Me llamo Laura, tengo apenas 18 años y acabo de empezar a trabajar en el sex shop más grande de Barcelona. Es un paraíso del placer, un lugar donde la libertad sexual del siglo XXI se vive sin tabúes ni juicios. Aquí todo está diseñado para explorar el deseo: estanterías repletas de juguetes sexuales de alta tecnología, vibradores con control remoto, dildos realistas que simulan venas palpitantes, plugs anales con vibración inteligente y hasta máquinas de follar automáticas que te penetran con ritmos personalizables. Hay cabinas privadas para sexo rápido, con glory holes para encuentros anónimos y cómodos sofás para parejas o grupos que buscan intimidad.
La sala de cine single proyecta porno en alta definición, con asientos reclinables donde la gente se masturba abiertamente, gimiendo al ritmo de las escenas. Y luego está la zona de exhibición: chicas como yo, o más experimentadas, que se desnudan en escenarios iluminados, masturbándose frente a un público voyeur que paga por ver cómo nos corremos. Pero lo más intenso es la sala VIP, donde puedes pasar y follar a las chicas que consienten, todo con protección, reglas claras y un ambiente de respeto mutuo. Es el epítome de la liberación sexual: consenting adults disfrutando sin culpas.
Desde el primer día que crucé la puerta, mi coño empezó a palpitar. Llevaba una falda corta y una blusa ajustada, el uniforme sugerente que nos dan para atraer clientes. El aire olía a lubricante con sabor a fresa y a esa mezcla de excitación humana que impregna todo. Mis bragas se mojaron al instante; sentía el clítoris hinchado, rozando contra la tela cada vez que caminaba entre los pasillos. A mis 18 años, soy virgen en el sentido tradicional, pero he explorado mi cuerpo con dedos y juguetes caseros. Sin embargo, nada me preparó para esto. Cada cliente que entraba, preguntando por un consolador gigante o un kit de bondage, me hacía imaginarme usándolo. Mi coño ardía, goteaba jugos que empapaban mis muslos. ¿Qué hago para satisfacerme? Os lo cuento todo en este relato erótico, lleno de morbo, que os hará pajearos hasta correros.
Mi primer turno fue un torbellino de sensaciones. La dueña, una mujer de unos 40 años con curvas impresionantes y una actitud empoderada, me dio el tour. "Aquí celebramos el placer, Laura. Si te excitas, úsalo a tu favor. Las chicas que trabajan en exhibición ganan extra, y si quieres unirte, solo di sí". Mientras hablaba, pasamos por la zona de juguetes sexuales high-tech: un vibrador rabbit con app que se conecta al móvil, permitiendo que alguien te controle desde lejos. Lo toqué, sintiendo su silicona suave, e imaginé insertándolo en mi coño virgen, vibrando contra mi punto G. Mi clítoris latió con fuerza; tuve que apretar las piernas para no gemir.
Al mediodía, el sex shop se llenó. Un hombre maduro, atractivo con barba gris, entró buscando un masturbador masculino. Le mostré uno realista, con textura interna que simula un coño apretado. Mientras se lo explicaba, noté su erección creciendo en los pantalones. "Pruébalo en una cabina", le sugerí, mi voz ronca por el deseo. Él sonrió y se fue, pero yo quedé temblando. Mi coño estaba empapado; sentía los jugos resbalando por mis piernas. No aguantaba más. Me escabullí al baño de empleados, un espacio con espejos y un banco acolchado, perfecto para momentos privados.
Me bajé las bragas, que estaban chorreando, y me senté con las piernas abiertas. Mi coño era un desastre: labios hinchados, rosados, brillando con humedad. Me toqué el clítoris con dos dedos, frotando en círculos lentos. "Oh, joder, qué mojada estoy", murmuré para mí misma, excitándome con mis propias palabras guarras. Imaginé al cliente follándome: "Lame mi clítoris, cabrón, pasa tu lengua por mi coño virgen hasta que me corra en tu boca". Mis dedos aceleraron, metiendo uno dentro de mi agujero apretado. Era estrecho, pero resbaladizo, y lo follé con fuerza, sintiendo las paredes contraerse. "Sí, métemela toda, lléname con tu leche caliente". El orgasmo llegó rápido, intenso; mi coño se convulsionó, squirteando un chorro que mojó el suelo. Grité ahogado, mordiéndome el labio, y me corrí tan fuerte que mis piernas temblaron durante minutos. Fue un alivio temporal, pero sabía que necesitaba más.
