. En esta era de empoderamiento sexual, donde las mujeres maduras reclaman su placer sin vergüenzas, su confesión era un acto de liberación. Asentí lentamente, sintiendo mi polla endurecerse bajo los pantalones. "Ángeles, no esperaba esto, pero me halaga. Si es lo que quieres, y con respeto mutuo, podemos explorar eso. Nadie tiene que saberlo". Ella me dijo: "Te seré sincera, si me he atrevido a confesarte mi secreteo es por que una vez charlando con Mari ella me conto el vuestro, que desde que os casasteis tenéis una relaciona abierta y que de vez en cuando falláis con otras personas, bien juntos o por separado".

Ella sonrió, un rubor tiñendo sus mejillas. Se levantó y se acercó más a mí en el sofá, su mano rozando mi muslo. "Llevo años fantaseando con un hombre que sepa dar placer de verdad. Mi coño ha estado seco de emociones, solo usado para el deber marital. Quiero sentirme viva, corrida, follada como se merece una mujer".

La besé entonces, un beso profundo y sensual que empezó suave pero se volvió ardiente. Sus labios eran carnosos, su lengua juguetona, explorando mi boca con hambre acumulada. Mis manos subieron por su vestido, acariciando sus muslos gruesos, sintiendo el calor que emanaba de su entrepierna. Ella gimió contra mis labios, presionando su cuerpo contra el mío. "Tócame, por favor", susurró. Deslicé mis dedos bajo su ropa interior, encontrando su coño ya húmedo, los labios hinchados y ansiosos. Era una mujer experimentada, pero privada de verdadero éxtasis; su clítoris se erguía como un botón sensible bajo mi toque.

Nos levantamos y fuimos a la habitación de invitados, cerrando la puerta con un clic que sellaba nuestro secreto. La desnudé despacio, admirando su cuerpo maduro: pechos grandes con pezones oscuros y erectos, un vientre suave con estrías que contaban historias de vida, y un coño depilado parcialmente, con vello plateado que me excitaba más. "Eres hermosa, Ángeles", le dije, besando su cuello mientras ella desabrochaba mi camisa.

Ella se arrodilló frente a mí, bajando mis pantalones con manos temblorosas de anticipación. Mi polla saltó libre, no enorme pero dura como una roca, venosa y lista. "Mmm, es perfecta", murmuró, lamiendo la punta con su lengua cálida. Chupó con avidez, su boca envolviéndome en un calor húmedo, succionando mientras sus ojos me miraban con lujuria. "Sabe tan bien, quiero tragármela toda". Gemí, enredando mis dedos en su cabello, guiándola en un ritmo sensual. Pero no quería correrme aún; quería darle lo que anhelaba.

La tumbé en la cama, abriendo sus piernas para exponer su coño rosado y brillante. "Voy a lamerte hasta que te corras", le prometí. Bajé mi cabeza entre sus muslos, inhalando su aroma almizclado, femenino y excitante. Pasé mi lengua por sus labios mayores, saboreando su jugo dulce y salado. "Lame mi clítoris", ordenó ella, su voz ronca de deseo. Obedecí, circundando su clítoris hinchado con la punta de mi lengua, chupando suavemente mientras insertaba un dedo en su coño apretado. Estaba mojada, resbaladiza, y sus caderas se arqueaban contra mi boca.

"Pasa tu lengua por mi coño entero, hazme gritar", jadeó, agarrando las sábanas. Aceleré el ritmo, lamiendo de arriba abajo, follándola con dos dedos ahora, curvándolos para tocar su punto G. Sus gemidos se volvieron más intensos, su cuerpo temblando. "¡Sí, así! ¡Fóllame con la lengua, cabrón! Quiero correrme en tu boca". Sentí su coño contraerse alrededor de mis dedos, y de pronto un chorro de placer la invadió: su primer orgasmo en años, intenso y liberador. Gritó mi nombre, sus jugos empapando mi barbilla mientras convulsionaba.

Pero no paré. La volteé, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo redondo y maduro. "Ahora te voy a follar como mereces", dije, posicionando mi polla en su entrada. Entré despacio, sintiendo su coño estrecho envolviéndome, caliente y acogedor. "¡Oh, dios, qué polla tan rica! Métela toda, fóllame duro", exigió. Empecé a bombear, mis caderas chocando contra sus nalgas, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Sus pechos se balanceaban con cada embestida, y yo los agarré, pellizcando sus pezones.

"¡Más rápido, cabrón! Quiero que me rompas el coño", gritó, empujando hacia atrás. Aumenté el ritmo, follándola con pasión, mi polla golpeando profundo. Sentí su segundo orgasmo llegar, su coño apretándome como un vicio. "¡Me corro! ¡Lléname con tu leche, pero no pares!", suplicó. Resistí, cambiando de posición: la puse encima de mí, cabalgándome. Sus caderas se movían con urgencia, su coño devorando mi polla. "Mira cómo salto en tu verga, qué puta soy", dijo, sus ojos brillando de excitación.

Sus expresiones guarradas me volvían loco, intensificando el placer. "Chupa mis tetas mientras te follo", ordenó, inclinándose para que sus pechos grandes rozaran mi cara. Lamí y succioné sus pezones duros, mientras ella rebotaba más fuerte. "¡Sí, lame mis tetas, hazme correrme otra vez! Mi coño está ardiendo por ti". Su tercer orgasmo la sacudió, un grito ahogado mientras su cuerpo se tensaba, jugos chorreando por mi polla.

La puse de lado, penetrándola de nuevo, una pierna sobre mi hombro para ir más profundo. "¡Fóllame el coño hasta el fondo, quiero sentir tu polla palpitar!", demandó. Empuje con fuerza, mis bolas golpeando su culo. Sus uñas se clavaron en mi espalda, el dolor mezclándose con el placer. "¡Soy tu puta madura, córrete dentro de mí!", jadeó. Sentí mi clímax acercándose, pero quería darle más. Cambiamos a misionero, mirándonos a los ojos mientras follábamos lento y profundo.

"Lame mi clítoris otra vez, mézclalo con tu polla", pidió. Saqué mi polla y bajé, lamiendo su coño empapado mientras ella se masturbaba. "Pasa tu lengua por mi coño, saborea mi corrida". Volví a entrar, follándola con furia. Su cuarto orgasmo llegó como una ola, su cuerpo arqueándose, gritando: "¡Me corro, lléname con tu leche ahora!".

No pude resistir más. Con un gruñido, me corrí dentro de ella, mi semen caliente llenando su coño en chorros potentes. "¡Sí, siente mi leche en tu coño, puta!", gemí, colapsando sobre ella. Nos quedamos así, jadeantes, sudorosos, en un abrazo post-orgásmico.

Después, nos vestimos en silencio complacido. "Gracias por esto", dijo ella, besándome suavemente. "En el siglo XXI, una mujer puede reclamar su placer sin juicios". Asentí, sabiendo que este secreto nos uniría de una forma nueva, respetuosa y ardiente.

El relato condensaba emociones: deseo reprimido, liberación sexual, placer intenso y conexión humana. Ángeles había descubierto orgasmos múltiples, y yo, el fuego de una mujer madura.

por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

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