De vuelta al trabajo, la excitación volvió al ver a una pareja comprando un strap-on. La mujer, rubia y tetona, lo probó en el aire, simulando penetrar a su novio. "Para follarte el culo como te gusta", le dijo, y él se rio, excitado. Mi coño palpitó de nuevo; imaginaba ser yo la que usaba eso, o la que recibía. Para satisfacerme, decidí probar la sala de cine single durante mi pausa. Pagué la entrada simbólica para empleados y entré en la oscuridad. La pantalla mostraba una orgía: chicas gimiendo mientras pollas las penetraban en todos los agujeros. Me senté en un asiento, subí la falda y me masturbé discretamente. Al lado, un hombre se pajeaba su verga gruesa, mirándome. "Únete si quieres", susurró. En el siglo XXI, el consentimiento es clave, así que asentí.
Se arrodilló entre mis piernas, oliendo mi coño mojado. "Qué rico huele tu chochito joven", dijo. "Lame mi clítoris, chúpalo fuerte", le ordené, guarra y dominante. Su lengua pasó por mis labios, lamiendo los jugos, y luego succionó mi botón hinchado. "Pasa tu lengua por mi coño entero, métela dentro, joder". Gemí alto, atrayendo miradas de otros en la sala. El morbo de ser vista me encendió más. Él lamió con maestría, alternando con dedos que frotaban mi entrada. "Sí, así, lame mi clítoris hasta que me corra". El orgasmo me golpeó como un rayo; mi coño se contrajo, empapando su cara. Pero quería más: "Fóllame, métemela ya".
Se puso un condón –regla del local– y me penetró despacio. Mi coño virgen se abrió para su polla gruesa, doliendo un poco al principio, pero el placer lo superó. "Joder, qué apretada estás, puta", gruñó. "Fóllame duro, lléname con tu leche, aunque sea con goma", respondí, excitándome con las palabras. Me folló con embestidas profundas, golpeando mi punto G. "Sí, dame más, rompe mi coño con tu verga". Otro orgasmo me sacudió, intenso, haciendo que mi cuerpo se arqueara. Él se corrió poco después, gimiendo. Salí de allí satisfecha, pero el trabajo continuaba.
Por la tarde, me ofrecieron un turno en la zona de exhibición. "Solo masturbarte frente a ellos, nada más si no quieres", dijo la dueña. Acepté, empoderada por mi libertad sexual. Me subí al escenario, una plataforma con luces LED y un sillón reclinable. Me quité la ropa lentamente, mostrando mis tetas firmes de 18 años, pezones erectos, y mi coño depilado, ya goteando. El público –hombres y mujeres– aplaudió. Cogí un vibrador high-tech del estante: uno con succionador de clítoris y penetrador vibrante.
Me senté con piernas abiertas, exponiendo todo. "Mirad mi coño mojado, cómo palpita por vosotros", dije guarra, para excitarme. Encendí el juguete y lo puse en mi clítoris: la succión simulaba una boca chupando. "Oh, joder, lame mi clítoris con esto, qué rico". El público se masturbaba viéndome. Metí la parte penetradora en mi coño, follándome despacio. "Pasa tu lengua por mi coño imaginario, fóllame con esto". Aceleré, gimiendo alto: "Sí, lléname con tu leche, hazme correr". El orgasmo fue público, squirteando frente a todos, mi cuerpo convulsionando en éxtasis. Gané tips extras, y el morbo me dejó exhausta pero feliz.
Pero el clímax del día fue en la sala VIP. Después de exhibirme, un cliente guapo, de unos 30, me pidió pasar. "Solo si quieres", dijo. Asentí, excitada. En la habitación privada, con cama king y espejos, nos desnudamos. Su polla era enorme, venosa. "Chúpamela primero", pidió. Me arrodillé, lamiendo su glande. "Qué verga tan rica", murmuré. Luego, me tumbó y lamió mi coño. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño entero, chúpame los jugos". Gemí, dirigiendo. Me penetró con condón, follándome en misionero. "Fóllame duro, rompe mi chochito joven". Cambiamos a perrito: "Sí, dame por detrás, lléname con tu leche". Sus embestidas me hicieron correrme dos veces, gritando guarradas: "Métemela más profundo, hazme tu puta". Él explotó, y nos corrimos juntos en un orgasmo intenso.
Al final del turno, mi coño estaba satisfecho, pero ya planeaba más. Trabajar aquí es mi forma de explorar el placer, sin juicios, en esta era de libertad sexual. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, en este sex shop, follándome.

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